"Haz lo que puedas, con lo que tengas, estés donde estés"
Theodore Roosevelt
El decir se confunde con el hacer. Un tipo con aspecto serio desgranando interminablemente y con todo la paciencia del mundo los datos, los que quiere dar, ha devenido el paradigma del genio gestor. Puente no es el único espécimen, así nació para los españoles Salvador Illa. Unos confinamientos, unas mascarillas y el señor inmutable deviene a la chita callando en genio de la gestión. No pondré pegas, yo estaba entonces acojonada. Mas gestionar no es prohibir o imponer, sino lograr que funcionen las cosas, y de eso, el flamante MHP anda más que flojo. Visto está que las cosas siguen donde acostumbraban o peor.
No me gusta escribir esto mientras se recupera de una afección que no es de risa, pero tampoco es de risa lo que está sucediendo con los ferrocarriles y la vida de las gentes que de ellos dependen en Catalunya. Ni es de risa la muerte, que desgraciadamente también ha llegado. Illa está en una posición incómoda. Cada vez es más incómodo ser un leal del presidente Sánchez, ese al que todos apuntan con el dedo por estropear todo lo que toca y lo que no toca. Constatamos que en el año y medio de la 'gran normalización´ prometida por Sánchez y acometida por el president, este no ha sido capaz de espabilar las Rodalies. Ni por asumirlas, ni por redimirlas.
Un servicio de cercanías moderno, eficaz, puntual y asequible es la seña identificativa de las grandes capitales de éxito; máxime ahora que no hay quien viva en el casco urbano. Su ausencia causa malestar, disfuncionalidad y pérdidas económicas. Una capital europea como Barcelona y su entorno no puede permitirse esta marca de ineficiencia que persiste, como una plaga, desde hace tiempo. Tanto que los mesetarios, tras el desplome del muro que costó una vida, y tras las paralizaciones, retrasos, restricciones de velocidad, arranques y paros, cachondeos varios, han comenzado a entender que las quejas de los partidos indepes no eran mero postureo para mover el nogal y recoger los frutos, sino un verdadero grito por una situación inexplicable e inasumible.
El Estado asfixia a Catalunya, se dice, y de pronto mandan en el Estado los mismos que ocupan la Generalitat. Illa es, además, el superleal. ¿A qué hay que achacar entonces el tercermundismo galopante de un servicio esencial? ¿Qué otro pito que tocar tenía Illa que no fuera conseguir, con su escrupulosa gestión, los medios necesarios de su mentor para que esto funcionara? Illa, que se movía como pez en el agua como buen gestor de situaciones difíciles y de catástrofes inesperadas.
Illa no ha conseguido enderezar el descalabro en año y medio. Ni siquiera está claro que haya tomado medidas concretas o que haya presionado a Madrid para que remediaran la catástrofe
Lo de Adamuz y las vías de alta velocidad es una vergüenza internacional que el desastre de vidas humanas ha esparcido por todo el continente y hasta fuera de él. Muchas personas sufren y sufrirán, el prestigio de la alta velocidad se caerá y puede que hasta el turismo se resienta. Y no solo la fallida alta velocidad aísla a Catalunya, lo de Rodalies es la cosa del comer para los catalanes, ha tocado fondo y ahora toda España lo ha visto y lo reconoce. El muro derrumbado, los muertos y los heridos, los fallos en las vías, la ralentización, el cese del servicio, la vuelta al servicio, el paro, ¿cómo puede una zona europea rica sobrevivir a este despropósito de gestión? Tan grave es que hasta ERC ha espabilado para reclamar que se devuelva la normalidad a un servicio esencial. Eso supone pasar un Rubicón, son los republicanos plantándole media cara a Sánchez, lo nunca visto. Los republicanos pidiendo la cabeza del hombre fuerte del presidente. No ha pasado desapercibido en Madrid tampoco que el propio Govern haya puesto en la diana a Óscar Puente. Al final, luchar contra la racionalidad no sale gratis, y es obvio que alguna responsabilidad tendrá el Ministerio de las mordidas, la colocación de prostitutas en empresas ferroviarias y la gresca propagandística abrupta ajena a lo esencial de sus funciones. Abono gratis para trenes que no funcionan o que son una ruleta rusa. Esa es la medida del nuevo progreso.
Illa el gran gestor no ha conseguido enderezar el descalabro en año y medio. Ni siquiera está claro que haya tomado medidas concretas o que haya presionado en serio para que sus amigos de Madrid remediaran la catástrofe. Así que se acabó lo que se daba. Entre tu culo y el mío, me quedo con el propio. Y si un Illa doliente, a través de sus validos, ha tenido que apuntar con el dedo por fin al propagandista Óscar Puente, es que la cosa está muy malita. Lo ha hecho. Que les hayan dado como premio de consolación dos cabezas jivarizadas no soluciona nada.
Hacer relato no es gestionar. Colocar afines no es gestionar. Improvisar no es gestionar. Ni los jabalíes contagiados ni los trenes se modifican con gestos o con palabras. Normalizar, como dice Sánchez, no es solucionar. Han dado en hueso. Lo de los trenes es difícil de ocultar, difícil de distraer, difícil de elaborar. No me extraña que Illa, el buen gestor, y los suyos hayan entrado en pánico, hasta el punto de revolverse contra los intocables. Un político de raza siempre sabe cuando solo el culo de otro puede preservar el tuyo, y este es el caso. Ahí precisamente se halla Illa, que además y lo siento, tiene que luchar por sus huesos y le deseo lo mejor. Sánchez lo abruma. Un caos en Rodalies que le cierra la persiana, una regularización que le indignará a una parte de los votantes, a los que espera con las zarpas abiertas Aliança, una financiación fantasma que ni se cambia ni se cambiará.
El esperpento no solo cerca la Moncloa, sino que se proyecta sobre el Palau. Ya nos dijo Illa que el PSOE y el PSC no son el mismo partido… exactamente, aunque estén atados en el presente y en el futuro: los presupuestos siguen en el alero y tampoco son un seguro frente a una ciudadanía indignada. Alguien de los suyos tendría que pagar el pato y nadie daría nada por una cabeza menor que la del propio Óscar Puente, el gestor que tampoco ha gestionado nada.
Cuando hay muertos, las reglas cambian.
Algunos aún no lo saben y siguen con las trampas: con los decretos ómnibus que obligan a votar lo que ellos quieran, con las regularizaciones no sometidas al Parlamento, con las maniobras de distracción a ver si se nos olvidan las tropelías.
Cada vez engañan a menos. Illa sí creo que lo sabe.
