Un año de bullying al mundo, titulaba el domingo con mucho acierto su crónica sobre las portadas de los diarios del día la periodista de El Nacional, Ketty Calatayud, como síntesis del primer aniversario de la segunda llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Si usted duda, hágase la pregunta clave, todas las veces que haga falta: ¿es mejor hoy el mundo que hace 12 meses? La respuesta es obvia: el nuevo orden mundial impuesto por Trump ahora no solo a golpe de tuit sino de misiles de portaaviones y brutales policías antiinmigratorios que te pueden matar si te has dejado el pasaporte en casa, se basa en mantener el mundo en estado de shock y en estado de excepción a la vez. Pasa en dos escenarios simultáneos, dentro y fuera, en el patio de casa, convertido en un videojuego de extrema violencia pero real, y en el patio trasero, el resto del mundo, donde el inquilino de la Casa Blanca ha decidido hacer y deshacer lo que le dé la gana. Son dos guerras a la vez, la que se libra en lugares como Minneapolis contra el enemigo interior, el migrante o quien ose defenderlo como ser humano, el disidente; y allende las fronteras, donde el presidente de los EE. UU. ha proclamado que solo tiene un límite: su "moral", no el derecho internacional. Si Kant, el gran filósofo de la Ilustración, la ley moral anclada en la razón y el proyecto universal de la paz perpetua pudiera resucitar, regresaría a la tumba sin pensárselo dos veces.

Peter Thiel, padrino político del vicepresidente J.D. Vance, y jefe de la llamada mafia de Paypal, el club de tecnomagnates que rodean a Trump, lo escribió en 2009 en una revisión de lo que pensaba cuando era un joven estudiante de Filosofía de ideas progresistas en la Universidad de Stanford: “Ahora ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Es decir: mi "libertad" no puede limitar con la libertad de los demás, que es justamente la piedra angular de una democracia real. En consecuencia, la libertad electoral garantizada por los sistemas democráticos deviene solo un medio para imponer la propia "libertad" de acción, sin límites. Tampoco los del bien público. Si reflexionamos sobre la sentencia de Thiel, un auténtico mandamiento del neorreaccionismo global que aplaude a Trump, desde Milei a Orbán pasando por Abascal u Orriols, podemos entender por qué Estados Unidos, el gran referente del mundo libre, bascula hacia el autoritarismo imperialista más desacomplejado y pugna por convertir todo lo que se le oponga, y, singularmente, la vieja Europa liberal y socialdemócrata, en un espacio de sumisión y pelotilleo a los caprichos del gran matón del barrio global. Trump necesita una María Corina en cada esquina.

Ayer fue Venezuela y hoy es Groenlandia, con la amenaza inaudita a los ocho países europeos que apoyan la soberanía danesa de la isla de coserlos a aranceles; pero mañana podría ser Cuba, o México, porque el gran payaso fanfarrón siempre empieza y se sale con la suya con los débiles. Irán, a pesar de las insinuaciones de actuar contra el régimen asesino de los ayatolás, o China, a quien la guerra comercial no le dio ningún miedo, ya son palabras mayores. Si pudiera, Trump suspendería las elecciones, como ha insinuado alguna vez o la normativa que le impide optar a un tercer mandato. O intentaría vivir 150 años, como se confesaron mutuamente Putin y Xi. El tecnolibertario Peter Thiel, como otros posthumanistas y transhumanistas, han llegado a la conclusión de que, en contra de “la ideología de la inevitabilidad de la muerte de cada individuo”, podemos ser inmortales. Basta con tomar las riendas de la evolución para convertirnos en cíborgs o en cerebros descargados en la nube. Con la tecnología adecuada, nada es imposible.

Trump no está solo. Son muchos y muchas los que le aplauden. Cuando la política no comparece, la antipolítica hace estragos

La brutal sacudida trumpista al mapa heredado de la Segunda Guerra Mundial, reconfigurado con el fin de la Guerra Fría, inquieta, incluso, a una parte de la extrema derecha europea. A Marine Le Pen no le ha gustado que Trump se haya pasado por el Arco del Triunfo la soberanía de Venezuela para decapitar a Maduro a cambio de hacerse con el botín petrolero; y Giorgia Meloni ha telefoneado al tirano estadounidense alarmada por la amenaza arancelaria a Europa a cuenta de la adquisición de Groenlandia "por las buenas o por las malas". Un año después de Trump el mundo, y las calles de Estados Unidos, son mucho más inseguras, para todos, para los inmigrantes, pero también para los ciudadanos estadounidenses de pleno derecho, los groenlandeses o los empresarios europeos que sufren por sus exportaciones. Trump es un negocio pésimo para las libertades democráticas y la libre empresa aquí y en Pequín.

Pero Trump no está solo. Son muchos y muchas los que le aplauden, en público o en silencio. Cuando la política no comparece, la antipolítica hace estragos. No estamos en los años treinta, pero las masas experimentan la misma fascinación que sentían ante Hitler o Mussolini por los que hacen cuñadismo de sobremesa caliente y pensamiento estomacal la lógica estomacal en los parlamentos o los medios, sean Sílvia Orriols o Isabel Díaz Ayuso. La nueva política es vieja y oscura, pero gusta como una peli de miedo para adolescentes de los años ochenta, en la onda de Stranger Things. No es difícil imaginar a favor de quién rema la líder de Aliança Catalana en la guerra mundial trumpista cuando anima al presidente de los EE. UU. a atacar Teherán como atacó Caracas o supera a Vox por la derecha cuando clama por deportar no solo a los emigrantes magrebíes sino también a los latinoamericanos. Trump ya ha conseguido deportar a 600.000 latinos mientras 2 millones más han "reemigrado", como dicen los neonazis y sus imitadores de aquí. La espuma turbia de la extrema derecha sube y sube, incluso, a pesar de Trump y su bullying global. Pero, oiga: pregúntese qué haría Sílvia Orriols si se sentara en el Despacho Oval, en la Casa Blanca, y después vótela. Sapere aude!, atrévase a pensar, como hacíamos cuando no teníamos Grok y X aún era Twitter.