En estos últimos meses ha surgido desde las entrañas de las propias empresas de IA la alarma sobre los supuestos riesgos de una IA desbocada que podría llevarnos al apocalipsis. Nada más lejos de la realidad. El hombre no necesita la IA para autodestruirse; tenemos muchos medios al alcance que lo hacen posible. Los miles de buenas series distópicas que han ido acumulando miles de horas de metraje dan buena fe de ello. El primer razonamiento de por qué la IA no es peligrosa per se os lo da la propia IA. No me hagáis volcar lo que dice la IA sobre la IA. Id a Google y hacedle tres preguntas (como en los juegos de rol): "¿Qué es la IA?", "¿debemos tener miedo de la IA?" y "¿seguro que en un futuro no me puede destruir?". Hacedlo y veréis que os da un razonamiento imbatible.

Superada vuestra sorpresa y vuestra natural inclinación a tener miedo de lo que nos dice una máquina, trasladaos a principios del siglo XX e intentad imaginar la N-II que pasa delante de El Masnou. Ahora circulan con normalidad a todas horas cuatro hileras de vehículos —dos en cada sentido— a escasos centímetros los unos de los otros, a una velocidad de unos 60 kilómetros por hora. Los pobres pescadores de 1900, acostumbrados a ver pasar caballos, carretas y coches de caballos, quedarían asombrados. Seguro que se quedaron sin aliento cuando apareció el primer vehículo rodando con motor de compresión, haciendo ruido y yendo también a sesenta kilómetros por hora. Tenían miedo a los coches, a los atropellos, a cómo se las arreglaban para avanzar tan rápido sin animales. La negativa, seguro, de muchos de los hombres de antes a subirse a un vehículo del demonio era ancestral. Seguro que nuestros bisabuelos tenían el mismo miedo irracional a los coches que muchos de vosotros tenéis a la IA. Debían de decir: "Hemos perdido el control de nuestras vidas", "¿de qué sirve ir tan deprisa?", "nos quedaremos sin caballos y sin carreteros". Me imagino estas y muchas otras conversaciones catastrofistas. Seguramente aún encontraríamos algún artículo en diarios locales poniendo el grito en el cielo. De hecho, por El Masnou pasaba desde 1848 el primer tren de vapor de la península ibérica, que realizaba el trayecto de los 28 km entre Mataró y Barcelona en media hora. Pero un tren va por una vía. Lo movía una máquina de vapor inventada a inicios del siglo XVIII que convertía la energía en trabajo y que promovió la revolución industrial primero y la revolución del transporte después. Dos siglos separan, pues, aquellas primeras y rudimentarias máquinas de vapor de los primeros coches. Pero menos de cincuenta años separan el primer ordenador digital, el ENIAC, de internet. Y menos de veinticinco separan internet de la IA. ¡Todo se acelera!

Debemos pasar del miedo irracional a la IA a promover su uso documentado

Si volvemos a los miedos de nuestros bisabuelos al ver pasar coches por el antiguo camino real, veremos que posteriores regulaciones seguramente les reconfortaron. Con el tiempo, las vías de circulación quedarían aseguradas; las carreteras, asfaltadas; las normas de circulación regularían el tráfico, y el código penal castigaría severamente a los conductores imprudentes, convirtiendo en delito las infracciones más graves. Es verdad que en las carreteras de Catalunya mueren todos los años cerca de 150 personas. En cierto modo, pues, con la llegada del coche sí que había que ser muy prudente y tener cierto miedo. No sé si la IA en Catalunya, dentro de veinte años, matará a tanta gente.

Es normal, pues, que ante la llegada de esta nueva herramienta de transporte mental, que cambia la relación entre el hombre y el conocimiento, haya que plantearse muchos aspectos reguladores, y en cierto modo no es injustificado que podamos tener miedo de la IA. Habrá que aprender a conducir nuestro conocimiento con este nuevo vehículo que nos permite circular a velocidades insospechadas por el mundo del conocimiento. Tendremos acceso a muchos más datos de manera ordenada; podremos anticipar muchas respuestas que ahora, sencillamente, no podemos procesar. Podremos plantear escenarios virtuales y proyectos mentalmente inalcanzables antes. Tendremos que aprender a dialogar con ella y formará parte de nuestro aprendizaje, como ahora forma parte el leer, el contar y el escribir. Necesitaremos carné de conducir la IA, como necesitamos el de conducir vehículos. Porque las regulaciones marcarán los caminos transitables y los que no llevan a ninguna parte. Nadie nos garantizará que la IA no nos lleve por caminos equivocados si no estamos atentos a las reglas de conducción de la IA. Si la IA no tiene el conocimiento a disposición, o lo tiene equivocado, generará contenidos erróneos, como cuando cogemos carreteras sin hacer caso de las señales de velocidad o conduciendo en dirección contraria. Debemos pasar, pues, del miedo irracional a la IA a promover su uso documentado. Es una especie de coche que conduciremos por la inalcanzable ruta del conocimiento humano. De nosotros y solo de nosotros dependerá que su uso sea un progreso y no un riesgo para la humanidad.