Paseo maravillado por Los años, libro de Annie Ernaux, mientras me acompaña la voz de Sacha Distel cantándome —estoy solo— "La belle vie". Al fondo del valle acristalado, brota la montaña de Montserrat. El 16 de agosto de 2017, visité el monasterio y, frente a la basílica, me cruzé con Oriol Junqueras. Entonces yo era junquerista, ahora soy un huérfano de la política. No lo saludé, respetando el calor que él buscaba en su familia. Se intuía, en su mirada, que llegarían años difíciles.

Yo, que no estoy bautizado, ni soy católico, voy a Montserrat empujado por una extraña espiritualidad de agnóstico. Antes era un ateo convencido; ahora visito el monasterio dos días al año buscando una respuesta que nunca encontraré. El 29 de octubre es el día del nacimiento. El 30 de abril, el día de la muerte. Y yo sigo caminando por el mundo tratando de vivir la vida como mi hijo hubiera deseado vivirla. En Hamnet, película que todavía me destroza el corazón cuando la recuerdo, la pienso y trato de digerirla, el pequeño Hamnet desea que Dios se lo lleve a él a cambio de sanar a su hermana, enferma de peste negra. No sabe vivir sin ella, como tampoco sabía hacerlo mi hijo sin su madre. El miércoles 28 de abril, túmido por los antibióticos, lo despertaron para suministrarle un medicamento. Al abrir los ojos, vio a su madre y le preguntó: ¿estás bien, mamá? Dos días después, el hijo de la madre murió, sereno. Ahora, con el duelo grabado en los cinco sentidos, la madre vive la vida como yo: sin respuestas, pero con la conciencia de haber sido alumno de un ser existencialmente extraordinario.

Escucho la radio. A López-Fonta —tertuliano por los siglos de los siglos— le preguntan si tiene una solución para el caos de Rodalies. No sabe qué decir, porque si tuviera una respuesta, su ideología españolista temblaría. A López-Fonta le envidio la altura física, pero no la ceguera voluntaria. Es del PP, partido adicto a la catalanofobia para ganar elecciones, y a él le gusta servir fielmente a quienes le escupen en la cara, como a los masoquistas les gusta el látigo del sádico. Y cuando le vuelven a hacer la pregunta, sigue bailando como un bailarín de claqué que huye de las brasas. Es elegante, López-Fonta. Tan elegante como el tono del juez Marchena cuando prevarica. El problema de personas como López-Fonta es que la ideología no les deja ver el bosque

Los que ya tenemos una edad, moriremos con el problema de Rodalies sin resolver. La fuerza de los sindicatos puede hacer caer gobiernos, como pasó en Chile en el año 1973. Sindicatos de maquinistas al servicio de una ideología, porque en el Reino de España es más primordial ser español que ser de derechas, de izquierdas, progresista o conservador. A lo mejor deliro, pero creo que las inversiones que deben destinarse a la Andalucía castigada por la borrasca Leonardo no saldrán de las inversiones dopadas destinadas a Madrid D.F., sino del dinero asignado a nuestras Rodalies. Madrid no quiere competencia. La corte es antropófaga y necesita dinero para comprar lealtades. Rufián no se irá nunca de Madrid. Se lo dije a no sé quién, y me dijo que sí. Una vez que te captan, es difícil salir de la secta de la cañita.

Hace tres meses que he publicado Los felices ochenta, y necesito encontrar la justificación de un nuevo libro. Es el egocentrismo del escritor. Me gustaría escribir un libro sobre el amor. Lo titularía El amor y otras necropsias, aunque estoy abierto a sugerencias.

Antes era un ateo convencido; ahora visito Montserrat dos días al año buscando una respuesta que nunca encontraré

He asistido a los Premis Gaudí. Cuesta imaginarse el Liceu convertido en brasas, ahora que luce sus vestiduras aterciopeladas y las maderas policromadas de oro, como si fuera una diva faraónica. Tanto el oficio del cine, como el oficio de la cocina, como el de la escritura, están llenos de fracasados escolares que han convertido, en algunos casos, su fracaso en magníficas odas éticas y estéticas. Me horripila Sirât, lo confieso. Y sigo sin entender a Mario Casas, y tengo que ver sus películas subtituladas. Y me complace que haya ganado el Gaudí la película Frontera. En otra vida, Judith Colell y yo fuimos propietarias de una productora llamada Cuarteto, que la destruyeron por culpa de un egocentrismo injustificado— los otros dos miembros de la banda. Cuarteto tiene el mérito, sin embargo, de haber producido uno de los bodrios más significativos de la cinematografía española: la película Amor de hombre. Con este título, era imposible que cualquier noche saliera el sol y que el amor no dejara de ser una prenda. Y aunque las canciones de la gala enaltecen la ceremonia, los discursos son demasiado largos y predecibles. Se recuerdan a los padres, las madres y los espíritus santos; se habla de inmigrantes con un ecobuenismo de Primer Mundo; se habla de desahuciados; no se habla de Rodalies; no se habla de charnegos; se repite una frase convertida, ya, en axioma: vivimos tiempos oscuros. El experto en crímenes y castigos Carles Porta sería feliz buscando luz en la oscuridad del Liceu.

En el intermedio de la gala, saludo, a través de WhatsApp, a Albert Om, amigo desde tiempos universitarios. Estamos relativamente cerca para vernos, pero muy lejos para oírnos. “El Real Madrid está ganando por uno a cero”, me escribe. “Como siempre”, le contesto yo. Y termina la ceremonia, Meri se queda con Cristina Brondo y yo regreso a Vallvidrera. Busco un taxi y, comme d’habitude, tardo una hora en encontrar uno. Reconozco que durante la caza y captura de un taxista he maldecido a Tito Álvarez y a su sindicato elitista. Estoy enfadado como un perro abandonado, y pienso que antes de exigir, hay que demostrar que se está a la altura de las exigencias chantajistas.

El taxista es pakistaní. Un tipo amable, pero va más perdido que un torero al otro lado del telón de acero. El verso es de Sabina, y prometo no volver a recurrir a la poética de este rapsoda de las falsas revoluciones hispánicas. Y cuando ya lo tengo instruido para que me lleve a Vallvidrera sin que haga falta cambiar de roles —yo el taxista, él el cliente, dirección Islamabad—, me pongo los auriculares para escuchar la radio. Estará feliz, López-Fonta. El PP ha ganado las elecciones en Aragón. Feliz, aunque tenga que justificar un pacto de gobierno con Vox por culpa de unos resultados alejados de la mayoría absoluta. López-Fonta no debe de querer saber que Catalunya ha sido la víctima propiciatoria de los discursos de la mayoría de los dirigentes aragoneses en campaña. El drama de la Corona de Aragón es sencillo de explicar: el complejo de inferioridad de los aragoneses. Toda esta malevolencia electoralista es injustificada, con Rodalies desmontada por falta de inversiones y los catalanes llegando tarde al trabajo, a los hospitales o a casa. Pero no pasa nada. Si a López-Fonta volvieras a preguntarle el porqué de este asunto, seguiría bailando como un bailarín de claqué que huye de las brasas. Somos un pueblo vencido. Las manifestaciones del sábado fueron una calamidad. Como buen militante del PP, López-Fonta debe de sentirse satisfecho.

Sentado de nuevo en la terraza, estoy a punto de terminar el libro de Annie Ernaux, con la montaña de Montserrat dibujada al fondo del valle vidriado. Sans amours, sans soucis, sans problemes. Ay, ay, ay, la belle vie.