Más que la de un capitán atado al timón cuando ruge la galerna, Artur Mas (¿el president Mas?) tiene la mirada, y el semblante (las cicatrices invisibles; como decía una escritora, la ausencia es la presencia concentrada) de un león herido. Profundamente herido. Pero, como él mismo confiesa, y precisamente porque nada ha sido nunca gratis, está vivo. Precisamente.

El expresident de la Generalitat recibe al equipo de El Nacional en su nuevo despacho (¿acaso hay que llamarlo el president verdadero?; ¿o mejor, emérito, como al papa Ratzinger o al rey Juan Carlos I?). Su oficina institucional está situada en el palau Robert, muy cerca del cruce entre el passeig de Gràcia y la Diagonal. Son las cinco de la tarde de este martes y la gente, la vida, entra y sale de los jardines abiertos a ras de calle. Mas, en su nueva cotidianeidad, se cruzará a partir de ahora con mucha gente.

Es, se dice, una de las mejores esquinas de Barcelona. Desde las amplias ventanas, Mas contempla la aún sede nacional de Convergència en la calle Còrsega, en proceso de mudanza. Como todo en CDC. Mas lo deja claro en una larga conversación en la que se muestra amable pero contundente sobre lo que debería venir para su partido y el espacio político que representa: “Hay que replantearlo todo. Y cuando digo todo, es todo”. Mas no tiene vocación de tanatoesteta. No quiere maquillar al muerto. Mas bien quiere compartir nuevas vidas, nuevos futuros por hacer. Le ilusiona  haber sido avi –su hija Patrícia ha sido madre de Gal·la i Helena-. Pero le sigue la sombra de un DiCaprio renacido.

Mas no tiene vocación de tanatoesteta. No quiere maquillar al muerto. Quiere compartir nuevas vidas. Le ilusiona haber sido avi. Pero le sigue la sombra de un DiCaprio renacido

Durante un tiempo, la línea passeig de Gràcia-Diagonal albergó los despachos institucionales de tres expresidents: de Jordi Pujol, de Pasqual Maragall, y de José Montilla. (Me pregunto si Ada Colau tendrá la suya algun día, ni que sea como primera exalcaldesa de Barcelona, en el Carmel o el Raval). Pujol, padre político de Mas y fundador de casi todo, dejó de ser protocolariamente “molt honorable” en julio del 2014, tras la confesión de la “deixa” oculta en Andorra. El “llegat” del avi Florenci lo dejó institucionalmente en la calle y en una intemperie existencial de la que aún no ha salido. Mas firmó el decreto mediante el cuál se le retiraban todas las prerrogativas que mantienen sus tres sucesores, incluído él. Maragall, a raíz de su enfermedad, trasladó su oficina institucional en el 2013 de la Diagonal al carrer Brusi. Montilla la mantiene en la gran avenida noble de Barcelona, no demasiado lejos del despacho que ocupa Mas desde este lunes. El líder convergente ha optado por ahorrarle al Govern el alquiler de una  nueva sede y ha ubicado su equipo en el palau Robert.

Mas ha pasado todo el fin de semana ordenando el despacho y las dependencias anejas, donde sus colaboradores trabajan ya a todo ritmo. Tiene ya alguna petición para conferenciar sobre el procés en el extranjero (¿Puede, Soraya? ¿O váis a retirarle el pasaporte?) y se ha puesto a disposición del president Carles Puigdemont para lo que se tercie. Mas es un hombre de orden: también en el cuidado del más mínimo detalle de su universo más próximo. Cada cosa en su sitio y un tiempo para cada cosa. Dios escribe recto con líneas torcidas pero la Razón –el mito moderno que pretende fundar y explicar un nuevo Todo– choca una y otra vez contra las regularidades, las exactitudes, lo previsible, lo diseñado al milímetro. Mas, hombre de hacer cartesiano y de sentir kantiano –el deber como imperativo con uno mismo y los demás- ha chocado una y otra vez contra sí mismo en un tiempo marcado por lo inesperado, la irregularidad, lo líquido, lo inasible, lo que se escapa una y otra vez de las manos. Y claro, lo imposible. ¿Qué he hecho mal?, parece preguntarse una y otra vez en una voz que sólo él oye.

