Si alguna lección aprendimos del procés es la certeza de que nuestros adorables enemigos estarán dispuestos a hacer cualquier cosa para mantener la unidad de España intacta, incluyendo mearse en sus propias leyes. Esto va desde activar las alcantarillas del deep state hasta encarcelar a un grupo de embaucadores soñadores como si hubieran sido los autores de una insurrección violenta. Por otro lado, si algo hemos aprendido del postprocés es que —a pesar de su carácter eminentemente represor— el Estado no puede prescindir de Catalunya y de sus políticos. Lo evidencia el colaboracionismo de los "nuestros" en la aplicación del artículo 155 (aparte de los famosos piolines, para reanimar de nuevo la autonomía, los españoles desembarcaron en la Generalitat con solo tres o cuatro funcionarios ociosos) y también el hecho de que, para no asustar al Olimpo de la Unión Europea, Pedro Sánchez se viera obligado a tragarse una amnistía que todavía tiene a nuestros líderes con el culo muy hipotecado.
Ahora que todo esto está más que claro, dado que la pax socialista del "govern de tothom" no acaba de tener éxito, el independentismo no solo se encuentra en plena fase de reorganización, sino que contempla atónito experimentos como la vía Rufián, el enésimo ale-hop nacido en Catalunya para salvar a los españoles de la derecha cavernaria. En este compás de espera hasta la nueva hegemonía parlamentaria y social, advierto al lector de que el procesismo volverá a enarbolar la bandera del ensanchamiento de base y la famosa cancioncita de la unidad. Sabemos muy bien que la idea de ensanchar solo esconde un afán por quitar cafeína al movimiento independentista y así desnaturalizarlo en una especie de federalismo platónico. A su vez, el discurso de la unidad de partidos será más difícil de colar, y no porque los líderes de siempre no quieran embaucarnos con su particular "si tu l’estires fort per allà", sino porque la aparición de Aliança Catalana ha neutralizado su demagogia.
Coincidiendo con que Aliança amenaza con un crecimiento desbocado y justo después de que haya irrumpido en Barcelona con un candidato que las élites todavía no pueden controlar, empezaréis a oír que la unidad del independentismo es posible, pero sin el partido de Sílvia Orriols. En esto de repartir carnets de indepe, los partidos han empezado a mostrar sus (escasas) cartas argumentales y así hemos escuchado muchas veces a Lluís Llach (ANC) y Xavier Antich (Òmnium) haciendo de liebre, diciendo que los aliancers no forman parte del proyecto independentista. Toda esta retórica se fundamenta, faltaría más, a partir de la descripción de los votantes de Orriols como una serie de cavernícolas medio fachas que, en efecto, pueden ser independentistas… pero que no acaban de ejercer como manda la ética del buen gusto. Esta es una idea admirable que estos dos hombres de cultura no han aplicado —vuelvo al inicio del artículo— a todos aquellos consellers y presidents que abrazaron, la mar de contentos, el 155.
Yo quiero ganar esta guerra, y si para ello tengo que acostarme con alguien que ve a yihadistas incluso en las tonadas flamencas… pues que así sea
Ante toda esta pamema de mal gusto, hay que recordar algo muy elemental. Primero y antes que nada, que Aliança Catalana no es un partido fascista, sobre todo porque no cumple dos de los requisitos del adjetivo; a saber, apostar por un régimen totalitario —sea dictatorial o aristocrático— e instaurarlo mediante el uso de la violencia. Se pueden discutir todo lo que se quiera las tesis sobre inmigración del partido de Orriols y de Aragonès, yo mismo lo he hecho en varios artículos; pero nuestros agentes políticos y culturales harían bien en respetar mínimamente el significado histórico de los términos, especialmente los que guardan un marco temporal más que sabido. En este sentido, habría que preguntar a la gente de la ANC y de Òmnium hasta cuántos diputados tendrá que llegar Aliança Catalana en el Parlament para que sus portavoces lo consideren un partido normal. Y aquí vuelvo a la madre del cordero: para derrotar a un Estado poderoso en el abuso del lawfare, yo no haré como ellos y contaré con todas las fuerzas.
Dicho de otra forma y para ser más directo: en Catalunya ser independentista significa pagar el precio de la independencia, lo cual expresa que somos independentistas por encima de las diferencias ideológicas o de nuestro modelo de país. Yo quiero ganar esta guerra, y si para ello tengo que acostarme con alguien que ve a yihadistas incluso en las tonadas flamencas… pues que así sea. No he venido a hacer el mundo más justo ni a iluminar el universo de los derechos humanos desde mi tierra chica. Anhelo la liberación de mi país y la quiero vivir antes de que me entierren. Por lo tanto, si para eso tengo que hacerme una foto con partidos que proponen deportaciones, la quema de niños cojos o la aniquilación de todas las focas blancas de la Antártida… así lo haré. Si no estás dispuesto a comerte el orgullo ni tus razones, por muy sólidas que sean, no quieres la independencia, sino que quieres hacer de independentista; y yo de eso ya estoy más que harto. Por lo tanto, sabida la cancioncilla, que viva la unidad… pero incluyendo a todo cristo.
Si todavía te pesa todo esto que explico, es que no quieres pagar un precio ni acabas de saber quién es tu enemigo. Si es así, ten la bondad, hazte monje, federalista asimétrico, miembro de Open Arms o directamente español, y así acabamos la comedia sin perder más tiempo.