Es imposible que lo que sucedió este domingo delante de la estatua de Colon de BCN suceda en cualquier otra ciudad europea normal de ningún otro país europeo normal. Y si llegara a suceder, sucederían cosas. Pero aquí no, aquí con según quién nunca sucede nada. ¿Y qué sucedió? Pues que un grupo de chicos y chicas, muy majos ellos (y ellas) exhibieron cruces gamades, hicieron saludos fascistas y gritaron repetidamente Sieg Heil. Con la calma. Y cuando tuvieron suficiente, se fueron tranquilamente a su casa. Como quien acaba de manifestarse para reivindicar un semáforo o un carril patinete.

Pero, ¿sabe una cosa? Manifestarse luciendo simbología nazi y que no pase nada no es lo peor de esta historia, a pesar de ser muy bestia. Lo peor es la comparativa. Sobre todo con respecto a la impunidad. La que siempre tienen los mismos. En esto pasa como cuando en tu casa se va la luz, abres la puerta para comprobar si los vecinos tienen y cuando confirmas que sí, exclamas "es de ellos". Pues la impunidad siempre "es de ellos".

En España puedes ser detenido y estar en prisión preventiva durante un año (de momento) acusado de atentado contra la autoridad y de desórdenes públicos y, en cambio, por reventar un acto cultural institucional, tirar gases y agredir algunos de los presentes puedes ser juzgado, sí, condenado, también, porque no tenían más remedio, evidente, pero seguir en libertad. Por supuesto. Y durante muchos meses. Claro, el primer caso es el de Daniel Gallardo, detenido el 16 de octubre del año pasado en Madrid después de una manifestación de apoyo a los presos políticos catalanes. Lo acusan de atentado grave contra la autoridad y desórdenes públicos y si todo va bien lo juzgarán el mes próximo. Pero de momento ya hace un año que está en Alcalà-Meco. El segundo es el del caso Blanquerna, una inmensa e inexplicable vergüenza que ha desnudado el sistema. Y no pasa nada. ¿Qué tendría que pasar, verdad? Son de ellos.

Impunidad total, como la del caso de Guillem Agulló, de actualidad gracias a la película que explica la historia de una vergüenza. Pedro Cuevas fue condenado a 14 años de prisión por asesinarlo de un navajazo. Cumplió cuatro y lo dejaron en libertad por buen comportamiento y porque el tribunal consideró que los hechos no tenían ninguna implicación política y era una riña entre juventud. Nada, que el uno era neonazi y el otro indepe y recibió el indepe, pero ya se sabe los chiquillos, verdad, juegan y a veces se hacen daño sin querer. Por cierto, ¿le suena el caso de los jóvenes de Altsasu? ¿Recuerda que aquello no fue una vulgar riña de bar entre juventud porque, claro, resultó que unos de los bandos lo formaban unos jóvenes que eran guardias civiles? Pues estamos allí mismo.

Total, que si los nazis que se manifestaron el domingo tranquilamente en BCN hoy quisieran volver a manifestarse, podrían hacerlo sin ningún problema. Sólo faltaría. Y si les apeteciera con una alfombra. Eso sí, con una foto del campo de Auschwitz para que pudieran pisarla convenientemente. No fuera que tuvieran un disgusto. Pobrecitos.

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