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Estimados lectores, como cada segunda quincena de julio, he recibido una invitación invitándome a participar del Projecte Àgora, una especie de club de lectura y debate de clásicos que organiza el Institut Català Internacional per la Pau. Con la invitación de este año, ya son cuatro. Por lo que servidora ha podido saber, se trata de una remesa masiva de invitaciones en las que los pacifistas que han funcionarizado su activismo intentan pescar personalidades con una faceta más o menos pública para invitarlos a sus jornadas. Y para, así, hacer alguna cosita más que justifique su existencia y la pasta pública que la explica. En la convocatoria en cuestión se citan una serie de entidades —me contacta FundiPau, en las jornadas participa el ICIP, el Centre d’Estudis de Temes Contemporanis y la Fundació Lluís Coromina—, de las cuales quien escribe os invita a buscar en qué medida están regadas con dinero de los catalanes. En YouTube hay colgados un par de vídeos de jornadas del Projecte Àgora anteriores. Entre los participantes, está el director de comunicación de la Fundació Bofill, la jefa del Área de Investigación del Institut d’Estudis de l’Autogovern, un Euraxess Catalonia Officer en la Generalitat de Catalunya y la directora de políticas migratorias y diversidad en Instrategies. Desconozco, estimados lectores, si empezáis a intuir por dónde va la cosa, pero que todo sea gente con pinta de ponerse a trabajar después del segundo desayuno ya apunta al tipo de cultura democrática que quieren fortalecer: la que no les cuestione el trabajo. Por eso participan, supongo. Para seguir cebando el sistema que los alimenta.

Solo para que nos ubiquemos todos juntos, es público y se puede consultar que el ICIP recibió en el año 2025 un millón ochocientos mil euros, de los cuales ochocientos mil fueron a personal. Teniendo en cuenta que el organismo tiene dieciséis trabajadores —incluyendo al director—, nos podemos imaginar el grueso de los sueldos que rascan. Su director, Kristian Herbolzheimer, cobra casi setenta mil euros anuales. Teniendo en cuenta que la organización del Projecte Àgora es iniciativa del ICIP, servidora se tomó la molestia de preguntar a cuánto se pagaba la participación en la jornada. Tuvieron la bondad de responder que no pagan. En este entramado, la moneda de cambio es otra, pero antes de cobrarla tienes que estar dispuesto a jugar. Dispuesto, quiero decir, a participar de unas jornadas que claramente sirven de poco más que de excusa para que el ICIP cobre dinero público. Dispuesto, en definitiva, a hacer ver que crees en la utilidad de todo este teatro y en el teatro que justifica que en este país haya fundaciones, asociaciones, movimientos e institutos por la paz a raudales y sin ningún tipo de control. Hasta aquí, queridos lectores, la crítica que corresponde al ICIP en tanto que engranaje ejemplificador de la red clientelar que pagamos entre todos. Llegados a este punto, cabría preguntarnos a quién interesa todo este antimilitarismo, teniendo en cuenta que Catalunya es —de momento— una nación sin ejército. ¡Veámoslo!

En situaciones de desigualdad —como en el conflicto catalán— pedir paz sin, antes, pedir justicia, es trabajar a favor del opresor

Estimados —en este punto, estimadísimos, ya— lectores: "Me siento amenazado por el Rey. También por la DUI. #JoTincPor". Este es el tuit que hizo el director Kristian Herbolzheimer el tres de octubre de 2017. Parece una anécdota aislada, pero en realidad explica bastante bien de dónde nacen las proclamas por la paz en Catalunya y qué función ideológica y política acaban teniendo. Recorriendo la trayectoria y las apariciones mediáticas de Herbolzeimer, parece que la paz es la idea que emplea para relativizar injusticias y borrar opresiones. Aquí tienen una muestra clarificadora. Estamos hablando de un tipo de gente que, con políticos catalanes en la cárcel, organizaba mesas redondas para promover el diálogo. Estamos hablando, sí, del tipo de gente que en una exposición sobre racismo en el Palau Robert de Barcelona —impulsada por el ICIP y la Direcció General de Difusió—, con unos datos de uso habitual del catalán bajo mínimos, equiparaba "¡que aprendan catalán!" con una retahíla de proclamas racistas. Es divertido, porque cuando haces un poco de investigación sobre estos personajes, siempre te los encuentras invitados a algún circo de Òmnium Cultural. 

La cultura de la paz subvencionada por todos equipara opresor con oprimido interesadamente. La cultura democrática regada con el dinero de los catalanes confunde la paz con el silenciamiento del conflicto y la sanísima confrontación política con polarización y totalitarismo. La suya es una idea de paz cocinada para que la denuncia de una injusticia vivida desde una posición de desigualdad en el poder sea una amenaza inaceptable. Si en este relativismo de pacotilla y en la proliferación de entidades "por la paz" no ven una sospechosa inclinación a socializar un ideario que desarma política e intelectualmente a los catalanes, estimados lectores, de nada servirá que quien escribe se lo explique. Pero si entienden que en situaciones de desigualdad —como en un conflicto político entre una nación con Estado y una nación sin Estado— pedir paz sin, antes, pedir justicia, es trabajar a favor del opresor, quizás todos juntos podremos llegar a averiguar hasta qué punto la cultura de la paz que se promueve desde la red clientelar pública es cultura de la pacificación del conflicto catalán. Son todos muy progresistas y muy demócratas, pero en realidad la paz que anhelan es la misma que la del franquismo después de ganar la Guerra Civil

En fin, queridísimos lectores; como se pueden imaginar, cobrando o sin cobrar, decliné la oferta de asistir al encuentro de networking y colocación llamado Projecte Àgora. Mi marido siempre dice que si tuviera menos principios y, de vez en cuando, cerrara esa boquita que me dio Nuestro Señor, tendríamos mucho más dinero. Setenta mil euros al año, incluso. Pero yo no sé de eso. Y, además, tengo un deber con quienes me leen. Con un poco de suerte, después de esta columna, el próximo año ya no tendré que pasar por el mal trago de recibir convites grotescos para asistir a jornadas estrambóticas. Qué paz.