La temida palabra de orden apunta con firmeza. Será la palabra de la temporada otoño-invierno 2018-2019. Por cómo algunos entienden hacer política, hacerla es convertirse, no sé sabe en virtud de qué, en guardianes de las esencias y repartir cédulas de lealtad. Lo peor no es que a uno lo tilden de traidor, cosa en sí durísima. El mal radical es la parálisis de quien teme ser tildado de traidor. Se crea un círculo vicioso en que los motores son la exaltación y el miedo. Existen malas combinaciones en la vida. Esta lo es tanto que vale la pena recomendarla a los enemigos, no a los propios.

El 1-O ha puesto de manifiesto la capacidad ciudadana de alcanzar hitos impensables hace muy poco tiempo. La gestión institucional de este enorme capital no ha sido la más acertada, como ya se vio después del 3-O. Se han cometido errores no forzados, lo que ha causado frustración. Porque la clave que explica el malestar que vivimos no es otra que la frustración. A pesar de las enormes dificultades que sufrimos —presos, exiliados, represión, guerra sucia, intervención económica latente... —, la frustración popular es patente y preocupante. Porque íbamos de farol, porque la base no es lo bastante grande, porque el Estado todavía es demasiado fuerte, porque, una vez más, los que nos miran con simpatía no hacen más que eso, mirar... La victoria tiene un solo padre o madre, el fracaso es huérfano.

Quien estuvo a la altura, indudablemente, fue la ciudadanía: los que fueron a votar, porque, votaran lo que votaran, se jugaron el tipo. Los que se quedaron en casa, legítimamente, faltaría más, no produjeron ningún tipo de acoso y, menos todavía, de violencia. Eso hay que tenerlo siempre presente. El comportamiento cívico y pacífico sí es una virtud cardinal transversal. Algunos excesos no descalifican un comportamiento popular ejemplar. Gamberradas aparte, paz cívica. Y por muchos años, por favor.

Más allá de la ciudadanía, el resto, la política institucional, falló: no calculó los riesgos, ingenuamente creía que doblegaría al Estado y que la República Catalana sería recibida al sonido de la Heroica en la comunidad internacional. Aunque se tenía en frente a un Estado escuálido políticamente, arrinconado internacionalmente, con un jefe de Estado alejado de su función constitucional de arbitraje y moderación, no se consiguió, con la máxima fuerza hasta entonces acumulada, saltar la valla.

Un año después, con 155 de bonus track, es hora de olvidar la retórica y de hacer política. Hacer política no quiere decir hacer autonomismo como algunos dicen: hacer política es servir a la ciudadanía. Sin olvidar hitos, pero sin olvidar a quién se sirve. La eterna tensión entre táctica y estrategia. Y, lo más importante, sin dejarse pillar con los meados encima.

Creer que la república ya existe o está a la vuelta de la esquina, más aún que hace un año, no parece, para un observador independiente, un buen análisis de la realidad. Lo que no significa que, si se resitúan las fuerzas, el impulso de hace un año tenga que irse al garete. Es el momento de la política, de la Política, mejor dicho. No parece juicioso repetir errores del pasado más próximo: ya basta de la tête contre le mur.

Redefinir estrategias, siempre orientadas hacia el fin que más apoyos concita en la sociedad catalana, que es la independencia, se diría que es lo que toca. Por lo tanto, si el fin se mantiene y cambian los tempos y los tonos, es una cuestión política, no de traiciones. En este momento, con generosidad, dentro y fuera, hace falta juntar fuerzas y tener bien presente el objetivo: ahora y aquí es el hito, no el camino. El hito es el esencial; el camino, aleatorio y, si se me permite, oportunista.

Sin embargo, el camino tiene que estar lleno a tope de res pública. Y la verdad, si se me vuelve a permitir, la Inquisición, repartiendo capirotes a diestro y siniestro, es lo más antirrepublicano que se pueda imaginar. Hace falta no etiquetar para despreciar y expulsar. Hace falta, si se me permite por tercera vez, hacer más piña que nunca en torno a un Govern fuerte. Hace falta, pues, acabar de construir este Govern sólido y espolearlo para que actúe. Tendría que ser su momento. La ciudadanía ya ha hecho demasiado y bien.

Joan J. Queralt
opinión Lo de siempre, señoría Joan J. Queralt