Qué interesada eres, oh, Ada. Y qué coincidente, querida, que el clímax de la crisis de vivienda llegue ahora que das por consumado tu regreso a la vida política. No quieres perderte ninguna batucada, Ada. No podrías soportar que el mundo siguiera girando mientras tú estás en el banquillo, expectante. Porque no hay mundo más allá de ti misma, no hay tertulia donde no quieras aparecer, no hay ocasión en que decidas no pisar plató. Todo desahucio es un escenario placentero si puedes jugarlo a favor de tu resurgimiento. Igual que los fondos buitre, de las desgracias ajenas sacas provecho con ánimo catalizador. Hacía días que no nos veíamos, Ada, porque después de encasquetarnos a Collboni de alcalde, anunciaste tu retirada. Pero tú no sabes irte: de cualquier reyerta política sacas una excusa personal para volver. 

Como eres el centro del universo, la protagonista de tu propia película, el personaje principal de una novela magistral, de vez en cuando necesitas sacar a pasear tu ego monumental como si se tratara de un hecho accidental. Ya nos conocemos, Ada: tenemos asumido que estás un poco desquiciada. Ahora quieres que nos traguemos que no puedes pagar el alquiler. Que, después de cobrar un sueldo público durante diez años, necesitas la ayuda de un familiar. Que ahora, precisamente ahora que la vivienda vuelve a ser un tema central de debate, resulta que los astros se han alineado: con un solo sueldo no podías mantenerte. No me sorprenderá que alguien piense, Ada, que tanta coincidencia se parece mucho a mentir. Y que tanta autorreferencia nos remita a aquel tuit, el tuit en que anunciabas tu cumpleaños rememorando la muerte de Salvador Puig Antich. 

Ahora, precisamente ahora, que la vivienda vuelve a ser un tema central de debate, resulta que los astros se han alineado: con un solo sueldo no podías mantenerte

Tratemos un momento esta cuestión porque es un misterio sin parangón: ¿no es curioso que, de todo lo que pasa en abstracto, colectivamente y en presente, tú siempre tengas una experiencia íntima equivalente? Ada, eres un oráculo. ¡Qué espectáculo! Para cualquier persona con dos dedos de frente, este personalismo sería síntoma de un claro narcisismo, pero también de un cierto despotismo. Para tus seguidores, Ada, para la masa de acríticos que tienes encandilada, todo ello solo son muestras de una talla política probada. Con la pretensión de ponerte al nivel de quienes sufren las malas decisiones políticas en primera persona, tu mezquindad me suscita una repulsión profunda. ¡Pero si tú has tenido tribuna! No eres una ciudadana más: durante años has ostentado cargos políticos en nombre del progreso. Tienes siempre la cara a punto, Ada, para hacer ver que tú solo pasabas por aquí. Que, en el modelo de ciudad que hoy expulsa a los barceloneses, tú no has tenido nada que decir. A veces, tu mezcla perfecta de cinismo e hipocresía me jode hasta sufrir. Sinceramente, a mí no me dejaría dormir. 

Pero tú estás acostumbrada, Ada. Para ti, todo ello solo es una ocasión más de ser admirada, de recibir atención, de darte por cobrada. Da igual, si te equiparas a la señora de ochenta y siete años que fue desahuciada: necesitas que te hagan caso como necesitas el aire que respiras. Te embelesas. Te deslumbras. Te extasías. Por eso no te puedes desprender de la política: si no estás en el centro del foco mediático, te sientes raquítica. Ni siquiera sabemos si has hecho el esfuerzo, los últimos cuatro años, de trabajar: en realidad, todos intuíamos que esperabas el momento de rajar. Y la presión inmobiliaria te va como anillo al dedo para recomenzar allí donde lo dejaste; para abandonar el banquillo y, por fin, volver a ejercer de profeta. Ya acabo, Ada, que debes haber quedado empapada. Hay que ser muy bobo, déjame que te diga, para tragarse tu fantasmada. Pero ya los hay, de bobos. ¿Quién, si no, validaría tus ambiciones? ¿Quién daría credibilidad a tus megalómanas fabulaciones? Vaya, qué cojones. En fin, besos.