En julio de 2015 el presidente Obama recibió en el despacho oval de la Casa Blanca a Nguyen Phu Trong, secretario general del Partido Comunista, que dirige políticamente Vietnam con mano de hierro y despreciando sistemáticamente los derechos humanos. Fue una deferencia poco habitual reservada para jefes de Estado de países aliados o de grandes potencias.

El presidente Biden ha pactado con los talibanes la retirada de las tropas occidentales de Afganistán, y la canciller Angela Merkel ha dejado claro que ahora los interlocutores afganos serán los mismos milicianos que hace unas semanas eran enemigos encarnizados.

En cuanto a Vietnam, el interés de Obama era, entre otros asuntos, el acuerdo comercial transpacífico ante el adversario común, China. En cuanto a Afganistán, ahora el enemigo común es el Estado Islámico (ISIS). Los talibanes solo aspiran a gobernar su país a su bárbara manera, mientras que ISIS no es un movimiento nacional, sino que pretende establecer una plataforma para expandir la yihad por todo el mundo a base de terrorismo con comandos suicidas. En Occidente preocupa más esto último que las crueldades cometidas por los talibanes en su casa.

Provoca náuseas hablar de dinero al referirse al coste de una guerra en la que perdieron la vida 2.448 soldados del Ejército de EE.UU. y más de cien mil afganos. Aún así el departamento de Defensa de Estados Unidos ha reconocido que la guerra ha costado —¡¡muertes aparte!!—  815.000 millones de dólares. Un trabajo más preciso de investigadores de la Brown University (Providence, Rhode Island) eleva la cifra a 2.313.000 millones de dólares. Y todo para conseguir prácticamente un único objetivo, la delación que propició la localización y posterior eliminación de Osama Bin Laden.

La guerra de Afganistán ha dejado claro definitivamente que la democracia no es exportable con la fuerza de las armas. Como declaró la propia canciller Merkel, "es necesario poner fin a la política irresponsable de intervenir desde fuera y construir en otros países la democracia ignorando las tradiciones de los pueblos".

Los conflictos se pueden alargar veinte años, como la guerra de Afganistán, pero al final la única salida solo puede llegar forzada por los intereses comunes de las partes enfrentadas. Solo se trata de identificarlos

De hecho, fue Donald Trump quien marcó una inflexión en las relaciones internacionales al renunciar explícitamente al liderazgo moral de los Estados Unidos, bajo el eslogan America first. Boicoteó los acuerdos planetarios contra el cambio climático y el acuerdo nuclear con Irán, y prescindió absolutamente de la categoría moral de sus interlocutores, como puso de manifiesto la imagen de Trump propiciando en 2019 un encuentro amistoso y festivo con el líder norcoreano Kim Jong-Un.

Todo ello ha supuesto en el mundo entero una pérdida de conciencia democrática, que deja indefensas a las mujeres afganas, a los demócratas de Hong-Kong, a los refugiados sirios y a los inmigrantes africanos, que solo pueden confiar en el apoyo cada vez más difícil de las organizaciones filantrópicas civiles.

Los valores democráticos se han diluido como referencia, al tiempo que regímenes tan autoritarios como los de China y Rusia han emergido reivindicándose tan legítimos como cualquier otro. La razón ha perdido fuerza. Y como consecuencia crece el cinismo.

Ahora todo el mundo se escandaliza por la retirada de tropas de Afganistán, sobre todo por la condena que supone para las mujeres que tendrán que vivir un auténtico apartheid bajo el régimen talibán. Sin embargo, sin burka pero con jilbab o abaya, la vulneración sistemática de derechos humanos por el hecho de ser mujeres se practica sistemáticamente en países árabes que Occidente considera oficialmente amigos.

Efectivamente, las relaciones políticas globales, regionales o nacionales no están determinadas por los principios, sino por los intereses y no se establecen nunca con el interlocutor preferido, sino con el que la realidad impone. Estados Unidos considera aliados países que en el fondo detestan profundamente como Pakistán o Arabia Saudí, porque tienen intereses y enemigos comunes.

Esto vale para todo y en todas partes. También para los asuntos domésticos. Con un escenario mundial tan incierto, conflictos locales, como la cuestión catalana, difícilmente encontrarán una preocupación de dimensión internacional para que un árbitro externo venga a resolverla. Los conflictos se pueden alargar veinte años, como la guerra de Afganistán, pero al final la única salida solo puede llegar forzada por los intereses comunes de las partes enfrentadas. Solo se trata de identificarlos.

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