Hace tiempo que circula por las redes sociales una viñeta, aparentemente anónima, en la que una chica, vestida con burka, pregunta a su padre: “Papá, ¿y tú qué hiciste durante la invasión islámica de Europa?”. Y el padre, vestido aún a la manera occidental, le responde: “Callé por miedo a que me tildaran de racista”. El dibujo sirve para ilustrar lo que hace años que ocurre en toda Europa y que en algunos Estados ya se está viendo que se ha convertido en un problema de primera magnitud: la penetración del islam en la sociedad occidental. Países como Suecia, que de ser un ejemplo que todo el mundo quería imitar, la panacea del estado del bienestar implementado por la socialdemocracia más avanzada del Viejo Continente, ha pasado a ser un lugar donde nadie quiere ir a causa del elevado índice de inmigración musulmana que acoge, o de otros como Holanda, Bélgica, Francia, el Reino Unido, Irlanda y también España, que han perdido completamente el norte en lo que respecta a esta cuestión.
Las mal llamadas izquierdas de estos y también de otros Estados de Occidente fuera de Europa —Canadá y Australia básicamente y en parte también Estados Unidos— son las principales responsables de la situación actual. En nombre de un mal entendido buenismo y de la imposición de la dictadura de la corrección política que prescinde de todo aquello que no discurre por los caminos marcados y acotados por ellas mismas, se ha abierto la puerta a los migrantes musulmanes de todo el planeta sin ningún tipo de control ni de filtro y se les ha puesto en bandeja el objetivo que no ocultan que persiguen: la conquista plena de todo Occidente. En época del Califato Omeya o del Imperio Otomano, el expansionismo del mundo musulmán hacia Europa se medía literalmente en el campo de batalla, eran las guerras las que situaban a cada uno en su lugar. Y en ambos momentos los europeos, no sin dificultades, acabaron imponiendo su ley. Ahora, en cambio, todo es diferente y el choque entre las dos civilizaciones —que es lo que realmente es a pesar de que esta nueva ortodoxia de la corrección política pretenda lo contrario— no se dirime mediante una guerra al estilo tradicional, sino que la pugna es mucho más sibilina.
La situación, de hecho, es más compleja porque una parte del mundo musulmán se ha radicalizado y el llamado integrismo islámico resultante se ha fijado entre ceja y ceja la destrucción de Occidente y de los valores de justicia y libertad que encarna, de la democracia en definitiva, y le ha declarado la bautizada por él mismo como guerra santa. Por esto en la práctica las escenas de violencia son todavía las predilectas de actores como Irán y todos sus satélites, que han continuado intentando desestabilizar el Próximo Oriente aunque jugadas como la del ataque de Hamás a Israel del 7 de octubre de 2023 se les hayan girado en contra, o de extremistas como los de la matanza de judíos que el 14 de diciembre pasado celebraban el primer día de la festividad de Janucá en Bondi Beach, en las afueras de Sídney, en Australia. Y por eso es tan importante que el Estado de Israel, con el apoyo ni que sea indirecto de los Estados árabes de la región que apuestan también por la senda de la paz, salga vencedor del conflicto con el radicalismo islámico, porque lo contrario, en tanto que último dique de contención, le allanaría el camino de la conquista de Occidente.
La base de la cultura occidental es la tradición judeocristiana, que comparten desde Europa a Estados Unidos pasando por Canadá y otros lugares del continente americano y Australia y Nueva Zelanda, e Israel es el único rincón del Próximo Oriente que, talmente como un pequeño copo de nieve en medio de un océano de mayoría abrumadora musulmana, representa los valores que la configuran. De ahí que, si Israel no aguanta, el resto de Occidente pueda derrumbarse como un castillo de cartas. Ahora bien, el problema añadido en este caso es que hace tiempo que el fundamentalismo islámico ha penetrado en el mundo occidental, y esto se ve y se nota de manera muy descarada sobre todo en Europa, por la vía de la inmigración, tanto legal como ilegal. Una inmigración cada vez más numerosa que, lejos de integrarse y de adaptarse al entorno que la acoge, y de respetar su idiosincrasia —las costumbres, las tradiciones y, en fin, los rasgos que lo caracterizan—, pretende exactamente lo contrario, que sea quien la acoge que se adapte a ella.
