En el bar de la esquina, debajo de su casa, en Mollet. Allí, quien fue entrenador del Barça femenino de fútbol durante 11 años (de 2006 a 2017) —debían ser justamente 11— le espetó: "serás un emblema del club, marcarás un antes y un después". Y bien convencido que lo dijo. Ni la misma Alèxia se lo creyó, pero Xavier Llorens fue un visionario. Considerado el gran arquitecto inicial del actual proyecto, nada de todo esto habría pasado si él no hubiera aparecido en aquel bar un día de 2012, cuando la sección aún no era profesional. Juntos ganaron 7 de los 38 títulos que Alèxia ha acabado levantando con la camiseta blaugrana.
Podríamos seguir hablando de cifras (en los últimos días se han mencionado muchísimas: trofeos, partidos jugados con el club de su vida, goles, récords) pero lo mejor de Alèxia es que no se la puede comparar con nadie y eso ya nos lo dice todo. Contaremos la era del Barça femenino con años antes y años después de ella. Empezó jugando en campos de tierra, con un centenar de personas entre el público —los familiares y poca cosa más— y ha acabado con un Camp Nou lleno coreando su nombre. Es un símbolo tan grande, su figura trasciende tanto el deporte que, a la vez, sabría mal que no se tuviera lo suficientemente presente lo que es: la mejor jugadora de fútbol del mundo. Su oficio.
Con aquella discreción que la caracteriza y que la hace resaltar aún más, ha sabido llevar el peso de una corona que quizás no buscaba, a pesar de merecérsela, y se ha convertido en un icono de la revolución del fútbol femenino, no solo del Barça. Ha honrado con firmeza y dulzura el nombre de su padre, Jaume Putellas (quien la llevó al Camp Nou por primera vez), una ausencia que siempre la acompaña y que la ha empujado más allá de su propia autoexigencia. El entorno familiar la acompaña con la misma prudencia y estima y a todas se nos ha puesto la piel de gallina cuando hemos visto a su madre y su hermana —Eli y Alba— emocionadas mientras la eterna capitana levantaba Balones de Oro, o cuando su tío Ricard le da aquel característico beso en la frente desde la grada, a pie de césped.
Alèxia es un símbolo tan grande, su figura trasciende tanto el deporte que, a la vez, sabría mal que no se tuviera lo suficientemente presente lo que es: la mejor jugadora de fútbol del mundo
Ha hablado más en el campo que fuera, pero tiene frases lapidarias que también han marcado época, como su mítico "Se acabó", que desencadenó la revuelta definitiva contra Rubiales y que da nombre al documental de la ebrense Joanna Pardos que acabó ganando el Emmy Internacional, o el ya memorable "no hay distancia", para reivindicar la calidad y dignidad de su oficio y para reafirmar que aquellos cambios habían llegado para quedarse, que se puede ser mujer y vivir del fútbol. Que la cantera también se escribe en femenino, como lo demuestra el relevo que ya despunta y que la hace marchar un poco más tranquila. Su ascendencia va más allá de los terrenos de juego y no solo ha sido líder dentro del vestuario, sino también referencia para niños y niñas que con ilusión se miran en ella pensando en el futuro y para mujeres que con orgullo la miran y ven en ella un hipotético pasado que no llegó a ser y que ahora es real gracias a esta generación.
Dices que te has vaciado. Lo sabemos, son vasos comunicantes y a nosotros nos ha llenado. De alegrías y de sueños. Desde aquel 16 de junio de 2013, con tu genial gol contra el Zaragoza que nos dio la primera Copa de la Reina, hasta la última Champions lograda, tu talento ha sobrevolado estadios y ha hablado catalán, y tu presencia serena y fuerte ha construido unos cimientos que ahora ya se adivinan inamovibles, a pesar del faenón que aún queda por hacer. La tuya ha sido una historia perfecta, como tu final culé, como perfecto es el emocionante vídeo de despedida que algún día sabremos quién te hizo —aunque tenemos una ligera y feliz sospecha— y que se convierte casi en un cortometraje de culto (también eligiendo directora y guionista de confianza eres la mejor).
Por todas las que te precedieron. Por las que seguirán tus pasos. Hoy somos nosotros quienes te hacemos reverencia a ti, que vienes de las estrellas, como dice la letra de la canción de Rosalía que tan bien te acompaña en este adiós. Unas magnolias que son símbolo de nobleza, dignidad y perseverancia. Te sienta como un guante la flor que ha sido banda sonora de esta despedida que no queríamos, pero que tú tenías todo el derecho a elegir. Ahora, cuando un día de partido no estés, recordaremos que eres y siempre serás nuestra once. Continúa llevando el escudo en el pecho, te protegerá el corazón.