He escrito en alguna ocasión que la zona de radiación más dañina del artículo 155 en Catalunya se encuentra en el ámbito de la izquierda vetusta, y no solo me refiero al PSC, sino sobre todo a su sustrato cultural (prácticamente hegemónico desde la mal llamada transición democrática al olimpismo barcelonés). El independentista militante pensará que la suspensión de la autonomía afectó sobre todo a los líderes del procés y su corte de cínicos; esto podría ser cierto en un primer término, si pensamos en la cárcel o el exilio, pero después todo fue matizado por una amnistía con la que nuestros héroes se adecuaron felizmente a los vaivenes de la política española. No ha sido así en el caso del PSC y su entorno, el cual imaginaba que ahora —con esta pacificación por la fuerza— lo tendría todo pagado y Catalunya entraría en un tedio encefálico ideal para proceder a la castellanización del país, como también querían sus mandarines.
Pero el socialismo no solo ha visto cómo el ideal de un Govern puramente gestor y “de tothom” ha caído, víctima de una opacidad e hiperliderazgo casi dictatoriales, sino que el actual desastre en ámbitos como la educación, la sanidad o Rodalies ya no podrá curarse por obra y gracia de una nueva “mejor financiación de la historia” o, como querría Pedro Sánchez, regularizando de golpe a cientos de miles de inmigrantes. Entiendo que el lector no intuya ningún tipo de relación de todo este proceso con la cultura —más concretamente, aún, con la selva literaria—, pero sin esta mezcla de totalitarismo soft y de impotencia no se podría entender la última invención de Eduardo Mendoza, según la cual habría que aniquilar la diada de Sant Jordi y cambiarla por el Día del Libro —a juicio del novelista español de Barcelona— porque nuestro caballero era un maltratador de animales iletrado que no tiene nada que ver con la literatura.
Nosotros seguiremos celebrando Sant Jordi como siempre, al margen de los españoles y de los aprovechados que ensucian nuestro patrimonio con la boina de los enterradores
Las palabras de Mendoza no son fruto de una astracanada mental ni del olvido en la medicación tan típico de los octogenarios. El escritor puede ignorar que la fiesta de Sant Jordi se remonta al siglo XV, según fuentes perfectamente documentadas, pero debe de tener muy presente (quién sabe si se lo comentó su padre, secretario de la Fiscalía en la Audiencia Nacional de Barcelona en tiempos de gran oscuridad) que el Día del Libro fue una invención de la industria editorial durante la época del dictador Primo de Rivera, originalmente celebrado el 7 de octubre —en honor al supuesto nacimiento de Cervantes— y, continuado durante el franquismo, justamente para contrarrestar la fijación de los catalanes de compartir libros en la calle (¡en catalán!), lo que se popularizó con ocasión del día del amor a partir de la Exposición Internacional del 29 y que, por mucho que les pese a los progres nostálgicos de la mano dura, aún osaremos perpetrar…
Tiene toda la lógica del mundo, en definitiva, que Mendoza tenga tanta barra libre a la hora de echar de menos una celebración medio falangista donde el catalán se relegue al folclore. Pero también hay que decir que estas declaraciones, que se habrían celebrado hace décadas y de las que incluso el pujolismo habría hecho una burla acomplejada, han topado de frente con un rechazo social la mar de consciente. Esto significa que las élites pueden intentar sumirnos en la sopa del aburrimiento, pero que, de momento, las defensas se activarán pronto. Por eso tampoco ha pasado por alto que la gran madam de la literatura catalana, la editora Maria Bohigas, acabe de aprovechar el clima de pax bilingüe para disparar una edición castellana de La muerte y la primavera con un postfacio y una portada del narrador español David Uclés (sí, el pobre burro de la boina), en una decisión político-editorial que ha hecho retorcerse a la pobre Mercè en su tumba de Romanyà.
Que un hombre como Uclés, que ha querido castellanizar la historia literaria de la ciudad con una novela inframental, tenga algo que ver con Rodoreda (que murió soñando la “Barcelona catalana” anterior a la guerra) ya tiene bastantes cojones. ¡Pero es que incluso la Rodoreda pintora se echaría las manos a la cabeza viendo el dibujito de Uclés en la portada del libro, donde el tonto desgraciado se ha ilustrado a sí mismo en uno de los árboles cementados de nuestra más grande novela! Evidentemente, madam Bohigas pensará que cualquier ocasión es buena para vender libros y promocionar a Rodoreda (tus predicciones, María, últimamente son un poco flojas, sobre todo en el campo del ensayo), pero urdir esta mierda es algo parecido a mearse en la memoria de su abuelo, mente salvadora de El Club dels Novel·listes, quien nunca debió de imaginar que su invención serviría para que Mendoza pueda regalar algún volumen por el Día del Libro…
A pesar de esto, y a pesar de los falangistas y de las madams peseteras del mundo libresco, no os preocupéis, pues nosotros seguiremos celebrando Sant Jordi como siempre, al margen de los españoles y de los aprovechados que ensucian nuestro patrimonio con la boina de los enterradores. Falangistas y madams, preparaos; ha empezado vuestro declive, y os enterraremos con mucho amor, un libro y una rosa.