El papa que más habrá incidido en el valle californiano de Silicon Valley entre los gigantes tecnológicos está aquí y es León XIV. Su primera carta encíclica, Magnifica Humanitas, dedica muchos párrafos a ilustrar los beneficios de la tecnología para el progreso, pero también ofrece muchos más para señalar posibles consecuencias nefastas. El contundente Robert Prévost, ahora Papa León XIV, no escatima advertencias contra quien ve en la persona humana un mero sinónimo de productividad. Las máquinas están bien si conservan su lugar de colaboración para el progreso, pero no si gobiernan el mundo, advierte un Papa que pone condiciones a la industria de las armas, que pide un pacto global por la educación y que no regatea ante el delirio del mundo hiperacelerado. Reclama tiempo para leer y reflexionar, propone regulación para mantener la IA en su sitio y recuerda que la humanidad nunca había estado tan dominada por unos pocos. El Papa no está cansado. Al contrario. La encíclica demuestra vigor y esperanza (la reclama en varios puntos), y se muestra preocupado por que un abuso de la tecnología pueda lesionar la libertad y la creatividad. Pero sobre todo escribe para pedir responsabilidades, no solo a los grandes y poderosos del mundo, sino a usted que me lee y a mí que escribo. A todo el mundo. La encíclica es como un puzle que se va construyendo, como la sociedad en la que se debe poder vivir, y no solo sobrevivir.
La encíclica demuestra vigor y esperanza y se muestra preocupado por que un abuso de la tecnología pueda lesionar la libertad y la creatividad. Pero sobre todo escribe para pedir responsabilidades, no solo a los grandes y poderosos del mundo, sino a usted y a mí. A todos
El papa León XIV ha deleitado, con este su primer escrito, a algunos de sus detractores y a personas que se sienten muy alejadas de él ideológicamente. Es difícil no estar de acuerdo con afirmaciones sobre la persona humana, que es un bien por sí misma, o sobre la importancia de la educación, de resguardarnos para tener tiempo para pensar, de la necesidad de cuidar la naturaleza, de la insensatez de la industria de las armas o de la absurdidad de la guerra. El Papa dedica todo un capítulo a hablar de los abusos cometidos dentro de la Iglesia y reconoce la vergüenza y la necesidad de hacer autocrítica para depurar estructuras que han encubierto o causado daño. Y hace un guiño a los periodistas que, con su búsqueda de la verdad y con el buen ejercicio profesional, han destapado casos de injusticia y abusos. Y aún más. El Papa escribe, en el número 138, que la propia Iglesia no debe esperar a que sean otros quienes destapen sus propios trapos sucios: “La vigilancia y la transparencia son, ante todo, una grave responsabilidad de la propia Iglesia y no debemos esperar a que otros nos obliguen a afrontar verdades incómodas sobre nosotros mismos.”
Sobre la digitalización de nuestra vida también se muestra contundente. Si bien reconoce las bondades de la técnica para hacernos vivir mejor, también alerta sobre los problemas básicos que nos puede acarrear un abuso de la tecnología: falta de sueño, hiperaceleración, distracción. El Papa matemático, con su buen cálculo, pondera bien y no quita de la ecuación la fuerza tecnológica de nuestro mundo, pero intenta ponerla en un marco de comprensión donde la persona humana sea quien tome decisiones, quien regule, quien domine y no sea engullida por la máquina. Quien diga que la Iglesia siempre llega tarde, con la nueva encíclica del Papa lo tiene difícil, porque las palabras de este líder mundial resuenan con fuerza mientras otros políticos, pensadores, líderes sindicales, profesores o grandes gurús se dedican a hablar de otros temas menos contemporáneos y apremiantes.