La virtud que más admiro de la prosa de Adrià Pujol es el entusiasmo que transpira. Cuando Pujol no utiliza el catalán para hacerse el campesino, cuando presenta su entusiasmo sin barroquismos pirotécnicos, me despierta una ternura que me recuerda a los viejos tiempo, cuando yo mismo estaba dispuesto a pelearme con quién fuera para defender una frase o una buena idea.

Entonces siempre había alguien que me decía bondadosamente:

—Enric tienes que ser un poco humilde!

Lo pensaba leyendo El fill del corrector, uno de los libros que Pujol ha sacado este año. Pujol habla de su padre, que fue corrector de Josep Pla, y también de su entrada en los cenáculos literarios del país, que piden una mínima aclimatación al cinismo y a la hipocresía. Quizás porque el libro está pensado como un experimento, la prosa vibra con una gracia y una naturalidad que no la he visto en otros textos suyos aparentemente de cariz más ambicioso.

A Pujol le hace ilusión escribir y me parece que también nos convendría a todos que le hiciera ilusión tener problemas. Pujol es un escritor inteligente y culto, pero tiende a calcular como una carnicera o un boletaire de mercado el peso de las anécdotas que cuenta. Cuando coge temas de potencia conflictiva, me tiende a caer de las manos. Me hace pensar en aquello que Kraus decía de los vieneses de su tiempo, que se habían convertido en artistas de la digresión a base de evitar los temas espinosos.

Aunque parezca poco práctico, se debe escribir desde la herida. Se tiene que hurgar siempre en la herida porque la creación y el pensamiento no tendrían ningún sentido si el mundo fuera perfecto y harmonioso. Aunque suene exagerado, las obras que duran, los libros que hacen servicio al mundo, salen de una guerra personal para sobrevivir. Yo mismo empecé a escribir para proteger el imaginario nacional de mi familia, que era lo que me había enseñado a amar el mundo.

A veces me da la impresión que el problema es que he ganado mi guerra porque ya no tengo la sensación de escribir nada que no pueda defender en mi vida. El otro día un lector me felicitó por la biografía de Companys, que ya tiene más de 12 de años, y me pregunté asustado: ¿quieres decir que ahora mismo habría alguna cosa que te motivaría a escribir en aquellas condiciones? La pregunta serviría para cualquiera de los otros libros.

El drama es que ahora escribo igual que podría fabricar salchichas, con una calma vacía —artesana, si soy generoso. Para hacer la competencia a Pujol, tendría que buscarme problemas nuevos que me motivaran y seguramente que no tuvieran mucha relación con el país. No sé si en los barcos que he hundido tratando de escribir sin eufemismos todavía puedo encontrar un poco de oro.

Para escribir hay que saber sentirse solo y vulnerable. Hay que dejar que el mal te asedie lo bastante intimamente como para arriesgarte a intentar fabricar un gesto que tenga la ridícula ambición de querer curar el mundo a través tuyo. Da placer caer cuando intuyes que en el fondo no te vas a hacer daño. Dicen que los artistas, como los poetas, tienen un corazón entrenado para eso.

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