Esta mañana hemos vuelto a ver aquellas caras que sólo vemos desayunando. Personas que asociamos a nuestro café, o al bocadillo con el café con leche, o a la pasta y el cortado nuestros de cada día. Porque desayunar en el bar es un ritual que nos construimos a medida para ser felices. Es la cotidianidad necesaria para sentirnos protegidos. Y, sobre todo, es nuestro camarero o camarera. Aquel "¿lo de siempre?" acompañado de un gesto de acogimiento que es como el retorno en casa de los abuelos, un lugar donde siempre éramos felices. Es una cajita a medida donde nos refugiamos para sentirnos vivos. Una barra de bar a la hora del desayuno no admite malas caras. Es optimismo puro. Es el último que llega haciendo un comentario que el resto de la barra acoge regalando una sonrisa compartida. ¿Usted ha visto alguna vez a alguien discutir con amargura desayunando en una barra de bar? ¿Verdad que no? ¡Pues viva el retorno a la vida!

Y con este panorama y las noticias positivas sobre vacunas, hoy en vez de ser lunes parecía jueves, aquel día donde empezamos a pensar que ya sólo falta el viernes y ya estamos en el fin de semana. Hoy sí que nos miramos el futuro un poquito mejor. ¡Ojo, con moderación, que somos catalanes! Seguimos en el fondo del pozo, pero hemos levantado la cabeza y hemos visto que arriba de todo, en el agujero por donde nos caímos, hay luz. Y también hemos visto que hay una cuerda que llega hasta donde estamos y que con tiempo y mucho sudor, podremos utilizarla para ir subiendo por la pared. Si volveremos a la superficie llenos de rasguños, con alguna fractura o más o menos enteros es una cosa que todavía desconocemos. Y, de hecho, cuando estás en un pozo, eso preocupa poco. Porque es aquello del "primero salimos y después ya veremos".

Pero allí abajo, con nosotros está la política del siglo XXI, esta que permanentemente nos quiere vender un elixir milagroso que nos convertirá en seres con una vida irresistiblemente maravillosa. Por lo tanto, con nuestro optimismo ha llegado también el humo creado por sus vendedores profesionales. "¡Vengan, vengan a mí, señoras y señores que en cuatro días estaremos todos vacunados y adiós virus! ¡Yo se lo garantizo! ¡Cien mil millones de puntos de vacunación y un bolígrafo de regalo! ¡Síganme y verán cómo llueven las lubinas y la quinoa! ¡Bueno, y las vacunas, claro! Y, sí, claro que pronto empezarán a llegar las vacunas. Y después de meses hundidos en la miseria, esta es una gran noticia. Pero eso no sucederá mañana. Ni pasado mañana.

Yendo bien, ahora mismo el calendario es: final de enero 1.ª dosis de 175 mil vacunas. Finales de febrero, 2.ª dosis. Y después, hace falta que hagan su efecto. Estamos, poco más o menos, a finales de marzo. Y son 175 mil catalanes de siete millones y medio. Digamos que es un porcentaje escaso, comparable al de goles por minutos jugados de Griezmann. Y, sí, llegarán vacunas de otros laboratorios, y serán monodosis, y no habrá que guardarlas como si fuera una ración de pulpo de La Sirena, y eso de los tests| de antígenos se supone que ayudará... Sí, sí, que la perspectiva es buena, pero esto no se ha acabado. Ni el virus ni que nos traten como chiquillos.

Pedro Sánchez es listo, muy hábil y está hecho de corcho, cosa que hace que siempre flote. Y es el rey en la construcción del relato. De ser el responsable de una gestión tan frívola como nefasta que ha convertido España en uno de los países del mundo con más muertos por millón de habitantes hemos pasado a que ahora el marrón se lo coman las autonomías. Y no sólo eso, sino que él se nos presenta como el gran gestor gracias al cual nos vacunaremos.

Se acuerda cuándo al principio de todo decíamos cosas como "todo irá bien" o "el mundo cambiará a mejor". Pues serán dos frases llenas de buenos propósitos que quedarán escritas en hojas de papel enganchadas en la pared de la clase de los delfines. Y lo peor es que en la clase de los delfines estamos usted y yo, y nos creemos que no, que ya estamos en la clase de los mayores.

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