Partidista es quien profesa una adhesión absoluta a un partido determinado por encima de los intereses generales, y electoralista, quien tiene una actitud política determinada por una estrategia electoral y no por fidelidad a una doctrina. El diccionario no puede ser más claro. Ambos comportamientos no son excluyentes, de forma que pueden darse por separado en personas diferentes o a la vez en un mismo individuo. Establecido esto, es fácil entender por qué los políticos españoles, y por extensión lamentablemente también los catalanes, hacen lo que hacen y se mueven, todos sin excepción, solo por intereses partidistas y electoralistas.

El reciente episodio de rechazo de los decretos del Gobierno español sobre vivienda y el tiempo de reflexión tomado como consecuencia de ello por Pedro Sánchez para decidir finalmente adelantar las elecciones españolas que tocaban el 2027 al próximo 29 de noviembre ha sido la mejor muestra de cómo en España la práctica política se reduce al partidismo y al electoralismo. Al frente de todos, el líder del PSOE es el cínico por excelencia, capaz de urdir toda la trama para que los decretos en cuestión fueran rehusados y él pudiera quedar, bajo la apariencia que quería que salieran adelante, como el bueno de la película. Y aprovechar el escenario para convocar deprisa las elecciones antes de tiempo —él que hasta ahora siempre había dicho que agotaría la legislatura— con la esperanza de que las movilizaciones que se llevan a cabo estos días en las calles alrededor precisamente de la crisis de la vivienda jueguen a su favor y a favor de quienes se presenten a su izquierda —en principio un llamado Frente Amplio que incluiría de entrada Sumar, Izquierda Unida, Comuns y Más Madrid y que podría liderarlo Ada Colau— y en contra de la derecha, en la cual empaqueta en un mismo saco a PP, Vox y JxCat.

Parece más bien aquello de aferrarse a la última oportunidad de intentar salvarse como sea de una gran derrota y, de paso, si la flauta vuelve a sonar por casualidad y Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal esta vez tampoco suman mayoría absoluta, ni que sea por un solo escaño —cosa que todas las encuestas descartan—, mirar de articular otra vez una mayoría alternativa que lo mantenga un tiempo más en la Moncloa. Él ya ha puesto la primera piedra con un relato al estilo del "después de mí, el diluvio" del rey Luis XV de Francia. Aun así, repetir exactamente el esquema actual, que es justamente el que lo ha llevado a no agotar el mandato, parece del todo imposible, pero ya se sabe que en política no puede descartarse nunca nada por inverosímil que pueda parecer. Y como que después de las elecciones todos juntos se supone que estarían hartos de utilizar el partidismo y el electoralismo arriba y abajo, váyase a saber qué podría acabar sucediendo. Hace gracia, en todo caso, ver cómo quienes más acusan a Pedro Sánchez de actuar solo por interés personal y de partido caen en la trampa y son quienes hacen exactamente igual, o en algunos casos incluso peor, que aquello que tanto critican. Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra.

Quien en este terreno le hace más la competencia dentro del PP no es el expresidente de Galicia y actual líder de la formación, sino la lideresa de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. En realidad, es tanto o más cínica que él, pero bastante más previsible, porque todo lo resuelve del mismo modo: metiéndose Catalunya en la boca cada vez que la abre, ya sea para hablar de la financiación autonómica, de la condonación de la deuda del fondo de liquidez autonómica (FLA), del traspaso de Rodalies, de la ampliación del aeropuerto, de los desahucios, de astronomía o del tiempo. Más partidista que esto no hay nada en estos momentos en el panorama político español, quizás a excepción del presidente de Castilla-La Mancha y crítico de cabecera del PSOE, Emiliano García-Page, que es como ella pero en versión masculina, y de los diferentes dirigentes de Vox, que sabido es que querrían borrar a Catalunya y a los catalanes del mapa. De hecho, todos juntos mienten cuando se refieren a Catalunya con discursos rebosantes de engaños, falsedades, inventos y todo tipo de pamplinas, y el más grave del caso —a pesar de serlo— no es que lo hagan, sino que lo hagan sabiendo que lo hacen, que lo hagan adrede, obviamente solo para intentar sacar rédito partidista.

¿Cómo es que, si Pedro Sánchez es tan malo que solo sabe hacer partidismo y electoralismo, le han apoyado desde 2018 —cuando todos permitieron que prosperara la moción de censura contra Rajoy— y le han mantenido desde entonces en la Moncloa? Y, más importante, ¿a cambio de qué?

