La aportación principal de la huelga de hombres políticamente correcta ―esa en que cogemos a los hombres y los encerramos en casa, sin internet, rodeados de electrodomésticos, de críos, personas mayores, mascotas, personas con una discapacidad; pero sin el caos y la destrucción que supone la purga, es decir, sin agredirlos, acosarlos, torturarlos y matarlos; sin la parte divertida, vaya― es que nos liberaría a las mujeres, y al mundo entero, de soportar tonterías en cantidades industriales.

El día en que los hombres no puedan decir ni pío será un día en que el número de partículas finas de estupidez en suspensión en el aire se reducirá drásticamente. No porque los hombres sean la mitad de la población, sino porque son la mitad de la población a quien permitimos decir absurdidades sin ningún tipo de consecuencia. Será un día feliz en que las mujeres, literalmente, flotaremos por la calle. No descarto que alcancemos el Nirvana y pasemos a ser seres de luz, a causa de la utilización productiva de la cantidad de energía que perdemos reprimiendo las ganas de ahogar a los hombres con una almohada.

Una de las cosas que más admiro de algunos compañeros hombres de profesión es la habilidad de presentar cualquier bolo alimenticio regurgitado que han embadurnado en un documento Word como si fuera un apócrifo de Shakespeare. Se tendrían que hacer odas de la tranquilidad con que los hombres abocan opiniones flatulentas a cualquier conversación cotidiana, twitteriana, radiofónica y televisiva y se quedan tan anchos como largos. Yo hago lo que hacen ellos y, de la vergüenza, me exilio al Ripollès a hacer quesos de cabra el resto de mi vida. A veces sueño que, cuando alguien no me hace caso en una tertulia, me interrumpe o me explica lo que he dicho, me saco una verga enorme ―de glande rojizo, huevos peludos y venas en relieve― y la martilleo enérgicamente sobre la mesa, como si fuera un juez que llama al orden en una sala que es una olla de grillos.

Un día sin hombres es un día en que no tenemos que fingir que sus conflictos emocionales de críos de parvulario son asuntos tan serios como universales y que los hombres que son todavía más inadaptados sociales son genios. Podremos hablar de cuestiones serias sin perder tiempo asegurándonos que no herimos sus sentimientos y no votan a la extrema derecha para vengarse. No tendremos que aguantar, pues, las consecuencias de sus egos frágiles. Un estudio hecho en varias ciudades del mundo explica que los hombres acosan a las mujeres, sobre todo en grupo, para afirmar que son hombres ante el resto de hombres. Cuando me quejo del hecho de que un hombre ilustre hace comentarios despectivos hacia las mujeres en privado, siempre aparece una multitud de hombres que dice que yo seguro que hago lo mismo con los hombres. Pues mira, Josep Antoni, no, no lo hago, porque yo no necesito despreciar a nadie, vejarlo, degradarlo o someter a todos los seres vivos a un régimen de terror político y económico dominado por mí, para sentir que mi infinitesimal existencia en el cosmos tiene sentido. Eso lo hacéis los hombres porque sois un grupo de eunucos emocionales incapaces de conectar con otros seres vivos de una manera que no sea dominándolos.

Comportaos de una vez como individuos dignos de vivir en una colectividad

A diferencia de Valerie Solanas ―pionera en el noble arte de las purgas de hombres― yo no creo que los hombres sean infrahumanos por biología. Si lo son, es por cultura. Es por eso que, mientras estén encerrados en casa, los reeducaremos. No sólo aprenderán el valor del cuidado, y que puedes vivir tranquilo y realizado sin agredir a personas, sino que también les haremos leer cosas que hemos escrito las mujeres. Les abriremos los ojos con pinzas como al protagonista de La naranja mecánica, o al pollo de Robot Chicken, y venga pasar tela. El objetivo es que, una vez los reintroduzcamos en la sociedad, por fin podremos abordar los debates trascendentales sin hacer ver que, hasta que no ha venido un hombre a explicárnoslos, no había soluciones. Sí, señores marxistas, el dilema que planteáis entre identidades y capitalismo hace cuarenta años que está estudiado; pasa que lo han estudiado mujeres, cis-heterosexuales, trans y lesbianas, a menudo no blancas, y os ha importado cuatro pitos. Sí, señores de izquierdas o liberales, las recetas que buscáis sobre cómo luchar contra la extrema derecha hace tiempo que están esbozadas; pasa que las han esbozado mujeres, cis-heterosexuales, trans y lesbianas, a menudo no blancas, y os ha importado cuatro flautas. Sí, señores independentistas, hace tiempo que se habla de la catalanofobia de la lucha feminista a nivel español; pasa que han hablado mujeres, cis-heterosexuales, trans y lesbianas, a menudo no blancas, y os ha importado un carajo. Mientras la gente trabajaba, os masturbabais delante del ordenador viendo la retransmisión en directo del duelo entre el filósofo Slavoj Žižek y el psicólogo Jordan Peterson. La batalla del siglo XXI. Las dos mentes más brillantes del planeta, cara a cara. Falo a falo. Y un pepino como una casa.

Las huelgas se hacen, entre otras razones, para demostrar que el colectivo que hace huelga es relevante para la sociedad. La huelga de hombres busca el efecto contrario: ellos, si son importantes, es por una cuestión de número. Nada más. De hecho, el mundo seguramente iría mucho mejor sin los hombres. Todo el mundo viviría más tranquila. Muchos machotes justifican la pervivencia del sexismo amparándolo en razones biológicas. Bien, pues aquí tenéis una, la definitiva: los machos, la base sexual sobre la cual habéis esculpido a los hombres, tan sólo tienen que plantar una semilla en el tiesto de la hembra. Entonces ya se pueden morir. El trabajo importante lo hacemos nosotros. Vuestra existencia, en el momento en que se alarga un minuto después de vuestra eyaculación, es un error del sistema, un hackeo del ciclo de la vida y el equilibrio natural. Así que no nos toquéis el higo o el pito no falo. Comportaos de una vez como individuos dignos de vivir en una colectividad.

La masculinidad es el invento más ridículo, y a la vez más mortífero, que ha creado nunca la humanidad. Si nuestra especie se va al garete, arrastrando con ella los ecosistemas planetarios, es por culpa vuestra.

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Marta Roqueta
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