Esta semana, Gabriel Rufián ha deseado que el espacio político y social que ocupa Junts caiga en el ostracismo. Lo ha hecho en este tuit en plena discusión con Míriam Nogueras y Carles Puigdemont. No es la primera vez que lo hace. Apenas una semana antes, en la víspera de la Diada (durante el Onze de Setembre no tuiteó nada), Rufián también usó la misma palabra: ostracismo. Pero es que en marzo, ya había deseado lo mismo en un debate parlamentario y también en otro tuit. Es evidente, pues, que el uso de la palabra ostracismo no es fruto ni de una casualidad, ni de una improvisación, ni de un arrebato encendido en medio de un debate; hay un patrón: Gabriel Rufián desea que Junts desaparezca. No desea solo que pierdan las elecciones y que no gobiernen, desea ostracismo, es decir, que se mantengan apartados y aislados de la vida política. Es, como dice el anglicismo, un upgrade en rivalidad política: no ganar al adversario, sino que el adversario desaparezca.
No obstante, este artículo no es para criticar los deseos de Rufián, sino para señalar la contradicción que hay entre este sueño húmedo del portavoz de Esquerra en el Congreso de los Diputados y los últimos posicionamientos de la dirección de Esquerra, empezando por su presidente. En una entrevista a Europa Press, Oriol Junqueras dijo el mes de agosto que "nuestra obligación (la de ERC) es llegar a buenos acuerdos para poder hacer avanzar el país de manera efectiva. También queremos hacerlo con Junts. Por eso lo intentamos cada día, sin parar". Francamente, resulta bastante difícil llegar a acuerdos con quien deseas que desaparezca. Y, sobre todo, resulta contradictorio afirmar que se intenta "cada día, sin parar" llegar a acuerdos de país con Junts si semanas antes Rufián ha situado este afán justo en la línea contraria: "me esforzaré para que paséis años en el ostracismo", es decir, no solo lo desea sino que trabajará activamente para que esto pase.
Sin Junts (y sin ERC), no hay posibilidad de grandes pactos de país, como el de la educación
Un mes después de esta mano tendida de Junqueras a Junts, el 7 de septiembre el presidente de ERC lo centró en una cuestión concreta e importante, como es la educación y la posibilidad de que haya un pacto nacional: "Celebramos que Junts vea con buenos ojos una propuesta que seguro es buena para el país". Pues bien, si Junts desaparece y con él todo lo que representa, será muy difícil llegar a un pacto nacional en educación. Podrá ser otro tipo de pacto, pero entonces no será nacional, como tampoco lo sería si no estuviera ERC.
El 12 de septiembre, el día después de la Diada, ERC recogió el guante de la ANC y Òmnium que, en sus discursos, abogaron por una recomposición del independentismo. Concretamente, su portavoz, Isaac Albert, se mostró de acuerdo con rehacer la unidad del movimiento y sostuvo que "los que trabajan para dividir, para restar y para ser menos son los que nos llevan a la derrota". Es evidente que el mensaje versaba sobre el efecto Aliança, pero también es evidente que la frase vale para todo el mundo: si eliminas Junts de la ecuación (como si eliminas a ERC o la CUP), por fuerza serás menos y eso llevará a la derrota. Por lo tanto, tampoco resulta difícil extraer que, si uno se esfuerza para que Junts pase años de ostracismo, también está dividiendo y restando. Y ayer mismo, después de que las formaciones independentistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte hubieran convergido sus caminos en el llamado pacto de Cardiff, este sábado ERC ha propuesto sumarse a este y "construir mayorías" en favor del derecho a decidir. Difícilmente construirás mayorías con escoceses y vascos si antes te las has cargado en Catalunya por desaparición de formaciones independentistas.
Es más, si alguna vez pasara esto, si alguna vez se hace realidad el sueño ostracista y Junts desaparece, ¿adónde cree Rufián que irán a parar los votos que habrán conducido a esta desaparición? No hace falta ser un catedrático en ciencia política ni ser un experto en encuestas para deducir que, con los vientos que soplan desde Sajonia a Ripoll, el beneficio de la desaparición de un partido de centroderecha no se lo llevarán ni ERC ni la CUP, sino justamente aquellas formaciones que tanto dice combatir y evitar. Una de las maneras de evitar que gane la extrema derecha es tener un centroderecha democrático, propositivo y con capacidad de llegar a acuerdos de país con la socialdemocracia. Pero si desaparece, esto ya no es posible. Y una última reflexión. En el caso concreto de Junts, su presidente lleva casi nueve años en el exilio, que en cierta manera también es una expresión manifiesta de sufrir ostracismo. Desde el punto de vista estrictamente personal: ¿es necesario, realmente, desear más ostracismo a quien ya lo ha sufrido bastante?