Los partidos catalanes no se quedan atrás. JxCat ha recurrido a sus pesos pesados —Carles Puigdemont, Jordi Turull, Míriam Nogueras…— para denunciar que el presidente del gobierno español ha hecho electoralismo en la cuestión de los decretos sobre vivienda y la maniobra para impedir la aprobación y ha actuado con sentido exclusivamente partidista al avanzar las elecciones españolas. Ellos, que hace cuatro días le acusaban de esto mismo por negarse a convocarlas antes de tiempo y querer agotar la legislatura fuera como fuera. O es que no saben de qué hablan o creen que los ciudadanos son una pandilla de zopencos, porque resulta que se comportan con el mismo partidismo del que acusan a los demás. Y ERC, con Oriol Junqueras al frente, también procede del mismo modo. Ahora bien, en el caso de los partidos catalanes, hay que preguntarles: ¿cómo es que, si Pedro Sánchez es tan malo que solo sabe hacer partidismo y electoralismo, le han apoyado desde 2018 —cuando todos permitieron que prosperara la moción de censura contra el líder del PP de entonces, Mariano Rajoy— y le han mantenido desde entonces en la Moncloa? Y, más importante, ¿a cambio de qué?

De esta última legislatura no se habrá cumplido ninguno de los compromisos que JxCat y ERC habían adquirido directamente con el PSOE o a través del PSC, bien porque cuando todavía faltaban ocho meses para acabar el mandato no se había hecho nada, bien porque lo poco que se había hecho, pero que todavía no se había aprobado definitivamente, decae en el momento en que se convocan elecciones. Así, pues, no habrá ni nuevo sistema de financiación autonómica —de modelo singular había quedado claro desde el primer momento que no habría nunca—, ni transferencia del IRPF, ni condonación de la deuda del FLA, ni traspaso de Rodalies, ni traspaso de las competencias en inmigración, ni catalán en Europa, ni nada de nada. Solo habrá habido catalán en el Congreso, que es un acuerdo tan sólido que se eliminará el día que PP y Vox tengan mayoría, y, eso sí, dos cosas nada menores: grupo propio en el Congreso, cuando por el resultado electoral del 2023 no les correspondía y que les ha representado unos ingresos en absoluto despreciables que de lo contrario no habrían tenido, y amnistía. Cuando el balance es este, ¿a JxCat y ERC todavía les parece que es poco partidista, no la actuación del líder del PSOE, sino la suya, y que han velado lo suficiente por los intereses de Catalunya?

¿Con este bagaje hay que suponer, pues, que después de las elecciones del 29 de noviembre, si se presenta la ocasión, no volverán a apoyar a Pedro Sánchez, verdad? ¿Y que JxCat —ERC ya se sabe que no— todavía menos apoyaría a un bloque formado por PP y Vox que siempre ha dicho que no sustentaría nunca, verdad? ¿Pero qué haría si tuviera que apoyar a un PP al que le bastaran los votos de PNV y JxCat sin Vox? La otra posibilidad es que esta vez ni el uno ni el otro no sean necesarios en ningún sentido si a Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal les salen los números para hacérselo solos y todavía tendrán la suerte de no tener que mojarse. En esta posición, a quien de momento le podría pintar mejor la cosa parece que sería a JxCat, que, conjuntamente con el cada vez más cerca retorno de Carles Puigdemont, podría rentabilizar el rechazo de los decretos sobre vivienda con una subida de unos cuántos escaños –lejos, pero, de los mejores registros de CiU–, a pesar de que movimientos como el de la recuperación de Marta Pascal levantan muchas suspicacias. ERC, en cambio, tiene un grave problema al no deshacerse de un candidato, Gabriel Rufián, que ahora le resta más que le suma y que va acompañado, encima, de un estrambótico pacto con Podemos. En ambos casos, aun así, más arriba o más abajo, con papeles que todo pinta que van camino de la irrelevancia.

La duda, si fueran fuerzas independentistas de verdad, sería: ¿qué van a hacer entonces en estas circunstancias JxCat y ERC en Madrid? Pero como, aunque lo digan, no lo son, van a hacer lo mismo que hacía precisamente CiU, que como mínimo siempre había dejado claro que no era independentista: mantener el statu quo aunque sea haciendo la puta y la Ramoneta, sin olvidar que la presencia en el Congreso y en el Senado es una fuente importante de financiación de los partidos a la cual ninguno quiere renunciar.