"Divagant en l’oferta forana, no reconeixia la ciutat. A poc a poc el local s’omplia, de turistes i d’expats", canta Quim Carandell en Mori el brunch de los ínclitos Fetus. La canción de los bisbalenses, envuelta en acordes mayores y tonadas alegres de violín o acordeón, define a la perfección un estado de ánimo, un sentimiento de rabia contenida que crece lenta pero inexorablemente, a la vez que vemos cómo nuestra Barcelona se nos escurre de las manos.

Una ciudad con locales de brunch en cada esquina, pero donde los establecimientos de toda la vida sufren cada vez más dificultades —en demasiados casos, con trabas añadidas de la administración municipal. Donde es extremadamente fácil comer un ramen o una empanada argentina y, en cambio, una carrera de obstáculos degustar una escudella o un buen fricandó. Donde vivir plenamente en catalán requiere una ferviente militancia y donde crecen los casos de discriminación lingüística por actos de insubordinación tales como pedir un café con leche con la lengua propia del país. Donde es cada vez más difícil percibir que formamos parte de un entorno que reconocemos y sentimos como propio.

Deberíamos aspirar a no sentirnos como miembros de una reserva india sino como ciudadanos que reconocen como suyo el lugar donde viven

En paralelo a esta difuminación, sin embargo, existe también un caldo que hierve a fuego lento y que aumenta lentamente de temperatura. Es el de muchos barceloneses cada vez más cansados de la despersonalización de la ciudad. La razón es sencilla: cuando abre un nuevo local de brunch (o una franquicia de comida rápida o un establecimiento de souvenirs o de cafés a cinco euros, cojan el ejemplo que quieran) la vida comunitaria y de barrio se nos escapa, porque deja de existir un tendero que barre la acera, que nos llama por nuestro nombre, que nos pregunta por la familia y nos habla en nuestro idioma. Cuando este tendero —Joan, volviendo otra vez a la canción del inicio— es sustituido por una cadena que nos trata como a turistas en nuestra casa, es cuando perdemos Barcelona.

Hace pocas semanas, abrió un bar de barrio en la frontera entre Sants y Les Corts. Les confieso que, por dentro, lo celebré como una pequeña victoria. Deberíamos aspirar, sin embargo, a no sentirnos como miembros de una reserva india sino como ciudadanos que reconocen como suyo el lugar donde viven. Estamos a pocos meses de las elecciones municipales y, en mayor o menor medida, este será uno de los elementos que hará decidir el voto a muchos ciudadanos de la capital del país. Los partidos, pues, deberán explicar si su proyecto trabajará para recuperar Barcelona o para continuar perpetuando este laissez faire.

Vaya por delante mi posicionamiento: muera el brunch.