Más allá de las filias ideológicas de cada uno, es indiscutible que la situación política española es insostenible y que no hay ninguna justificación para mantener la legislatura, fuera del clásico discurso del miedo.

Pedro Sánchez ha agotado todos los argumentos que le han servido de escudo para ganar tiempo, y ahora el rey está desnudo. La votación en el Congreso certificando una contundente mayoría a favor de su marcha sería un motivo inexcusable para ir a elecciones en cualquier país que quiera llamarse democrático. Pero él se mantiene impertérrito, como si perder la mayoría parlamentaria, no tener presupuestos y estar en el epicentro de un terremoto judicial no fueran motivos suficientes para dejarlo todo. ¿Por qué se queda? ¿De dónde saca el aire para mantener la respiración de esta legislatura agónica? En realidad, de todo el mundo, incluyendo a aquellos que reiteradamente piden que se vaya. Es decir, todos los jugadores de la partida —y todos son todos— aportan su bombona de oxígeno para evitar que el muerto acabe definitivamente muerto.

El PSOE es, hoy por hoy, una estructura amorfa que actúa como un rebaño, sin capacidad crítica, ni debate interno serio, ni ningún liderazgo alternativo que se perfile como un sustituto sostenible

¿Por qué no se va? No se va porque los suyos no hacen nada para empujarlo. El PSOE es, hoy por hoy, una estructura amorfa que actúa como un rebaño, sin capacidad crítica, ni debate interno serio, ni ningún liderazgo alternativo que se perfile como un sustituto sostenible. El ejemplo más patético de esta mentalidad de abeja fue el aplauso masivo de la bancada socialista, mientras Sánchez sonreía como si fuera el rey Sol, después de perder ruidosamente la confianza de la Cámara. En este sentido, si algo ha hecho bien Pedro Sánchez es controlar el partido de manera férrea y autoritaria, llevando al extremo el proverbio político que asegura que, quien se mueve, no sale en la foto. Fuera del deslenguado y exótico Page, y de un Felipe amortizado para los suyos, no hay ninguna otra voz que pueda hacer sombra al líder omnipotente que manda más en Ferraz de lo que puede mandar en la Moncloa.

Sin crítica interna, Sánchez tampoco sufre por sus aliados naturales, ni los Sumar dentro del Gobierno, ni los extemporáneos de Podemos, ambos necesitados de ganar tiempo para armar las estructuras electorales que no tienen resueltas. Es cierto que la proximidad con Sánchez les resulta cada vez más tóxica (especialmente para Sumar, que electoralmente se quedará en los huesos), y por eso tienen que hacer gesticulaciones frecuentes, pero ni unos ni otros saben todavía ni cómo ni con quién se presentarán a las urnas. Y es por este motivo que continúan aportando oxígeno al moribundo. Lo mismo ocurre, a cierta distancia, con los otros aliados naturales de la investidura, desde ERC hasta Bildu y BNG. Es decir, tomando prestada a la excelsa y santa poeta, estos partidos viven sin vivir en ellos, conscientes de que el tiempo no mejorará las cosas, sino que las empeorará —también para ellos Sánchez ya es tóxico—, pero aferrados a la legislatura para mantener la influencia y ganar tiempo. Saben que, cuando llegue el PP al poder, no tendrán terreno de juego, ni les quedarán jugadas.

Luego están los otros, el espacio central del espectro ideológico que Junts y PNV comandan, con tímida presencia de Coalición Canaria. Son los únicos partidos que tienen capacidad de jugar a dos bandas, están confrontados con Sánchez y, con más o menos contundencia, han denunciado el agotamiento de la legislatura. Junts es, sin duda, el que ha mantenido la posición más firme y, por lo tanto, tiene la posición más relevante, pero la imposibilidad de sumar votos con Vox le impide rematar la situación. En este caso, no le dan oxígeno, pero tampoco le quitan el poco que todavía le queda.

Y si Junts no puede rematar, el PP no tiene capacidad de acción porque no puede hacer nada sin Vox y tampoco puede hacer nada con Vox, ineludiblemente atado al hueso que lo ahoga mientras lo abraza. Es evidente que el PP debería presentar moción de censura, pero también lo es que la perdería porque la rémora que lo acompaña es nociva para todos. Y es así como el agónico Sánchez consigue el mínimo oxígeno que necesita para seguir moviendo una legislatura que murió hace tiempo. Está al borde del abismo, pero ninguno de los protagonistas de la partida tiene capacidad para darle el empujón final, y fijado en el umbral, continúa plantado en el poder. E intentará quedarse todo lo que pueda, porque también hay una razón para no irse: la de su interés. Al fin y al cabo, la presidencia es un escudo que lo blinda y lo aleja de unas togas que cada vez se acercan más…