Mas, hombre de hacer cartesiano y de sentir kantiano ha chocado una y otra vez contra sí mismo en un tiempo marcado por lo que se escapa una y otra vez de las manos. ¿Qué he hecho mal?, parece preguntarse en una voz que sólo él oye

En noviembre de 2000 a Mas lo entrevistamos para el diario AVUI la periodista Marta Lasalas y yo mismo, como ahora para El Nacional. Si no me traiciona la memoria era un sábado por la tarde y Artur Mas i Gavarró nos recibió relajado, en mangas de camisa y con la corbata aflojada en el comedor del piso familiar de la calle Tuset de Barcelona donde sigue residiendo con su esposa, Helena Rakosnik.  Sí, en la zona alta de Barcelona. Si a Jordi Pujol nunca le perdonaron que no fuera de la zona alta de Barcelona, a Mas tampoco le han perdonado todo lo contrario. Ahí, en aquella conversación intuímos que, parafraseando el título del libro de Pilar Rahola de muchos años después, detrás de la máscara había alguien más que "un tal Mas". Algo más que un mero precipitado del laboratorio pujoliano de ahora estás y mañana muy bien gracias en el que tantos delfines y aspirantes fueron sacrificados.

El que se convertiría en 2010 tras una durísima travesía en 129 president de la Generalitat, acababa entonces de ser designado nuevo secretario general de CDC. El inicio de la sucesión, entre las dudas sempiternas de un Jordi Pujol que nunca acabó de irse, era en realidad un mientras tanto. Mas era el elegido para guardar la casa mientras no llegase la hora de Oriol, el hijo pequeño, el verdadero hereu, y, sin embargo, amigo. Por eso Duran nunca entendió que no hubiese sido él el marmessor, el albacea. También Jordi Pujol tardó mucho tiempo en admitir que se había equivocado con Mas: “Por algo fui yo quien lo elegí”, comentaba el expresident por aquellos mismos días en que su sucesor rompió todos los guiones y se puso al frente de un país en marcha. Aquellos días en que Catalunya se puso en pie y dijo basta. Los días de la mirada limpia y el gesto firme de Muriel Casals, “la mejor de todos nosotros”.

También Jordi Pujol tardó mucho tiempo en admitir que se había equivocado con Mas: “Por algo fui yo quien lo elegí”, comentaba el expresident por aquellos mismos días en que su sucesor rompió todos los guiones y se puso al frente de un país en marcha

A diferencia de Pujol, exiliado de sí mismo, y por mucho que la CUP lo mandase a la “papelera de la historia”, Mas está ahí. Es su gobierno el que gobierna y es su presidente, Carles Puigdemont, quien preside. Las robespierres de la CUP, quizás temorosas de haberse vendido el alma por la cabeza de Mas, han caído ya en la cuenta: hay inquietud entre los anticapitalistas duros ante la perspectiva de votar los que difícilmente pueden leer como otra cosa que los presupuestos de Mas. Efectivamente, la cuestión no era “Mas sí / Mas no”. Aunque el desenlace permita interpretar todo lo contrario, sólo Mas podía decidir sobre él mismo.

La herida es profunda, pero Mas sigue vivo. Marcando los tiempos que deben venir. Trazando nuevas cartas de navegación. Oteando el horizonte. El expresident está en un nuevo inicio. Mas no quiere refundar lo que se vino abajo el día de Santiago de 2014 con la confesión de Pujol. Mas quiere empezar de cero. Mas no descarta nada porque, paradójicamente, el gesto de la CUP, y el “pas al costat” de algunos otros, de los que dimitieron del candidato Mas, lo ha hecho más libre. No fue él quien rompió el compromiso: 18 meses al frente de la presidència para pilotar la llamada transición nacional, y tiempo nuevo, fuera ya de la política, con los suyos. Echarse al lado no significa quedarse quieto, ni dar un paso adelante ni mucho menos atrás.  Significa estar. Estar vivo. Y estar vivo (NietzscheHeideggerSartre) es mantener las puertas y las ventanas abiertas de par en par. Cuidado.

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