Hacía días que en las redes se anunciaba un acto organizado por Crític con la presencia de David Fernàndez, Ada Colau y Joan Tardà. La cosa tuvo lugar en la Modelo de Barcelona y el conductor fue Roger Palà, fundador del medio en cuestión. Es imposible empezar a hablar de los problemas que tiene la izquierda catalana sin darse cuenta de que este acto, planteado como un debate entre "tres personas referentes para las izquierdas catalanas para hacer autocrítica, balance y propuestas de futuro" ya es uno de estos problemas en sí mismo. Hace veinte años que parece que los "referentes" son los mismos. Esta arcaicidad de la que cuesta desprenderse es una de las heridas en las que hurga la extrema derecha cuando irrumpe en el plano político con aires de novedad: se otorga el poder de decir que todos los que estaban antes de que estuvieran ellos forman parte del establishment político. Joan Tardà ha sido diputado en el Congreso quince años y lleva más de veinte viviendo de la política. Ada Colau fue alcaldesa de Barcelona durante dos legislaturas, dispuesta a aceptar los votos de Manuel Valls para seguir agarrada al poder. David Fernández no es diputado desde hace quince años. Si quienes imaginan el futuro son los referentes del pasado, no hay nadie que esté en contacto con el presente.

El fondo del acto —que se puede consultar entero en YouTube—, sin embargo, revela una cuestión más compleja de desentrañar: la izquierda tiene un problema de desconexión con sus votantes potenciales, porque los votantes potenciales no saben de qué habla la izquierda, ni si está haciendo el esfuerzo de interpelarlos. La extrema derecha ofrece un único chivo expiatorio para todas las urgencias nacionales que pueda presentar el país: la inmigración. A muchos, esta propuesta política nos resulta simplemente deshonesta porque pensamos que basta con tener dos dedos de frente para entender la multifactorialidad de las urgencias en cuestión. A cambio, la izquierda ofrece una especie de discurso encriptado con vocación poética —de Jocs Florals de instituto— que convierte la delegación de la confianza política en la que se basa la democracia en un acto de fe. Ambas son maneras infantilizadoras de abordar la política. Roger Palà afirmó en el acto organizado por Crític que "la salida ante el ascenso del fascismo es colectiva, es compartir espacios con quienes tenemos cosas en común". Quiero pensar que las izquierdas del país tienen alguna propuesta más para combatir determinados discursos que ser un club de patchwork; ateniéndonos a lo que dice Palà, sin embargo, también podría servir de salida ante el ascenso del fascismo. Ambas propuestas infantilizan a su público, pero la extrema derecha ofrece algo que parece que se puede tocar, por eso sigue ganando espacio. Un espacio que también comparte con gente con quien "tiene cosas en común", sí. 

Entre el vacío, el empalagamiento y la infantilización, el clip que se ha hecho viral es el de Ada Colau, ya que es el que expone más diáfanamente no solo la falta de una propuesta política concretable, sino también la incapacidad o la falta de imaginación de una parte de la izquierda para explicarse fuera de esta prisión discursiva que se ha creado. Y que ella misma retroalimenta. Dice, como pretendidamente haciendo autocrítica sobre gestión: "Tenemos que poner la vida en el centro, nuestros cuerpos y la alegría de vivir en el centro". Lo contrapone a hacer diagnósticos y discusiones de programas —que, evidentemente, añade, hay que hacer—, y lo remata diciendo que "la izquierda tiene que ser utópica". La virtud que ven en esta manera de hacer y de hablar, quiero pensar, es que si fuerzas hasta este punto la metáfora y nadie entiende la autocrítica que haces, nadie la puede utilizar en tu contra. Pero la técnica es tan barata y burda que, teniendo los resultados de los sucesivos gobiernos de izquierdas —en Barcelona y en el país— en las manos, se desmonta sola. Quizás a la gente del país le haga falta algo más que alegría y utopía para desoír los cantos de sirena que vienen desde determinadas posiciones políticas.

La izquierda tiene un problema de desconexión con sus votantes potenciales, porque los votantes potenciales no saben de qué habla la izquierda

La referencia a la utopía me hizo pensar enseguida en la entrevista que la Llibreria Finestres le hizo a Eudald Espluga el pasado abril con motivo de la publicación de su último libro: Imaginar la fi. En la entrevista, Espluga —que trabajó para Janet Sanz en el Ayuntamiento de Barcelona— explica que lo que quiere abordar en la obra es "cómo generamos una imaginación política proyectiva que parta de experiencias políticas reales, y que no convierta el postcapitalismo en un sueño utópico, una alteridad radical, que solo podremos conquistar con una apuesta revolucionaria de todo o nada". Si no han entendido ni una palabra y, sobre todo, si haciendo la primera lectura no se han esforzado en entenderlo, es que todavía no se han dejado atrapar por la telaraña. Eudald Espluga es uno de los filósofos de cabecera de los Comuns, y podríamos decir que, de algún modo, hace de núcleo generador de este lenguaje privado que tienes que fingir que entiendes para formar parte de determinados círculos políticos. Sobre todo, determinados círculos políticos en Barcelona. Por sentimiento de inferioridad, por hambre de validación o por el contacto personal, este lenguaje se extiende como una mancha de aceite entre la izquierda barcelonesa y afecta a la izquierda nacional. Me parece que en la CUP lo saben bien.

Si tuviera que imaginarme un escenario perfecto para que la extrema derecha calara, para que el chivo expiatorio único de la inmigración pareciera una respuesta política plausible, para que la agenda del discurso de odio pareciera la única agenda, me imaginaría esto: un centroderecha inexistente, una derecha que copia las respuestas del examen de la extrema derecha y una izquierda incapaz de abordar frontalmente la autocrítica, vendiendo abstracciones, infantilizada e infantilizadora y sin ganas de hacer una diagnosis aterrizada de su legado político. Si, además, tuviera que imaginarme un escenario perfecto para que el españolismo calara, me imaginaría a las izquierdas del país jugando a la metáfora, y a la utopía, y a las bibliotecas, y al TikTok, y a las pollas en vinagre, dándose la razón desde la pseudointelectualidad sin oponer ningún tipo de resistencia nacionalista a la asimilación que asola el país y que afecta a todas y cada una de las cuestiones que deberían ser prioritarias para la propia izquierda. Quizás sea esta la alegría de vivir de la que habla Ada Colau. Quizás Manuel Valls también lo entendiera así.