Usted y yo del virus sabemos poco, pero de la gestión que están haciendo empezamos a ser unos expertos. Y unas expertas. Por experiencia. Básicamente. Porque después de siete meses observando los mismos trucos, acabas viendo alguna de las trampitas. Y una de las más evidentes es que nunca nos acaban de decir toda la verdad. No fuera caso. Nos administran las malas noticias. Nos las van dando poquito a poquito. Tacita a tacita. A ver si nos dan un golpe de cabeza con la realidad de la vida, tenemos un gran disgusto, acabamos llorando y de mayores tendremos un trauma. Pobrecitos. Y pobrecitas.
Es la infantilización del debate político que se resume en el "Todo irá bien". Mire oiga, no. No, todo no irá bien. De hecho, para miles de personas todo está yendo fatal. Ya ahora, cuando no llevamos ni la mitad de la travesía del virus. Y sólo citaré tres ámbitos: 1/ los que han perdido a un ser querido del cual no se han podido ni despedir, se han despedido por teléfono o lo han enterrado en la clandestinidad, 2/ los que DESDE MARZO todavía no han cobrado ni un euro de los ERTE y 3/ los que han tenido que cerrar definitivamente su negocio y ni ERTE, ni paro, ni indemnización y, además, las deudas. A todos ellos (y ellas) ahora van y les dicen que todo irá bien. Por el forro.
Es Pedro Sánchez saliendo a explicar nada con cara muy afectada y a cascarnos una chapa sin final repitiendo frases que triunfarían en una merienda de homenaje a Paulo Coelho con triángulitos de pan de molde con paté y sobrasada de tubo. Pero es que ni ahora es hora de merienda, sino de afrontar una crisis nunca vista, ni él es Paulo Coelho. En principio. Aunque hay días que no podría asegurarlo.
Es esta necesidad que tenemos de sentir lo que afianza lo que ya pensamos. O creemos que pensamos. Nos construimos una burbuja hermética donde todo lo que hay dentro nos da la razón y donde no permitimos que entre nada que nos importune. ¿Qué pereza que alguien te desmonte tu ficción, verdad? Si con el virus hiciéramos igual, hace medio año que lo habríamos erradicado. Totalmente. Y, claro, si sólo oímos lo que nos gusta, acabamos pensando que el mundo es como nosotros queremos que sea. Y creemos que es. Y cuando pasan cosas que lo desmienten, cogemos una rabieta de niño maleducado. Y de niña maleducada. Maldita realidad, ¿qué injusta es, verdad?
Y, en definitiva, es no querer aceptar que existe el no. ¿Quién es usted para decirme a mí lo que puedo hacer y lo que no? ¿Mascarilla? Se la pone usted, que no sirve para nada, que me lo ha dicho uno mientras estábamos fumando y bebiendo un café para llevar sentados en un banco situado a la puerta del bar. Que lo ha visto en un chat de whatsapp de padres de la escuela de su niña mayor. ¿Que no vaya al Montseny? Cada fin de semana. Y no voy más porque no puedo. Que todo esto es para engañarnos, para controlarnos y un experimento para acabar con nuestra libertad. Pero a mí no me engañan, que soy muy listo.
Y resulta que somos tan listos que los que nos mandan nos han visto venir de lejos y nos tratan como lo que somos realmente. Porque es que en el fondo es lo que queremos. Golpecitos en el lomo y ay pobrecitos. Y de esta manera se genera una rueda de infantilismo entre los unos y los otros que gira sin final y que tiende a ir siempre montaña abajo. Hasta el acantilado. Y abajo nos esperan cocodrilos y peces pacú o muerde-testículos. Y hambrientos.
¿Se acuerda de aquel otro paulocohelismo titulado "De esta saldremos mejores personas?". Pues la frase que se ajusta más a la realidad de ahora mismo sería una parecida a "De momento, de esta saldremos todavía más infantilizados".