"Quien no conoce la verdad es simplemente un ignorante, pero quien la conoce y la llama mentira, es un criminal"
Bertolt Brecht

Me confieso hipnotizada por la curiosa superioridad moral que aqueja a la izquierda actual. Ni el paso del Papa les ha dado la medida del cinismo con el que afrontan un largo y terrible calvario judicial de aquellos que entronizaron como sus líderes, bien por necesidad de alguien a quien poner la vela de su fe, bien por el contenido del cepillo, que también tiene sus partidarios. Lo han visto con el juego de líneas rojas que se ha comprado Rufián, por ejemplo, que evoluciona como un mecano hasta concluir que nada es tan grave como parece si de salvar el poder se trata. No es el único. Recuerden que en esta democracia nuestra empezamos echando de sus puestos a los cargos con su mera imputación, lo avanzamos después hasta el procesamiento y ahora ni con sentencia firme parece suficiente para que suelten el sillón y se lo devuelvan al pueblo.

Las revelaciones del sumario y de las agendas más las investigaciones de la UCO sobre la actuación de Leire y su grupo muestran una de las cosas más graves que han sucedido en el periodo democrático, si exceptuamos, a mi modo de ver, el terrorismo de Estado de los GAL. Hemos asistido a cuestiones espeluznantes. Hemos visto a una parte de la policía corrupta aceptar trabajar de forma partidaria para el PP y neutralizar a uno de los suyos para que no cantara (Operación Kitchen con Bárcenas); hemos visto utilizar a esa policía política contra adversarios políticos, como en la Operación Catalunya. Lo que nunca habíamos conocido es una trama concebida con el objetivo de gripar el Estado de derecho para lograr la impunidad de los miembros de un partido. Extorsionar, cohechar, amenazar, espiar a jueces, fiscales y policías decentes para evitar que el peso de la ley caiga sobre quien puede haber delinquido es subir a un escalón superior. A fin de cuentas, las porquerías del PP se están viendo en los tribunales y lo que el PSOE pretendía era que las suyas no pasaran por ese trance.

Ante tamaño destrozo, ante los negocios opacos con dictaduras, las joyas de zarina ocultas en cajas fuerte, los empleos forzados, el dinero dilapidado en sobornos por la obra pública, ante la puesta del Estado a disposición de los depredadores, lo que más choca es el frenesí con el que algunos abrazan o bien la duda que nunca tuvieron en otros casos o bien, directamente, la defensa de lo indefendible. Les es más fácil creer que todo el sistema judicial ha trabajado para crear una conspiración de corrupción capaz de derrumbar a un gobierno, que asumir que los datos que están sobre la mesa a efectos políticos ya son suficientes como para concluir que nos ha estado gobernando una corte de indeseables.

Lo que nunca habíamos conocido es una trama concebida con el objetivo de gripar el Estado de derecho para lograr la impunidad de los miembros de un partido

Y puestos a eso, todo vale. La manipulación de los elementos que afloran en un proceso que es judicial y que, por tanto, está sometido a las normas habituales de contradicción y prueba, es tanto más fácil cuanto que la población media no es ducha en esas artes jurídicas. Así es fácil convertir lo habitual en inaudito o sentenciar varias veces al día que el juez se equivoca y que todo lo que maneja tiene otra explicación que, cualquier día de estos, nos van a dar los implicados. Más vale esperar sentados. Eso es particularmente insistente en el caso en el que se encuentra imputado el expresidente Zapatero, convertido en líder espiritual de un sanchismo que por sí solo nunca lo tuvo. Así hemos visto repetir a sus amigos y portavoces que las joyas halladas en la caja fuerte procedían de una herencia y no estaban valoradas en más de 50.000 euros. Como si cualquier persona de clase media no supiera distinguir las joyas de sus abuelas de las de la emperatriz Sissi. Mentiras de patas cortas, porque Ansorena va a enviar la tasación real de unas joyas imponentes que son "buenas" y cuyo valor ya se sitúa en las siete cifras.

Ayer nos sorprendieron con otra revelación no menos pasmosa, puesto que para denunciar la conspiración contra Zapatero, acaba poniendo en solfa todo el sistema de lucha contra las grandes mafias transnacionales y el crimen organizado. El juez Calama ha remitido comisión rogatoria a Estados Unidos para que aporte formalmente a la causa el contenido del teléfono de Rodolfo Reyes, uno de los tipos de Plus Ultra, que ahora aparece en los informes debido a la colaboración policial. Indignados, los amigos de la corrupción caviar exclaman: ¡El juez busca ahora blindar el procedimiento contra posibles nulidades! Evidentemente, y menos mal. La búsqueda de nulidades es el principal resorte defensivo del que no posee otro, y basta que ZP haya fichado a un procesalista para que se las intente buscar, para que una caterva de creyentes intente convencernos de que es mala cosa que la justicia intente preservar de ellas las causas.

Obvian que la colaboración internacional es esencial en la gran delincuencia transnacional y que, a estas alturas, la Sala II del Tribunal Supremo tiene la suficiente jurisprudencia al respecto para preservar derechos, sí, y también para evitar las triquiñuelas de los delincuentes. Fíjense si es curiosa la postura de tanta gente abrazada a la peste socialista, que preferirían que la justicia perdiera sus instrumentos para luchar contra los malhechores a que estos pudieran perjudicar al sostén de su Pedro. El argumento de peso es que el malvado Trump es el que ha entregado esos datos para vengarse de Pedro Sánchez. Bueno, y de ser así, ¿qué? Si han delinquido y los datos son buenos, lo mismo da que nos los entregue Trump o el mismísimo diablo, siempre que se hayan respetado, como dice el Supremo, las normas legales de aquel país y los derechos fundamentales.

No se escandalizan por el botín, ni porque se pueda haber empeñado la política exterior por lucros privados, ni por la incoherencia de que roben aquellos que llegaron para limpiar, ni de la existencia de tanto maleante de alta y baja estofa. No, se colocan mirando al más pequeño asidero que alguien les diga que existe para no tener que mirarse muy dentro y preguntarse qué mierda están protegiendo con su propio prestigio.