El independentismo ha sido más fuerte, y más atractivo como proyecto político, cuando ha demostrado no sólo que tenía un modelo de sociedad, sino que estaba dispuesto a defenderlo y, sobre todo, a implantarlo. Es decir, cuando asumía ser y actuar sin esperar el permiso del amo y rechazando los marcos impuestos por el españolismo para definirse a sí mismo. Cuando ejercía la soberanía.

Aunque una de las contrapartidas de la acampada de jóvenes en Universitat fue amansar a la juventud que se dejaba la piel en las batallas de Urquinaona, confío en que las prácticas y discursos tejidos esos días serán un germen en acciones futuras. Por su parte, los actos de los CDR y el Tsunami son acciones de empoderamiento ciudadano, que van en la línea de lo que ya apuntaba hace unos meses: sirven para medir la capacidad del independentismo para controlar el territorio; descolonizan la mente tanto de los participantes como de quienes les apoyan, al verse como sujetos capaces de desestabilizar, ni que sea un poco, el normal funcionamiento del día a día, y ayudan a demostrar la cara más autoritaria del estado español. Un estado que, como todas las democracias del mundo, hará excepciones a sus normas para sobrevivir.

Eso último es relevante porque, tal como indica Sergi Castanyé, una de las fórmulas que más funciona a la hora de ampliar la base es que las personas no independentistas cada vez se identifiquen menos con las prácticas del estado español. Es decir, más allá de formular un proyecto de país, que implica una visión nacionalista catalana, lo que hace falta para sumar a ciertos sectores de la sociedad catalana es rebajar su nacionalismo español.

Precisamente, con el preacuerdo de gobierno entre PSOE y Podemos hemos visto los límites de la estrategia de las luchas compartidas para ampliar la base. Cuando se constató la crecida en diputados de Vox, muchos españoles sintieron amenazados, con razón, sus derechos. Para ellos, la solución era un gobierno supuestamente progresista, que garantizara la preservación de los consensos de mínimos en materia de igualdad, antirracismo y derechos LGTBI, aunque la política del PSOE pase por multar barcos que rescatan a refugiados en el Mediterráneo, mantener los CIE, enviar más efectivos de las fuerzas de ocupación a Catalunya y tener la capacidad de censurar páginas web. El progresismo español, en definitiva, ha preferido un dolor de barriga al tifus. Olvidando que, para Catalunya, el PSOE es tan represor como lo es Vox.

De cara a negociar la investidura, el independentismo tiene que tener en cuenta la condición de Catalunya como objeto, y no como sujeto, en los proyectos tanto de la izquierda como de la derecha española

Viendo el punto sobre Catalunya del preacuerdo firmado por Podemos y PSOE, y las reacciones entusiastas que el pacto ha generado en el progresismo activista, intelectual y mediático del país vecino, podemos concluir que la propuesta por defecto que ofrecen las izquierdas españolas ―feministas, antirracistas, obreras, LGTBI― a Catalunya es que el "a por todas" vuelva a ser un "a por ellos". Igual que pasaba con las mujeres durante los regímenes coloniales, Catalunya, una nación subalterna, no es nada más que un bien negociable ―y por lo tanto prescindible― en las conversaciones de los que tienen el poder.

De cara a negociar la investidura, el independentismo tiene que tener en cuenta la condición de Catalunya como objeto, y no como sujeto, en los proyectos tanto de la izquierda como de la derecha española. Sabiendo que el diseño de las instituciones favorecen el dominio del españolismo ante los nacionalismos subalternos (siempre queda la gran coalición), el independentismo tiene que actuar entendiendo que puede hacer que las decisiones que tome el PSOE tengan un precio muy alto. Hasta el punto que, como apunta Jorge Cagiao, entienda que le sale más a cuenta negociar de verdad, en igualdad de condiciones, que seguir mercadeando con los derechos de la población catalana. En el fondo, si el PSOE confía en que el independentismo claudicará es porque sabe que el Estado tiene un ejército que puede pasar tranquilamente por encima de un CDR en cuestión de segundos.

Eso lo ha facilitado el discurso independentista hegemónico mismo. Cuando Rufián dice que cualquier lucha nacional no vale la violencia, no sólo está mostrando soberbia hacia la mayoría de luchas nacionales del mundo, sino que asume él mismo la responsabilidad de las muertes que pueda causar el represor, cayendo a cuatro patas en el discurso desempoderado tan típico del colonialismo, que pone al mismo nivel la autodefensa con la represión, y los disturbios con la ocupación. Ya pasó el 1 de octubre, cuando PDeCAT y ERC retrocedieron para evitar muertos. El mensaje que dieron al Estado aquel día es que, si el independentismo va más allá de organizar un referéndum, España tiene carta blanca para llevar la violencia a sus últimas consecuencias.

Así pues, la única manera productiva de afrontar las negociaciones por parte del independentismo es mediante una lógica autoafirmativa que permita acondicionar las acciones del rival. El , el no o la abstención se tendrá que decidir, simplemente, en base a si lo que ofrece el PSOE es bueno para alcanzar la independencia de Catalunya. Si se quiere diálogo y negociación para hacer un referéndum, tiene que ser entre iguales. Sin presos ni exiliados, sin fuerzas de ocupación y reconociendo el derecho a la autodeterminación. Y hace falta que haya una mesa constituida antes de cerrar la investidura, no una promesa. Si no, la alternativa del PSOE es Ciudadanos, PP o el caos. Ninguna pena para la izquierda fraternal, que ha sido la primera a dejar a Catalunya en la estacada cuando ha visto peligrar su piel. Y bien hecho que han hecho.

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