Estas fiestas de Navidad, que precisamente hoy se acaban con el día de Reyes, han sido la muestra de la intolerancia con la que se comportan muchos de estos integristas musulmanes emigrados a Europa. En diversos lugares del Viejo Continente se les ha podido ver destrozando con total impunidad cualquier simbología relacionada con la Navidad: pesebres, mercados, árboles, luces, guirnaldas y todo tipo de decoración navideña típica de las celebraciones que se llevan a cabo en la sociedad occidental, algunas de origen religioso y otras claramente paganas, pero que han sido asumidas como propias a medida que la Iglesia cristiana, y muy especialmente la católica, iba perdiendo peso e influencia en los poderes de los Estados que se convertían en aconfesionales y laicos y dejaba de impregnar la vida de todo el mundo. Que es precisamente lo que hace el islam, regir la vida de quienes lo profesan las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, y eso es lo que los islamistas radicales quieren imponer en todas partes.
A partir de aquí, el choque de civilizaciones es inevitable, porque está sobradamente demostrado que el mundo islámico es incompatible con la civilización occidental. Y lo es no porque la civilización occidental no sea tolerante y abierta de miras, sino porque el mundo islámico es el único que no acepta convivir con otra manera de ser diferente de la suya. A quien era presidente de Argelia en 1966, Huari Boumedian, se atribuye la amenaza según la cual "conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres", que Moammar al-Gaddafi, el líder de Libia, repitió en 2006. E incluso Recep Tayyip Erdogan, el sempiterno presidente de Turquía, exhortaba en 2017 a los inmigrantes turcos a "ser el futuro de Europa" y "tener cinco hijos y no tres". Pues ahora Europa se encuentra justamente en este punto. Y no será por falta de avisos. A los que las izquierdas ñoñas y pusilánimes, y algunas derechas acomplejadas, que durante años han gobernado los países del Viejo Continente no han hecho el más mínimo caso y han provocado con su dimisión de responsabilidades el desbarajuste actual.
Invocando un falso deber de acoger y no se sabe cuántos derechos universales, unos y otros han permitido que los inmigrantes musulmanes se hagan los dueños de las calles
Invocando un falso deber de acoger y no se sabe cuántos derechos universales, unos y otros han permitido que los inmigrantes musulmanes se hagan los dueños de calles, de barrios, de pueblos, se manifiesten talmente como turbas para reclamar la imposición de la sharía, la ley islámica que regula todos los aspectos públicos y privados de la vida, y exhiban actitudes que atemorizan a la población autóctona de los lugares donde han ido a parar, en lugar de ponerles freno y de impedir que crezca un modelo social ajeno al mundo civilizado que esclaviza a la mujer y no respeta a nadie que no sea como él. Mucha gente en Europa está harta de la situación y ha empezado a hacerse oír. De momento, sin mucho eco, salvo casos contados como el de Italia, donde hace unos meses la primera ministra Giorgia Meloni no tuvo ningún tipo de reparo en afirmar que "si te sientes ofendido por un crucifijo o por el pesebre, entonces no es aquí donde tienes que vivir". Es la única que habla claro, frente a otros dirigentes europeos que pretenden dar lecciones porque se piensan que son el súmmum de la progresía y del resto que o hacen equilibrios para no quedar mal con nadie o callan, todos juntos quizá por miedo, como dice el padre de la viñeta a la hija con burka, que los tilden de racistas (y de muchas más cosas).
Últimamente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha alertado varias veces de que en veinte años la civilización europea desaparecería debido a la política migratoria que practican los Estados de Europa. "La inmigración ilegal es una horrible invasión que está matando a Europa", ha advertido. Aquí, al otro lado del Atlántico, sin embargo, no parece que haya nadie que quiera darse cuenta de la pérfida y maliciosa islamización que sufre efectivamente, parafraseando el Assaig de càntic en el temple de Salvador Espriu, la “vella, pobra, bruta, trista, dissortada” Europa, unos por demasiado sabios, otros por demasiado miedosos.