Esto de escribir el nombre de alguien que te hace daño en un papel y ponerlo en la parte de arriba de la nevera puede parecer una tontería. A todos y a todas nos ha pasado, por desgracia, que un buen amigo, un miembro querido de la familia, un gran amor o alguien a quien admirábamos en el trabajo nos ha decepcionado, nos ha dejado de hablar sin razón o ha cambiado radicalmente su actitud hacia nosotros. Como esos vinos que no han sobrevivido al verano porque no los hemos guardado como es debido. La primera vez que vi a Henar Álvarez hacerlo en "Al cielo con ella" me animé. Antes, esta técnica me parecía un poco como de magia negra o vudú. Con el tiempo, he entendido que se trata de una metáfora mucho más potente. No es destruir; es paralizar la capacidad simbólica que tienen esos nombres propios de alterarte. Porque hay gente que no aprende ni de las lecciones, ni de los errores, ni siquiera de las consecuencias. Hay quienes tienen su ritmo de aprendizaje, y hay quienes nunca aprenderán porque no se quieren mover de donde están. Y eso también demuestra una cierta falta de inteligencia. No escarmientan. Esos a los que tienes que dar la razón, como a los tontos, pero la rabia tienes que quedártela y comértela tú. Pensamos que con el cambio de estación también podremos cambiar nuestros hábitos mentales, pero no es tan fácil como parece en la teoría. Todo lo zen de las vacaciones se gelifica a las dos semanas de empezar el curso y la vida real. Al final, los deseos cristianos son una cosa y lo que se hace con la vida prosaica, otra. Menos interpretaciones y más hechos.
Porque hay acciones que hablan por sí solas. Personas que piden respeto sin darlo. Que exigen cumplir normas, pero consideran que ellos están por encima de las mismas. El que vuelve a tirar la casa por la ventana. La que dice que a partir de ahora siempre llegará puntual y acaba teniendo una excusa para el retraso. Los que piensan que con una nueva pareja les irá mejor y vuelven a repetir los mismos patrones. Los que siempre se acaban enamorando de narcisistas que solo se miran el ombligo. Los que vuelven a equivocarse con los roles en el trabajo. Los que repiten la crianza de los hijos porque lo que hacen es educar, pero también herir con su herencia. (Y no hablo, precisamente, de dinero). Los que gritan para que no se oiga su estupidez. Los que vuelven a liarse con los mismos procesos esperando resultados diferentes. Ese amigo que un día decide jugar a la ruleta rusa y eliminarte radicalmente de su vida. Quizás porque no soporta que la vida te vaya mejor que a él. O, simplemente, porque necesita convertirte en enemiga para poder justificar su decisión. A veces hay gente que es demasiado adicta a pisotear y hacer daño para sentirse mejor. Hay gente a la que le molesta que los demás sean felices. Gente que te quiere hacer callar a cualquier precio. Y juegan con el miedo de los que tenemos miedo. "Es mi naturaleza", decía el escorpión antes de atacar a la rana. Y en vez de salvarse, se acaban hundiendo los dos. Ya veíamos que esta gente lo hacía con los demás; lo que no pensábamos es que nos lo harían también a nosotros.
Poner un nombre en el congelador no significa odiarlo. Significa dejar de darle temperatura y energía
Es entonces cuando paras de darle vueltas y pones su nombre en el congelador. Otra vez y por partida doble. Para ver si se enfrían los aires, porque, por mucho que nos digan que bajarán las temperaturas, de día no se nota. A veces, los planes de la vida son mucho más grandes que los tuyos. Para evitar malentendidos, podría poner los nombres que tengo en el congelador. Pero creo que cada uno sabe muy bien el nombre de su serpiente venenosa. Y sí, es verdad, con un animal no te pones a discutir. Te alejas y te proteges. Con la gente que no es buena para ti tienes que hacer lo mismo: huir y poner límites. Porque puede acabar que, enganchada al odio, tengas ganas de que les ocurran cosas malas y, al final, tú te acabes tiñendo de su veneno. No vale la pena. La conciencia, si les deja dormir, ya es cosa suya. O quién sabe si habrá factores externos que, literalmente, no les dejarán pegar ojo.
Pero también he aprendido que la gente buena, a veces, hace y desea cosas malas. Y que la gente que hace cosas malas puede fingir que solo quiere cosas buenas. Por suerte, la gente se acaba retratando sola. Yo creo que el mejor desagravio es el perdón. Pero no necesariamente el perdón (que no olvido) a la persona que te hiere. El perdón a ti misma. Por haber creído en ella. Por haber amado a personas que no valían la pena. Por haberte equivocado. Por haber dado oportunidades cuando ya no tocaba. Por haber regalado tanto tiempo. Por haber pensado que esta vez sí que era posible. Que sería distinto. Esto dice más de quien se equivoca que de quien no lo intenta nunca. Porque también esto forma parte de aprender. Con el tiempo, entiendes que las personas no siempre cambian. A menudo solo intensifican sus defectos no trabajados. Algunos aprenden a amar mejor. Otros solo a disimular mejor. Y nosotros también hacemos cosas que no nos gustan de nosotros mismos. Porque la frontera entre ser buena persona y ser una persona perfecta no existe. Poner un nombre en el congelador no significa odiarlo. Significa dejar de darle temperatura y energía. Y dejar que se quede allí bajo cero, junto a la vianda de pollo. Hasta que la vida decida qué hacer con él. Dicen que la venganza es un plato que se sirve muy frío. Yo prefiero congelar directamente el nombre.