Cargando...

Existe una forma de entender el vino que no aparece en las cartas de los restaurantes ni en los manuales de sumillería. No depende únicamente de la acidez, de los taninos o de la persistencia aromática. Es un maridaje menos técnico y más humano: el sentimental. Y es parte de lo que reivindicamos las mujeres del vino para hacer el mundo del vino menos endogámico y más feminista y humano. Aquel instante en el que una copa de vino y un plato determinado dejan de ser productos para convertirse en conversación y refugio emocional. Nos gusta hablar de ecofeminismo con expertas como Pilar Salillas para decir que queremos hacer con nuestro gremio un mundo mejor. Por eso y mucho más hemos querido maridarnos con la Fundació de l’Esclerosi Múltiple para hacer unas Wine Talks paritarias con expertos internacionales, como el canadiense François Chartier, que nos explica los secretos del perfume del vino. Recordemos que un 87% de las mujeres del mundo del vino ha ido a actos donde solo había hombres. Mireia Torres, una experta en cambio climático y cómo la I+D puede contribuir al futuro del planeta. También querría dar las gracias a Ferran Centelles por demostrar una vez más su valor humano, mucho más allá de su sabiduría de Bullipedia. Un mundo del vino que no ha escuchado nuestras súplicas de sumar y de celebrar un acto solidario, diciendo que las fechas son malas o que tenían que organizarlo ellos. Sí, las diez bodegueras que han puesto sus vinos, su tiempo y su energía no tenían nada más esta semana de final de curso. Una vez más, el mirarse el ombligo de los machos del mundo del vino ha quedado bien retratado.

Durante años, el mundo gastronómico ha intentado convencernos de que existe una fórmula exacta para combinar sabores. Premisas tan manidas como pescado con blanco, carne con tinto, postres con dulce. Y aunque estas reglas tengan sentido desde un punto de vista culinario, son insuficientes para explicar por qué ciertos platos saben mejor cuando los compartimos con determinadas personas. El verdadero maridaje no ocurre únicamente en el paladar. Ocurre en la experiencia. Y, como explica muy bien la película Ratatouille, por la memoria. El sumiller experto en IA Luciano Wehrli ha explicado cómo ésta dominará (o no) el futuro de las catas. Lo que sí podemos decir es que el 17 de junio, con las espectaculares vistas del Hotel Miramar de Montjuïc, unas cien personas del mundo de la cultura que han degustado este acto tan sentido lo recordarán toda la vida. Al final, un 70% de las mujeres que sufren la esclerosis múltiple son mujeres jóvenes que necesitan visibilidad, recaudar dinero y continuar la investigación para que su vida mejore a pesar de todo. Y las mujeres del vino de Parés Baltà, Vins el Cep, Bodegas Bilbaínas, Clos Figueras, Jean Leon, Pere Ventura, Lagravera, Perelada, Domini Can Bas y Mervm Prioratí han estado apoyando esta iniciativa. Un aplauso profundo a las que siempre están, brindando y mirando fijamente a los ojos.

Todos tenemos una botella asociada a alguien. Un Priorat, como el Font de la Figuera, abierto durante una conversación que nos cambió la vida. Un garnacha blanca, como el Lagravera natural blanco, bebido frente al mar. Un cava improvisado, como el Tresor Rosat, para celebrar una noticia inesperada. La gastronomía tiene esa capacidad extraordinaria de fijar emociones. Por eso resulta tan limitada la obsesión contemporánea por convertir la cocina en una competición estética. Fotografiar platos antes de probarlos, elegir restaurantes por su viralidad o valorar vinos únicamente por puntuaciones. Al final, lo que nos hace elegir es —seamos o no conscientes de ello— el vínculo emocional. Hemos aprendido a consumir gastronomía como un espectáculo, cuando, en realidad, nació como un acto de encuentro y de comunión.

Existe cierta arrogancia en aquellos que convierten el vino en un ejercicio intelectual inaccesible

Quizás por eso las comidas más memorables raramente son las más sofisticadas. Muchas veces consisten en una mesa pequeña, una receta heredada y una botella abierta sin ceremonia. Porque el lujo auténtico no siempre se encuentra en la exclusividad, sino en la capacidad de un sabor para hacernos sentir acompañados. Y que en un momento tan superficial sea algo realmente orgánico. Beber vino es, en cierto modo, beber la paciencia de los tiempos, el esfuerzo del campo, el no poder repetir las añadas y los caprichos de la naturaleza. Ante la inmediatez contemporánea, el vino recuerda que algunas cosas necesitan años para llegar a su mejor versión y afinarse en botella.

También hay un componente democrático en este maridaje sentimental que vale la pena reivindicar. El placer gastronómico no debería ser un privilegio reservado a los expertos. Existe cierta arrogancia en aquellos que convierten el vino en un ejercicio intelectual inaccesible, lleno de tecnicismos que intimidan más que acercan. El mejor vino no siempre es el más caro, ni el más complejo; muy a menudo es el que llega en el momento preciso.

—Este vino estaba delicioso —me explica una amiga no experta en vinos.

—¿Cuándo te lo tomaste?

—Durante la boda de mi primo, fue un día tan bonito…

—No, no fue el vino, fue la situación y cómo te sentiste lo que hace que cada vez que descorchas una botella, ¡se llene de sentimientos!

En una época marcada por la prisa y la hiperconexión, sentarse a comer y beber con calma se ha convertido casi en un acto de resistencia cultural. Compartir una botella obliga a detenerse. Y a dar gracias por lo que tenemos. Como cuando ves los casos de las mujeres con esta enfermedad, que va más allá de la silla de ruedas. Quizás aquí radica el verdadero sentido del maridaje sentimental: entender que el vino no solo alimenta el cuerpo, sino también los afectos. Una copa puede ser celebración, consuelo o despedida. Un plato puede reconstruir una infancia entera. Y cuando ambos coinciden en el instante adecuado, ocurre algo difícil de explicar con lenguaje técnico. Porque no es nada exacto como la química. Es también una forma silenciosa de amor, como el que han demostrado los amantes del vino con su recaudación a favor de la FEM y que se pueden seguir haciendo donaciones en la web. El vino como lenguaje cultural capaz de generar identidad, emoción, sororidad y vínculo.