Para ganar unas elecciones es muy importante que el electorado tenga pocas luces y la autoestima un poco dañada. Supongo que por eso ya les va bien que el sistema educativo en España haga aguas, que la mayoría de la gente dependa de ansiolíticos y de antidepresivos para levantarse cada día de la cama y que la comprensión lectora de las nuevas generaciones sea casi nula. Cuando de lo que se trata es de manipular y de hacer trucos de magia para que el electorado te vote, lo mejor que puede pasar —o lo que hay que intentar— es que la gente no tenga mucho tiempo para pensar y para hacerse preguntas. Esto Pedro Sánchez lo sabe muy bien, y también sabe muy bien cómo manipular el relato para que él siempre aparezca como la víctima y el salvador de los pobres y el resto de candidatos se conviertan en los malvados que hay que combatir; es decir, en la extrema derecha. Con esto no estoy diciendo que los otros sean mejores que él, solo digo que ni unos ni otros son lo que dicen que son, sino más bien todo lo contrario. Cuando alguien habla muy bien de sí mismo, normalmente hace todo lo contrario de lo que dice que hace. A una persona honesta no le hace falta pasarse noche y día vendiéndote una moto: sus actos ya hablan por sí solos.
Cuando la política se convierte en un patio de colegio en el que los candidatos se tiran dardos y se dan puñetazos para ver quién cae primero, la única salida no es votar al mal menor (teóricamente el PSOE, pero no sé quién ganaría en casos de corrupción y de políticas desastrosas), es negarse a votar y hacer limpieza de corruptos y de ineptos. Imaginaos que a un niño lo hicieran elegir entre su padre, que abusa de él, y su madre, que lo humilla y lo pega cada día sin ningún motivo lógico. ¿No os parecería absurdo que eligiera a uno y que no lo apartaran de esos padres maltratadores? Pues esto es lo que se nos pide a los electores.
Cuando la política se convierte en un patio de colegio en el que los candidatos se tiran dardos y se dan puñetazos para ver quién cae primero, la única salida no es votar el mal menor, es negarse a votar y limpiar de corruptos y de ineptos
A Pedro Sánchez, a pesar de los casos de corrupción que lo rodean y a pesar de que ha sido durante su gobierno que los precios de los alquileres han sido los más altos de la historia, no le ha temblado el pulso para adelantar las elecciones generales y convertirlas en un plebiscito sobre el estado del bienestar y la vivienda, es decir, para presentarse como el salvador de los pobres (los mismos a los que sus políticas han empobrecido) y como la única alternativa posible. O me elegís a mí, el salvador de los pobres, o nadie os protegerá: "Frente a sus áticos, sus recortes y su servilismo a las élites, nuestro compromiso con la gente: vivienda asequible, servicios públicos y derechos sociales. España tiene que seguir avanzando y, para eso, necesitamos que la ciudadanía amplíe nuestra fuerza en el Parlamento. Toca movilizarse. Toca pelear. El 29 de noviembre vamos a hacer historia. Otra vez". Como veis, hay que tener muy pocas luces para no ver lo perverso —y ridículo a la vez— que es lo que dice en este tuit. Provoca el problema y luego se presenta como el salvador del problema. No es que le preocupe que la gente pobre no tenga un hogar tan humilde como el suyo y el de la gente de su entorno más inmediato y que quiera salvar a todos los inmigrantes de las garras de lo que él —y toda la extrema izquierda— llama extrema derecha, es que le aterra perder su estatus social, que los casos de corrupción le estallen en la cara y que lo aparten del escenario público. Para ganar unas elecciones, hacen falta votantes, y si te vendes como un salvador de los pobres, te hacen falta pobres para que te voten. Así pues, por un lado, hay que empobrecer a la población e importar tanta como sea posible, y por el otro, hay que crear un relato en el que él sea la Caperucita Roja y los otros el lobo.
Un ejemplo de esto, y que se ha presentado como una gran estrategia de Pedro Sánchez, más que como un acto de perversidad, son los decretos de vivienda que se ha sacado de la manga para desviar la atención de su mal gobierno y para presentarse —como era de esperar— como una víctima que lo único que quiere es luchar contra el monstruo de la extrema derecha (que se inventa casos de corrupción de su partido y de su entorno familiar) y ayudar a los más desfavorecidos. Y para conseguirlo ha metido a Junts en un callejón sin salida: tanto si votaban a favor de los decretos como en contra, ganaba el PSOE y perdía Junts. Si votaban en contra, quedaban como los malos de la película —o del cuento, siguiendo la historia de la Caperucita Roja— y Pedro Sánchez como el héroe; y si votaban a favor, el PSOE conseguía su objetivo de sacar adelante los decretos y conservaba el estatus de salvador de los pobres. Jaque mate. Ha conseguido convertir el 29 de noviembre en un plebiscito en el que la gente tendrá que elegir entre el lobo disfrazado de Caperucita Roja o el lobo. A ver si la gente ve las orejas al lobo y las cosas cambian un poco. No hay que perder nunca la esperanza.