En su reciente nota doctrinal sobre el emotivismo de los grupos católicos un poco Upper Diagonal —como Effetá, Emaús o Hakuna, a los que no menciona—, la Conferencia Episcopal Española pone sobre la mesa un debate escondido desde hace tiempo: ¿cómo volver a acercar a la gente a la Iglesia católica? Me guardaré mucho de cualquier referencia a los grupos que animan la vida espiritual en nuestro entorno y en nuestras parroquias. Cualquier forma de acercamiento a la trascendencia que no vaya revestida de peligroso sectarismo, que no es el caso, me merece todo el respeto. Me preocupa más la peligrosa resistencia al cambio —habitual en cualquier gran institución— de nuestra querida Iglesia en temas como el de la negativa al acceso al ministerio sacerdotal como diaconisas, en una primera instancia, de las mujeres, o al presbiteral de los casados. Hablando claro: necesitamos también hombres y mujeres casados haciendo de curas. Con esto solo, empezaríamos a permeabilizar más la Iglesia con cristianos comprometidos en el día a día de nuestro pequeño mundo occidental. Tiene un riesgo, evidente, de descafeinar la institución. Pero si no lo hacemos, podemos dejar la Iglesia tan en minoría en Occidente, que el Espíritu Santo tendrá que dedicar infinitas horas para arreglarlo. Seguro que lo hará, ¡pero se lo podríamos en buena parte ahorrar!
Volvamos al emotivismo espiritual. En los años 70 y 80, algunos tuvimos el privilegio de vivir un estilo de pastoral juvenil, muy a menudo vinculado al escultismo, donde practicábamos una forma de emotivismo espiritual. Yo lo hice en la capilla francesa de Barcelona. El movimiento kumbayá, el espíritu kumbayá, nunca fue una organización, sino una forma emotiva, sencilla y comunitaria de acercarse a las misas, cantando con guitarras canciones fraternales y buscando en la naturaleza un cómplice necesario de la búsqueda de Dios. Las hogueras, las guitarras, las manos en las manos y las ganas de vivir una espiritualidad comunitaria y vagamente emotiva nos hicieron pasar muy buenos ratos. Acabó siendo una semilla de fe para algunos y un buen recuerdo para la mayoría.
El emotivismo religioso es, sin duda, una buena puerta de entrada a cualquier tipo de espiritualidad, pero si solo se queda con eso, con cancioncitas, acaba siendo sustituido por otras cancioncitas con otras emociones más intensas. Por eso la búsqueda de la fe debe tener muchas más dimensiones vitales. Todas tienen la característica común de que deben ser vividas en comunidad, pero desde dentro de nuestro estimado yo. Por eso, el acercamiento a actividades pastorales diocesanas, a órdenes religiosas como los monjes (o las monjas) franciscanos o benedictinos, o los jesuitas, puede ser un buen modo de seguir fomentando la incipiente fe surgida de las primeras emociones adolescentes. La oración es más que una canción y se aprende rezando. Suele ser una buena puerta de entrada a los sacramentos y a los rituales cuando nos sentimos llamados a ellos.
Cualquier forma de acercamiento a la trascendencia que no vaya revestida de peligroso sectarismo me merece todo el respeto
Una segunda dimensión es la acción social, fruto del compromiso con la vida de los demás. Existen multitud de formas de hacerlo; no entraré en detalle. Pero la fe sin compromiso con los demás también tiene poco recorrido. Una tercera dimensión es la propia formación espiritual adaptada a cada uno de nosotros. El camino de la teología debe ser la última etapa, ya que antes tiene que haber mucha curiosidad: un poco de antropología, de historia, de psicología, de neurología, de ciencia en general y, obviamente, de filosofía. Muchos son los caminos para llegar a una sólida formación religiosa. Y a cada época de la vida le puede corresponder una forma de estudio y de conocimiento más o menos adaptada a cada uno de nosotros. Pero por la razón también se llega a la fe.
Pero todo esto solo empieza a convertirse en una necesidad cuando nos enfrentamos a la muerte, verdadera medida de nuestra vida. El modo en que encaramos el misterio de la muerte de los demás o de la proximidad de nuestra muerte marca definitivamente nuestra manera de relacionarnos con la trascendencia. Todos pasaremos por ella tarde o temprano. Y a todos nos preocupa la muerte, por más que evitemos hablar mucho de ella. En la intimidad, nuestro yo forjado con penas y gloria se enfrenta a la última pregunta: ¿se acaba todo? No sabemos a ciencia cierta cómo nos enfrentaremos a ella. Pero sabemos que todo lo que nos hayamos preparado, todo lo que hayamos amado, todo lo que hayamos vivido a fin de bien, nos podrá ayudar. También las emociones de los primeros años, la emotividad de la primera noche de luna llena vivida en contacto con el cielo infinito, del primer kumbayá o el primer sacramento bien recibido. Debemos dejarnos acompañar en el camino de la vida eterna que vislumbramos cuando nos acercamos al misterio de Dios. Es en el acompañamiento de los demás que podemos convertir el deseo de infinito en amor de Dios. Un Dios que siempre pasa, y vuelve a pasar, como decía mosén Ballarín, un grandísimo acompañante. Un Dios presente en todas las cosas, como dice san Ignacio, acompañante de acompañantes por excelencia.
