En las múltiples recetas, análisis y tertulias que se han hecho por aquello tan sobado de cómo frenar a la extrema derecha hay un elemento que va en contra, precisamente, de este objetivo. Se ha instalado una especie de relato según el cual para frenar a la extrema derecha se debe ser necesariamente de izquierdas. Como si el resto de opciones que no son de izquierdas no pudieran ser antifascistas. Es decir, se considera que el espacio —enorme— que hay entre estas izquierdas y las posiciones de extrema derecha no es ni lo suficientemente puro ni lo suficientemente útil para derrotar al fascismo.
Muy al contrario de su propósito, este tener que elegir entre la extrema derecha o la izquierda (y la extrema izquierda) es lo que —precisamente— está provocando el efecto contrario. Y todo, por diversos motivos: porque a muchas personas, si las haces elegir entre el blanco y el negro, se corre el riesgo de que elijan el negro. En segundo lugar, si para mantener la pureza del blanco se pone el gris en el mismo saco que el negro, en el fondo se está haciendo más grande el negro; y sobre todo, porque sin posibilidad de matices, hay mucha gente que se abstiene, literalmente. Y ya se sabe que, cuando hay abstención, ganan protagonismo las opciones que —a pesar de ser minoritarias— tienen más peso por incomparecencia del resto.
Mientras se asocie la lucha contra la extrema derecha a tener que ser necesariamente de izquierdas, esta lucha será coja
Este monopolio del antifascismo en manos de las izquierdas, como si fueran los únicos que pueden frenar a la extrema derecha, es —además de reduccionista— un riesgo político. Ciertamente, desde el punto de vista electoral para estos partidos de izquierdas es una posición muy atractiva: el hecho de autoasignarse esta misión histórica lleva asociada una fuerte movilización. Pero, a efectos prácticos, más allá de ir a votar muy enfadados y entusiastas, el voto sigue valiendo lo mismo. Parece paradójico que los que antes clamaban por ensanchar la base ahora restrinjan la lucha contra la extrema derecha a solo unas determinadas siglas: el resto no son lo suficientemente antifascistas. Y esto debilita, y mucho, la mayoría democrática, tenga la ideología que tenga.
Y lo mismo se podría decir de otras luchas, también llamadas compartidas, como el feminismo, el LGTBIQ+ o el ecologismo. No hay una manera concreta de ser feminista: o se es o no se es, pero no hay un patrón de vestimenta, peinado, consigna o pancarta que defina qué es feminismo. Se puede ser un firme defensor del Orgullo sin tener que pasar por ninguna asamblea y, para combatir el cambio climático y clamar por soluciones contra esta emergencia, no se debería exigir ningún carné concreto. Mientras se asocie antifascismo a —solo— ser de un determinado segmento de izquierdas, la lucha contra la extrema derecha será coja y, por lo tanto, estéril. En cambio, el día en que antifascismo equivalga, simplemente, a que todo el mundo lo es a menos que seas fascista, entonces su derrota estará más que garantizada por el simple hecho de que se demostrará, una vez más, que en el fondo siempre han sido una minoría: fascista, sí, pero minoría. Y quizás entonces, y solo quizás, entre todos se podrá decir que, seguramente, no pasarán.