Abramos el ángulo. Salgamos de lo doméstico. Encaremos el progreso.

Hace dos semanas y pico fue el 75º aniversario del frustrado golpe ―como todos los precedentes― contra Hitler del 20 de julio de 1944.

Por muchas razones, desde una estudiadísima represión inicial contra socialistas y comunistas, hasta de la intelectualidad disidente y de los judíos, víctimas por partida doble, también por su raza ―¿las personas tienen raza?―, la resistencia alemana contra Hitler no ha generado tantas páginas gloriosas como la resistencia francesa, noruega, checa, polaca o, incluso, italiana.

Sin embargo, en círculos militares, visto el rumbo de la guerra ―mientras la guerra va bien, los militares de todas partes se suman a ella―, surgió un cierto movimiento antinazi. El ejecutor material del atentado fue el coronel Von Stauffenberg ―nada que ver con el guaperas hollywoodiense de Cruise―, un hombre quebrado por los estragos de la guerra. Su parche ocular y la falta de un brazo son una muestra de ello. Además era un aristócrata bávaro de familia refractaria al nazismo, a pesar de ser profundamente conservador.

¿Cuándo hay que rebelarse? Cuando seguir obedeciendo convierte al sujeto en cómplice de la injusticia

Todos sabemos cómo acabó el atentado del 20 de julio de 1944 en el cuartel general del führer, en Rastenburg: fue un fracaso, y los responsables, juzgados por un denominado tribunal popular presidido por Roland Freisler, fallecido en 1945 en un ataque aéreo sobre Berlín y juez penal puntero del nazismo. En internet se pueden ver memorables fragmentos de audio de los noticiarios de la época de cómo se conducía el juicio. Finalmente, los condenados ―ya lo eran antes de entrar en la sala― lo fueron a muerte y, en consecuencia, sentenciados a ser colgados con cuerdas de piano.

Un episodio dramático, documentado literal, museística y cinematográficamente, no siempre con la mejor fortuna, pero altamente indicativo para Alemania. Y para la humanidad.

En efecto, en determinados momentos, incluso quien es incondicional de la disciplina, el orden y la obediencia, se tiene que rebelar contra el sistema del cual forma parte. ¿Cuándo? Tema difícil, sin duda, pero de acción política práctica. Una buena respuesta la tuvimos muy cerca. Lo dijo la canciller Merkel: hay momentos en que la desobediencia es un deber. Y lo dijo, como resaltó el redactor en jefe de corresponsales de la Agencia Reuters, Andreas Rinke, en una ceremonia con cadetes militares alemanes.

Esta es una cuestión filosófica y política, ciertamente. Pero como todas las cuestiones morales fundamentales, es una cuestión eminentemente práctica, nada nueva por otra parte, y de primer orden: ¿cuándo hay que rebelarse? Cuando seguir obedeciendo convierte al sujeto en cómplice de la injusticia. La cuestión moral capital no es obedecer, sino cuándo desobedecer.

Ejemplos tenemos para dar y tomar. Y muy cerca. Obviamente no se trata de adoptar decisiones drásticas como la de Von Stauffenberg u otros héroes, sino, conociendo la historia, actuar antes de que llegue el cataclismo. Desobedecer, pues, es un valor moral máximo. Por eso, como en julio de 1944, desobedecer es un modelo de resistencia.

Joan J. Queralt
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