A medida que la geopolítica se complica y que el mundo va dejando atrás el siglo XX, la desorientación del país se va volviendo un lastre cada vez más pesado y peligroso. Parecía que Sílvia Orriols podría cambiar la dinámica política y empezar a construir algo sólido de base, pero cada vez se la ve más absorbida en las dialécticas postizas del régimen de Vichy. Aunque su aparición ha removido las aguas, estamos donde estábamos. Los catalanes aún no han entendido que ninguna ideología los salvará y que lo que está en juego no es la extinción de Catalunya, sino un purgatorio mucho peor. Morir no es tan fácil como algunos piensan.

Igual que la mayor parte de los catalanes, Orriols y sus acólitos sueñan con volver al mundo de ayer. Se creen que podrán resucitar el estado del bienestar y vivir en una sociedad más o menos igualitaria, con un gobierno que eduque a sus hijos e incluso les dé una casa. En Catalunya, todavía no se ha entendido por qué el procés de independencia llenaba las calles y por qué los dos representantes políticos más visibles del país son una diplomada de Ripoll y uno sin título de Santa Coloma. Por eso, cuando Orriols es invitada a hablar en los foros empresariales, no emplea la insolencia y el tono de desprecio que gasta con los políticos del Parlament. Le debe parecer que desde la patronal se puede hacer algo por el país.

Orriols no ha entendido que todos vamos en el mismo barco que Junqueras y Puigdemont, y que el futuro de los catalanes no depende de la gestión, ni de la ideología ni de unos resultados electorales o económicos. Catalunya intentó hacer la independencia porque el mundo de ayer se acababa y porque el país se adelgazaba, agotado por el esfuerzo de integrar a la inmigración mientras sostenía los requisitos fiscales de la socialdemocracia española. Los cuentos de hadas que los políticos explicaban para no atizar el conflicto étnico se han girado en contra del país, igual que lo hará el discurso de orden, si Orriols no sabe hablar a las élites económicas con la claridad con la que habla cuando responde a los socialistas.

Los partidos del país viven en la ficción de que el entramado político y económico de la autonomía se diseñó para proteger a los catalanes. Pero desde Franco, los catalanes solo tienen la tribu, por eso todavía existe Òmnium Cultural y por eso el procés despertó tantas esperanzas, también entre los hijos de la inmigración que querían prosperar. El país no volverá a organizarse hasta que no asuma que, como dice Abel Cutillas, la tradición es la continuación de lo desconocido que hay en la sangre y que, precisamente, esta fuerza es la que el siglo XX español ha intentado liquidar en Catalunya. Madrid lo sabe, porque ha crecido a partir de esta destrucción. Por eso da jabón a Gabriel Rufián y deja que la patronal de Barcelona deje ganar a Sílvia Orriols. 

Para evitar que el peix al cove tome vuelo, Pedro Sánchez intenta acabar con el problema catalán disolviendo a España dentro de la Unión Europea

Madrid no quiere que Catalunya vuelva a marcar su agenda de la política española. Si la política autonómica volviera a articularse a partir del conflicto nacional, Catalunya no solo podría resistirse al proceso de suburbialización, sino que recuperaría incidencia internacional. Con la soberanía española cada vez más diluida dentro de Europa, la política catalana ganaría influencia y eco sin siquiera tener que coger el AVE. Para evitar que el peix al cove tome vuelo, Pedro Sánchez intenta acabar con el problema catalán disolviendo a España dentro de la Unión Europea. Quienes lo odian creen que Madrid debería aprovechar la ola autoritaria americana para uniformizar el Estado, o continuar navegando entre Bruselas y Estados Unidos, como había hecho hasta ahora.

La ironía de la situación es que Catalunya hacía siglos que no lo tenía tan bien para converger con voz propia con el resto del mundo occidental. Todo va de un pelo porque estamos en la última etapa de un combate muy largo, cuando el cuerpo te duele, tienes ganas de rendirte y solo te aguanta el atavismo. Como dice Iván Redondo, fue la elasticidad de las cuerdas del ring lo que absorbió buena parte de los puñetazos de Frazier a Muhammad Ali, en el combate más famoso del siglo XX. Él no lo sabe porque vive en el materialismo táctico que ha hundido España, pero Catalunya es Muhammad Ali y las cuerdas del ring son la profundidad de la historia y las ganas de salir adelante ante el Frankenstein que está intentando acabar contigo.  

El conflicto nacional ha cambiado de escala, por eso las oportunidades y los riesgos son más grandes que nunca, y los espejitos de la ideología son una evasión tan tentadora. Los políticos del país solo pueden prometer sangre, sudor y lágrimas. Deben ampararse en la verdad para que la tribu pueda organizarse y aprovechar la energía que generan la cohesión y el instinto de supervivencia para resistir con todo aquello que tengan a su alcance. Como escribió un valenciano del tiempo de Felip V, vivir sin país es mucho peor que morir. Esto es lo que los catalanes corren el peligro de descubrir demasiado tarde, después de haber sido aplastados militarmente por el fascismo, expoliados sutilmente por la socialdemocracia, y abocados a ver en último término cómo sus hijos universitarios acaban viviendo de realquilados.