Existen debates que, en realidad, esconden viejos tics autoritarios incompatibles con el marco de libertades de un Estado democrático y de derecho. La violencia policial en la persecución de la estelada catalana en Elx (persecución que también ha sufrido históricamente la estreleira gallega en Vallecas —2017—, Leganés —2018 y 2019— y Valladolid —2013—) obliga a una profunda reflexión jurídica desde la perspectiva de los derechos fundamentales.
Desde un punto de vista estrictamente legal, conviene recordar que el uso ciudadano de banderas no oficiales como la estelada catalana o la estreleira gallega está plenamente amparado por el derecho a la libertad de expresión, consagrado en el artículo 20 de la Constitución. La jurisprudencia contenciosa, apoyándose en la de los Tribunales Constitucional y Europeo de Derechos Humanos, ha determinado reiteradamente que estos símbolos identitarios no incitan a la violencia, al racismo ni a la xenofobia, por lo que mostrarlos pacíficamente en cualquier recinto deportivo ha de ser tan incoercible como en la vía pública. De este modo, cualquier interpretación de la Ley 19/2007, contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte, que fundamente la prohibición de estas banderas en la prevención de la violencia, el racismo o la xenofobia, es totalmente inconstitucional.
El deporte no puede ser un espacio de asimilación identitaria forzosa ni un territorio ajeno a los derechos civiles
De ahí que haya que reconocer el acierto institucional del Barça y de su presidente, Joan Laporta, al defender con valentía la estelada y los derechos fundamentales de sus aficionados frente a la arbitrariedad de determinados dispositivos policiales —evidentemente dirigidos por sus responsables políticos— que confiscan estas banderas sin justificación jurídica alguna. Este camino de dignidad institucional seguramente reforzará la protección, por parte del Celta, del Dépor y del resto de las entidades deportivas gallegas, del uso de la estreleira y de cualquier otra variante no oficial de la bandera gallega. El deporte no puede ser un espacio de asimilación identitaria forzosa ni un territorio ajeno a los derechos civiles.
Pero lo que resulta aterrador es la paliza terrible a un ciudadano menor de edad mientras permanecía indefenso en el suelo. Desde el mismo instante en que una persona está neutralizada, el principio de proporcionalidad que rige el uso de la fuerza policial en las democracias liberales prohíbe continuar utilizándola. La legalidad de la actuación policial desaparece y la acción se convierte en un delito de lesiones, agravado por la indefensión de la víctima. Más de una semana después de estos hechos, constituye una nítida responsabilidad política del Gobierno del Estado que no haya personas investigadas por estas conductas, como tampoco las hay entre los recientes agresores de las personas inmigrantes en la playa Benítez de Ceuta.
Mientras que un régimen autocrático (como el de Marruecos) utiliza los cuerpos de seguridad como herramientas de castigo físico y asfixia ideológica, un Estado de derecho exige que los agentes sean los primeros garantes de la ley, operando estrictamente bajo los principios de oportunidad, congruencia y proporcionalidad. De ahí que el Derecho estatal y europeo prohíba el uso de la fuerza cuando el individuo ya no ofrece resistencia. La violencia física institucional en ese grado de desproporción se sitúa directamente fuera de la ley, acercándose peligrosamente a un modelo de impunidad que las personas demócratas y liberales no podemos tolerar. No hay excusa de seguridad ni contexto deportivo que pueda justificar semejante degradación de la integridad física.
El camino hacia la normalidad democrática exige depurar responsabilidades policiales, garantizar la libertad de expresión y exigir que todos los clubes defiendan en los estadios los símbolos que forman parte de nuestra libre expresión y de nuestra identidad nacional colectiva. Joan Laporta supo verlo y supo dar cauce a la legítima expresión de decenas de miles de personas.
Porque el deporte —y, especialmente, el fútbol— no se puede entender en simples términos de mercado ni de entretenimiento de las élites. Los equipos son de sus respectivas aficiones y nacen del sentimiento de pertenencia a un país, a una nación. Dépor y Celta son equipos que surgen de la identidad gallega, como el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad surgen de la identidad vasca y el Barça, de la identidad catalana. Basta con acudir a los estadios madrileños, Bernabéu o Metropolitano, para percibir la diferencia.