El pasado viernes en el Parlament, durante la Comissió de Control de l’Actuació de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals, el diputado juntaire Isidre Padrós disparó una pregunta destinada al director de Catalunya Ràdio, Jordi Borda, que se había registrado previamente como una cuestión sobre “los comentarios de los colaboradores (de la emisora, se entiende)”. Esta redacción protocolaria era una forma más bien torpe de disimular que Padrós quería cuestionar la existencia misma de mi píldora diaria en El matí de Catalunya Ràdio, más en concreto a raíz de una de muy reciente en la que servidor defendió la legitimidad del programa a la hora de entrevistar al antiguo capataz del fútbol español, Luis Rubiales, criticando el informe que el Consell Audiovisual de Catalunya había publicitado a raíz de la entrevista como un ejemplo de práctica inquisidora propia de un ente inútil y sobredimensionado.
Padrós consideró que yo no me había limitado a discrepar del dictamen, sino que “descalificó al CAC con argumentos propios de la extrema derecha, comentario que pone en cuestión su legitimidad por el hecho de que sus miembros cobren sueldos públicos, como si la retribución invalidara una función institucional de control democrático (lo hace también desde la radio pública nacional, cobrando también por hacer opinión, sin ninguna reflexión sobre la contradicción evidente que esto comporta)”. El juntaire continuó enmendando mi persona escudándose en lo que definió como “su manera de hacer opinión”, recordando también todo el asunto de nuestra Pantoja, a la que ya le hemos regalado suficiente tiempo, pobrecita mía. Sé que la mayoría de ciudadanos (con muy buen entendimiento) no se ocupan de las comisiones parlamentarias y que todo esto les puede parecer un incidente banal; pero diría que la anécdota se tiene que elevar a la categoría.
En primer término, en lo que respecta al origen de mi comentario, aún defiendo y siempre opinaré que una radio pública tiene que poder entrevistar a una persona como Luis Rubiales. A mí, todo lo que pueda decir este ser tan funesto me la suda bastante; pero la libertad de expresión se ha de ejercer cuando lo que se dice es justamente aquello que consideras más reprobable. Y sí, afirmo que el CAC obraría con mucho más entendimiento si dejara que los periodistas del país trabajaran con total libertad para entrevistar a quien les salga del magín y como les salga de los cataplines del alma. En lo que respecta a la retribución, si hubieran escuchado bien mi comentario —que no dura ni un minutito—, habrían entendido que yo nunca he criticado a un responsable público por hacer mucha pasta (al contrario, ¡siempre he dicho que deberían ensanchar la caja!), sino que enmendé los sueldos de los enchufados en el CAC en relación con su escasa productividad.
Dicho de forma más explícita, a mí podría parecerme bien que el presidente del CAC cobrara un total de 125.001,05 euros anuales y que su vicepresidenta ganara 121.792,88. Pero resulta que el presidente del CAC es Xevi Xirgo, el hombre que tuvo la tarea de dirigir la fusión de los periódicos El Punt y Avui, con la gracia de transformar dos buenas cabeceras en dos papeles que ahora no lee ni Dios, sin ningún tipo de influencia y ni un solo articulista relevante (tuvo la pericia, eso sí, de hacer de escribiente del president Puigdemont, porque al 130 le daba una pereza oceánica escribir sus propios dietarios). Y también resulta que la vicepresidenta del CAC es Laura Pinyol, una señora con el único mérito periodístico de haber sido jefa de prensa de Josep-Lluís Carod-Rovira y de quien, a pesar de haber colaborado con la mayoría de medios catalanes, no recordaréis por un solo artículo, idea o incluso frase de mínimo peso.
Porque esto, queridos amigos, no es un órgano regulador (¡necesario!) de nuestros medios de comunicación, sino pura y simple corrupción
Si pensamos en el perfil de esta gente tan ilustre, como entenderéis perfectamente, resulta directamente pornográfico que haya un ente presidido por la morralla de la profesión que tenga la poca decencia de recomendar a los demás cómo deben currar en el día a día. Pero el surrealismo deriva en cosas más graves si miramos la propia página web del Consell, donde uno puede comprobar que las retribuciones antes citadas se regalan a un organismo que —el pasado diciembre, por poner el ejemplo más reciente— se dedicó a redactar un total de cinco acuerdos y seis comunicados de prensa. Porque esto, queridos amigos, no es un órgano regulador (¡necesario!) de nuestros medios de comunicación, sino pura y simple corrupción. Y si alguien, como el diputado Padrós, cree que opinar así es propio de la extrema derecha, es que, aparte de vago, es la mar de corto.
Pues sí, queridos lectores, esta es mi manera de hacer opinión (la cobro en dinero bastante escaso, faltaría más, pero no me dedico a robar a mis conciudadanos), a partir de la cual habría que añadir que sufrir diputados que se presentan a una comisión con espíritu estalinista, intentando hacer de censores y no de auditores, y todo ello sin haber hecho el mínimo esfuerzo de contrastar aquello de lo que se habla, resulta propio de una tribu del Tercer Mundo. Y aún diré, queridos Pedrós y juntaires, que, si a estas alturas no habéis entendido por qué vuestra desidia y enchufismo está engordando a la extrema derecha..., es que deberíais volver urgentemente al colegio y empezar de cero. Y para terminar, os guste o no, mi manera de hacer opinión os la tendréis que tragar hasta que me quede un solo puto átomo de vida.