Me duele volver a los lugares donde fui feliz. Entonces, mi mirada de veinte años auscultaba los latidos de los días con la sensación de que por cualquier decisión equivocada habría tiempo para enderezar las cosas, como si no hubieran existido. Londres fue la ciudad de mi primer gran amor, del descubrimiento del yo, del placer de la invisibilidad, de la importancia de la añoranza para sedimentar mi identidad, del convencimiento de que, como catalán, había nacido por imperativo legal en el país equivocado.
En aquella ciudad magnificada por mi juventud antropófaga, me sentí tan libre que me convertí, con el tiempo, en un esclavo de aquella misma libertad. Sumados los días y las noches, viví allí ocho meses en Londres, y el primer recuerdo que guardo es el de un paseo por Charing Cross. Acabo de estrenar un walkman de la marca Aiwa, y suena la primera de las diez canciones del casete que he comprado en la tienda Virgin. Kate Bush es número 1 en las listas británicas con Runnig Up That Hill y camino siguiendo el ritmo de la voz de la cantante de Kent. Entonces no era tan consciente de estar viviendo en el ojo del huracán de la New Wave como lo fui más adelante, cuando, ya dentro de la rueda del hámster, puse una barrera a la nostalgia para poder sobrevivir a mi memoria. Londres fue la ciudad donde descubrí a Byron, Keats y Shelley, pero también fue la ciudad de mis primeras grandes fiestas, la del primer ácido, la de los primeros miedos por un fantasma silencioso que empezaba a enseñar los dientes, el sida. Londres me parecía la ciudad más cosmopolita del mundo, viniendo, como venía yo, de la España amnistiada, golpista o vandalizada por ETA, y, sobre todo, de la Barcelona preolímpica y profundamente deprimida. Entonces, Madrid empezaba a vender aquello que ha hecho fortuna entre los trepas, “de Madrid al cielo”, y con la Movida nacía lo que hoy conocemos como nacionalismo madrileño. Londres fue el antídoto a toda esta mierda mesetera con pinta de modernidad y alma provinciana.
A pesar de todas sus majestuosidades, cuando llegué allí, Londres vivía inmersa en una profunda crisis, incapaz de gestionar las políticas económicas de la primera gran dama del neoliberalismo, Margaret Thatcher. Contra los mineros en lucha, Margaret Thatcher se inventó una guerra en las Malvinas (Falkland) para bajar su índice de impopularidad. Sorprendentemente, una parte importante de la clase obrera apoyaba a la Dama de Hierro, porque les había dado ínfulas de burgueses y de pequeños propietarios de una casa adosada prefabricada, mal construida y peor enmoquetada situada en los arrabales de la gran ciudad. Londres había dejado de ser la capital de un imperio, pero, a ojos de un joven como yo, continuaba siendo imperial, culturalmente luminosa, fervorosamente libre y clamorosamente autosuficiente. Y cuando volví a Barcelona, nunca nada fue lo mismo.
La especulación no tiene fronteras, aunque en Londres, la segunda ciudad financiera del capitalismo salvaje, todo es asquerosamente caro comparado con la asquerosa especulación que vivimos en Barcelona
Cuarenta años después, he vuelto a Londres como acompañante. Y una vez cumplida la promesa —Harry Potter y Warner Studios—, pude disfrutar de una ciudad que tiene muy poco que ver con la de los años ochenta. Londres crece ahora verticalmente, con la City apuntando en dirección al cielo. Pero, si una cosa las iguala, es que la nueva ciudad está sometida, también, a una profunda crisis, esta a consecuencia de la inestabilidad del gobierno de Keir Starmer, de la herencia del Brexit y de un caos inmobiliario que, por otra parte, no dista mucho de las crisis inmobiliarias de las ciudades del llamado Primer Mundo. La especulación no tiene fronteras, aunque en Londres, la segunda ciudad financiera del capitalismo salvaje, todo es asquerosamente caro comparado con la asquerosa especulación que vivimos en Barcelona.
Y a pesar de la crisis, Londres es una ciudad de una ebullición que contagia joie de vivre, eso sí, si tienes suficientes libras esterlinas para vivir moderadamente bien. Con el salario medio de un españolito, la capital de Su Majestad el Rey Carlos III es prohibitiva. Por suerte, los museos son gratuitos, y respirar un aire menos contaminado que el de los ochenta también sale gratis. Y algunos dicen que, con dinero, todas las ciudades tienen encanto, y no es cierto, porque hay ciudades de una oferta cultural pobre e impostada en las que hay poco que rascar. Por ejemplo, todos los musicales comprados para ser exhibidos en la Gran Vía de Madrid son fruto del típico querer y no poder del nuevo rico capitalino. Si Barcelona es sosa, Madrid es ampulosa. La oferta cultural de Londres es fruto de una tradición heredada y cultivada a lo largo de los siglos, y sufragada por la exigencia de la gente de Londres. Ver el musical Oliver en el Gielgud Theatre tiene una autenticidad que un tipo como Àngel Llàcer, por poner un ejemplo de director acostumbrado a comprar y castellanizar espectáculos musicales, nunca podrá trasladar a cualquier teatro de Madrid o Barcelona. La naturalidad de las voces inglesas no tiene nada que ver con el academicismo monocorde de la escuela de Operación Triunfo. En Londres no hay suficientes días al año para tantos musicales en exhibición. Y si durante mi juventud miraba los nombres de Glenda Jackson o Derek Jacobi como cabezas de cartel de una obra representada en el Wyndham’s Theatre, ahora puedes encontrar a Bryan Cranston al frente de All My Sons.
Desde Londres, me preocupa la cantidad de mujeres jóvenes que llevan orgullosas el velo islámico. Hace cuarenta años, era una rareza, pero libros como Londonistan, de Melanie Phillips, ya avisaron del peligro del aumento del fanatismo religioso. A pesar de estos elementos retrógrados y de que Londres sea una ciudad prohibitiva, pasearla renueva, como antaño, las ganas de volver a convertirla en la capital de una Europa aturdida. Si el Brexit sumió a Londres en la desorientación económica, el Brexit destruyó las ansias europeas de estar o no estar delante de los EE. UU. y las potencias emergentes. Europa y Gran Bretaña —capital, Londres— se necesitan como el agua y la sed.