Mourinho vuelve.
Con solo escuchar su nombre me pongo cardíaco y de mala leche, y ya tengo una edad para no tener que aguantar de nuevo la estulticia de ciertos personajes.
Mourinho, el antiguo The One —ahora en horas bajas si no lo resucita el ser superior—, siempre me ha dado una pereza existencial difícil de explicar. Me ha provocado una especie de erupción cutánea parecida al herpes y su regreso a la liga española me parece una desgracia que no nos merecemos los que amamos el fútbol. Y son tantos los que piensan como yo —culés y no culés— que la Liga de Javier Tebas nos debería recompensar haciendo gratuitos los canales de pago por tener que soportar a este personaje de expresión agria y mirada arrogante —bien mirado, representante avantgarde del trumpismo. Mourinho —me cuesta pronunciar su nombre— representa una época futbolística en la que el Real Madrid demostró su verdadero talante, ese que va del espíritu de Juanito al roncerismo musculoso, pasando por la Sodoma y Gomorra económica del palco del Bernabéu y la prepotencia castiza típica de los castellanos.
Después de aquella esperpéntica rueda de prensa en la que Florentino Pérez repartió leña a diestro y siniestro y victimizó su despotismo poco ilustrado, todo el mundo tuvo claro que el mandatario haría una de las suyas, y así fue, volviéndonos a obsequiar con la contratación de un tipo que es su representante en la Tierra por considerarlo la esencia del madridismo señorial. Lo dijo el propio presidente madridista después de que el bueno de José le metiera el dedo en el ojo a Tito Vilanova en una de las broncas postpartido que solía provocar el portugués cuando perdía. "Tu dedo nos señala el camino", recuerdo que rezaba la pancarta colgada en el Santiago Bernabéu la semana después de unos hechos que escandalizaron al fútbol mundial. A esto se le llama señorío del bueno, señorío ayusista, señorío aznarista. No puedo ni imaginarme cómo sería este señorío durante el franquismo, cuando el Real Madrid tenía derecho de pernada peninsular, convertido en el símbolo de un imperio de TBO.
Que Mourinho ya no es lo que era, lo ha demostrado el tiempo y su odisea por equipos que ha ido abandonando a la deriva. Pasados los años, Mourinho ha perdido soberbia, pero sigue desprendiendo ese tufo de superioridad, ahora con ciertas dosis de naftalina. Porque mucho tendría que haber cambiado —ahora que está a dos pasos de conseguir la T-Metropolitana Tarjeta Rosa— para no volver a ensuciar la competición como lo hizo trece años atrás. Si entonces Florentino Pérez lo trajo para romper la hegemonía del equipo de Pep Guardiola, ahora lo ha contratado para deshacer la hegemonía de la formación de Hansi Flick. El objetivo es el mismo y los métodos —viendo cómo el presidente blanco se ha quitado la careta de hombre conciliador para mostrar su verdadera imagen de tiburón de las finanzas— serán peores que entonces, porque el narcisismo de la entidad madridista ha entrado en barrena y necesita ganar como sea. Como la gente que no sabe perder, ni ganar, como el hijo único que no acepta la llegada de un hermano rival. Como decía José María García, "el tiempo es el único juez insobornable, que da y quita razones", pero todo el mundo sabe —excepto los madridistas— que, a la desesperada, el Real Madrid es capaz de todo por unos méritos de conquista con los que ha merecido el honor de ser llamado, en círculos alérgicos a la entidad blanca, con el sobrenombre de Real Trampas.
Pasados los años, Mourinho ha perdido soberbia, pero sigue desprendiendo ese tufo de superioridad, ahora con ciertas dosis de naftalina
Mourinho vuelve.
Con solo escuchar su nombre me pongo cardíaco y de mala leche, y ya tengo una edad para no tener que aguantar de nuevo la estulticia de ciertos personajes.
Y, cómo no, contratado Mourinho para reconquistar el territorio para reivindicar el derecho de pernada deportiva, el Estado se ha puesto de cara y, como siempre, al servicio de los intereses del Real Madrid. A principios de este siglo, fue el Mío Cid Campeador de Tercera División Regional, José María Aznar, quien ordenó al director de Caja Madrid, Miguel Blesa, que ayudara al Real Madrid de Florentino a reflotar económicamente una entidad en quiebra. Lo denunció entonces José María García y se ganó la expulsión de Onda Cero, con la consiguiente desaparición del programa "Supergarcía". "Buenas noches y saludos cordiales".
Ahora es Martínez Almeida quien ha salido al rescate de la entidad blanca modificando el Plan General de Modificación Urbana a finales de julio de 2026, cambio que permite al Ayuntamiento de Madrid comprar por 500 millones de euros los terrenos que el Real Trampas tiene en Valdebebas para convertirlos en uno de los sueños húmedos tanto del alcalde como de Díaz Ayuso: hacer un campus tecnológico que han bautizado como Madrid Innovation District —en inglés todo suena más cosmopolita—, que busca quitar la hegemonía tecnológica a Barcelona. Y eso que el nivel de inglés de ambos no pasa del my father is a farmer, del my mother is rich y del a relaxing cup of café con leche en la plaza Mayor. ¿Lo lograrán? Seguro que sí. Pregunten sobre el tema al president Illa. Él se lo confirmará.
Bien mirado, el regreso de Mourinho es consecuente con los tiempos que vivimos, instalados como estamos en Catalunya en un 155 en la sombra. La putada es que el Barça va demasiado bien y eso no se puede permitir. ¿Lo que no nos mata nos hace más fuertes? Veremos. De momento, solo puedo decirle al bueno de Flick que se prepare, que vienen curvas.