Si Vox es, entre otras cosas, dialécticamente inescindible del independentismo que ha crecido en España en estas elecciones, y de la desorientación de izquierda y derecha moderadas para gestionar la crisis económica abatida sobre las clases medias, Teruel Existe es el síntoma de la incapacidad del estado de las autonomías para atender a la complejidad territorial del país.

Si el modelo autonómico, único en Europa, quiso permanecer abierto para adaptarlo a cada tiempo nuevo, la deslealtad de sus actores (el central y el periférico) ha generado una hedionda competencia entre territorios para conseguir (en unos) o zafarse (en otros) del corsé que significa el “café para todos”. El jacobino Alfonso Guerra, que dijo que a España no la conocería ni la madre que la parió tras la victoria socialista de 1982, atendió el AVE andaluz, pero olvidó construir una red ferroviaria que vertebrase el conjunto en todos sus rincones, como ha hecho, por ejemplo, Francia, a pesar de su contumaz centralismo. Y así hoy hay territorios cuya conexión es tan imposible que debería hacer sonrojar a quienes, con razón, reclaman corredores que faciliten el tráfico comercial competitivo que requiere el siglo XXI.

Teruel Existe es el síntoma de la incapacidad del estado de las autonomías para atender a la complejidad territorial del país

“Teruel existe” es una frase que puede acabar teniendo tantos sujetos como provincias españolas se encuentran abandonadas a su suerte. Podría decirse que esa situación es responsabilidad de sus respectivas comunidades autónomas, pero habría que añadir que el autogobierno regional no lo puede todo y que en su interior también opera, aunque sea a pequeña escala, el centralismo (lo saben bien en Catalunya las provincias que aún no son, y quizás no lo sean nunca, de la enjundia de la metrópoli barcelonesa). Algunas operaciones, como la vertebración territorial de las infraestructuras, sean éstas de comunicación o energéticas, requieren tal altura de miras, que desde muy arriba deben ser observadas y concebidas para que perduren más allá de los concretos y contingentes gobernantes. Y no vale decir que las infraestructuras se ponen donde se necesitan, porque también las realidades nacen y crecen si las infraestructuras existen. Eso u optar por abandonar toda batalla por cohesión territorial, generar dos o tres metrópolis capaces de competir en el tapete geopolítico internacional y rodearlas de unos extensos parques temáticos de agradable paisaje y reconfortante gastronomía.

Teruel Existe alerta, entre otras, de una injusticia práctica apoyada en una idea errónea de la libertad: aquellas comunidades autónomas que con el aliento propicio de otras, el victimismo de algunas y  la endemia histórica de las demás han sido capaces de crear entornos semejantes a los de un paraíso fiscal (el caso de Madrid, por ponerle nombre) pretenden seguir hablando de solidaridad mientras construyen futuros desiguales. En la lucha de las grandes urbes por liderar el futuro no es menor la que libran Madrid y Barcelona, y en la que los últimos acontecimientos que hemos vivido en Cataluña son sin duda alentadores para la capital de España y su victoria en la partida.

Ni una ni otra deberían ser ajenas al resto, a ese entorno depauperado al que parecen concebir como su espacio de recreo. Pero en todo caso debe recordar Barcelona que ningún error deja de pagarse, y que su gobierno y el de Cataluña parecen indolentes ante los efectos de futuro de lo que dicen ser (sólo) legítimas expresiones de libertad.

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