Hoy te has despertado con la cabeza hinchada y la carne magullada, y con la lección impresa en el cuerpo de que la catalanidad tiene un precio. Tienes su odio grabado en la piel y las imágenes de lo que pasó un poco borrosas, pero la lucha no es contra el cuerpo, sino contra las ideas. Una parte de ti está dispuesta a aceptar que quizás sí, que te pasaste. Que es verdad que podrías no haber plantado cara, que tu actitud fue contraproducente, que habría sido más fácil bajar la mirada y someterte al trato vejatorio y humillante de la policía. Incluso una parte de tu entorno, con el afán traidor de rebobinar aquello que no puede ser rebobinado, con un tono cargado de buenas intenciones y encaminado a ahorrarte problemas de cara al futuro, te hace sentir que, de alguna manera, la policía nacional puso de su parte porque tú habías puesto la tuya.
El instinto de supervivencia te empujará a buscar las razones que expliquen por qué eres precisamente tú quien tiene los golpes de porra marcados en los muslos y las protuberancias en la frente y, quizás sin darte cuenta, tu conducta cambiará para evitar que te vuelva a pasar lo mismo. Correrás el peligro de asumir una culpa que no es tuya y de hacerte responsable de una agresión que de ninguna manera has provocado. Correrás, también, el peligro de vincular esta culpa a tu identidad y de acabar justificando la violencia que has sufrido. Si no consigues resistirte a los cantos de sirena, te convertirás en la metáfora corpórea de cómo una nación, pensando que aprende a sobrevivir, en realidad aprende que la alternativa más barata, como mínimo a corto plazo y a pesar de que esto hipoteque su existencia, es la de no defenderse. Y así, tal vez, tu cuerpo se convertirá en el testimonio vivo y palpable de que la represión política —que en el caso español siempre tiene un componente físico determinante— funciona.
Ojalá los años te lleven a seguir construyendo un pensamiento político emancipado del chantaje del nacionalismo español y de la propensión a la sumisión que ha impuesto a una parte de los catalanes. Ojalá duermas bien tranquilo
Pero tú devuelves los golpes hasta que ya no puedes devolverlos a pesar de la pasividad de los presentes, y eso me hace pensar que tienes el espíritu para resistir la inercia. Y que de las palizas encajadas sacarás alguna verdad renovada. La primera, que a pesar de las tesis del españolismo que trabajan para hacer de la catalanidad desacomplejada y descastellanizada un mal moral, la realidad es que la unidad de España se aguanta sobre la violencia. Y que esta violencia no es abstracta: el latido de tus contusiones la concreta. La segunda, que la tarea de una parte del españolismo, sobre todo desde la izquierda, es borrar cualquier indicio de la catalanofobia estructural que ampara que la policía te apalee por llevar una estelada. Y revertir los roles de poder que esto pone de manifiesto para que, en nombre de la lucha de clases, la catalanidad sea un objetivo más a batir. La tercera, que quienes dicen que no se debe mezclar política y deporte solo quieren que tú no mezcles política y deporte. La cuarta, que la clase política independentista y los socialistas no pactaron ninguna desescalada del conflicto: pactaron la desescalada de la clase política independentista y la desproblematización de las consecuencias que esto tendría para los catalanes pública y privadamente. Lo han llamado convivencia. Todos los políticos que se hacen llamar independentistas y hoy exigen explicaciones sobre tu paliza a Marlaska lo han puesto donde está.
Cuando España se ensaña violentamente contra los catalanes, las excusas que la política urde para desfigurar el conflicto caen por su propio peso. Si te resistes a los cantos de sirena, si eludes el afán de justificar su violencia por el reposo de encontrarle una explicación lógica, te ahorrarás los reproches personales autoinfligidos y los flagelos íntimos de la culpa, pero también esquivarás las consecuencias políticas que la represión ejercida busca tener sobre ti. Evitarás de una vez por todas —si es que te hace falta— la manera de ser y de hacer que durante generaciones, a base de interiorizar violencia, ha extendido la idea absurda de que la indefensión es nuestra mejor arma. Y podrás sacudirte de encima la tentación de pensar que podrías haber hecho algo diferente: las fuerzas policiales del Estado español son el brazo ejecutor de la política nacional del Estado y les basta con tu catalanidad para excusarse cualquier falta. Ojalá los años te lleven a seguir construyendo un pensamiento político emancipado del chantaje del nacionalismo español y de la propensión a la sumisión que ha impuesto a una parte de los catalanes. Ojalá duermas bien tranquilo.