Antes de que al espabilado de turno se le ocurra reprochármelo: sí, quien escribe ha sido tertuliana de verano en El món en RAC1. De hecho, pienso que es precisamente porque he mojado pan en la yema del huevo que quedo más o menos autorizada para escribir sobre ello. Y es precisamente porque este año no han contado con servidora que puedo escribir sobre ello dejando los escrúpulos atrás, consciente de que publicando esta columna no volverán a contar conmigo. Como quien corta con el ligue de fiesta mayor porque sabe que no tiene futuro, agacho la cabeza y acepto que ha llegado la hora de los adioses.
Asumiendo —generosamente— que mi público lector sois gente más o menos despierta, quienes tenéis la bondad de leerme asiduamente debéis haber constatado que, este año, las tertulias de verano en Can Godó son especialmente torpes. El género en sí mismo ya no es muy agradecido. Durante una hora tienes que lubricar una conversación sobre las cuestiones más insignificantes de la actualidad y alcanzar dos metas: que parezca que te importa lo suficiente y que, en consecuencia, el oyente lo acabe considerando importante. Son tertulias que orbitan alrededor de la premisa de que en verano, para el bienestar de los oyentes y de la radio misma, no se debe hablar de política —o no mucho— si no es estrictamente necesario. El baremo de "necesidad" es la impresión que causaría no hablar de ello, esto es, hasta qué punto sería obvio para quien escucha que no se está hablando del tema intencionadamente. Se asume —a mi parecer, de manera equivocada e incluso interesada— que el oyente quiere esparcimiento y banalidad, y que la función del tertuliano es la de hacer pasar la conversación banal por conversación verdaderamente trascendental. Si cuando estás metido ahí todavía te queda una pizca de criterio, es lo que —hablando en plata— llamaríamos una putada.
Durante los veranos que estuve allí, el perfil de tertuliano fue virando porque el país también lo ha hecho. La prioridad en la selección la marca la necesidad y la voluntad que el tertuliano potencial tenga de estar: a grandes rasgos, les va bien gente más bien joven, que quiera el dinero —que no es mucho—, y lo suficientemente agradecida de estar ahí para no cuestionarse el sistema. Y para no cuestionarse, tampoco, cuál es el verdadero rédito laboral que sacas de estar un viernes a las nueve de la mañana hablando del estrés hídrico de las palmeras de Barcelona como si supieras algo del tema. Si eres un periodista joven intentando labrarte una carrera profesional, poder poner en la bio de X que participas en la tertulia de verano de RAC1 te da un cierto estatus. O, como mínimo, eso te piensas de entrada y de eso se aprovechan. En cuanto a los pepinos, hablar de las condiciones de los colaboradores públicamente puede costarte tu plaza en la mesa. Y, si no, que se lo pregunten a Miquel Bonet, a quien con la temporada empezada le comunicaron que no hacía falta que fuera más. Bonet hizo tuit refiriéndose a las condiciones de los colaboradores en términos de "semiesclavitud", y la desobediencia, la amenaza de escándalo y la polémica, en un contexto en el que el premio —continuar en la mesa— siempre se lo lleva el más pelota de la tertulia, no se perdona.
No pudiendo silenciar la conversación política con la severidad que les haría falta, han decidido matarla de aburrimiento para que no hablar de según qué parezca siempre la opción lógica. Y para que aspirar a nada más parezca imposible
La obsesión por los perfiles bajos, por la excusa de que "en verano la actualidad es otra", y por las escaletas que preferente y preventivamente no tengan potencial para desembocar en un conflicto entre tertulianos con la cuestión nacional por objeto, entronca con el viraje del país al que me he referido anteriormente. En un contexto político de retroceso, el sistema se repliega sobre sí mismo para protegerse. Haciendo un recuento rápido de los tertulianos que este verano han pasado por el programa, cuento seis o siete abiertamente independentistas. Escribo esto asumiendo que mis lectores entienden que las tertulias —todas— funcionan por cuotas. Seis o siete de una veintena. Exceptuando los lunes, en el resto de tertulias de la semana los tertulianos que podríamos identificar como independentistas o, sencillamente, como trabajadores para medios de matriz catalana, están siempre en minoría. Un abanico de temas banales y preferentemente despolitizado —que en realidad es desnacionalizado—, unos tertulianos lo suficientemente halagados por el hecho de estar allí para excusarlo y una mayoría de participantes predispuestos políticamente a dirigir la conversación como si el conflicto con el Estado español, o la cuestión catalana, o como queráis referiros al hecho de que somos una nación ocupada y minorizada, no existiera. Una de las lecciones más importantes que nos ha legado el fracaso del procés es que en todas partes, cuando se ha hablado de despolitización, se ha procedido a la desnacionalización.
Hay días, sin embargo, que la actualidad es más fuerte y desgarra el entramado de factores que hacen que las tertulias de verano en Can Godó sean soporíferas y adocenadas. Hay días en que hacerse el sordo saldría más caro que no hacerlo. La última —o una de las últimas— vez que servidora participó —desafortunadamente— como tertuliana, el asunto que ocupó la conversación fue el de la heladería Dellaostia de Gràcia y la discriminación lingüística que había sufrido una clienta catalana. Se hablaba demasiado para no hablar de ello. En un exabrupto poco representativo de lo que es la aversión al conflicto flagrante que practico en mi vida privada, me encaré de manera frontal y enfadada durante un rato bastante largo al tipo de contertuliano catalanófobo que quería convertir pegar carteles en violencia. Yo también Tinc una bèstia dintre meu. Aquel fue el penúltimo día —si no el último— que servidora pisó el estudio de RAC1.
Asumo el riesgo y las críticas que puedan desencadenarse de publicar esta columna una vez desterrada del tertulianeo y, sobre todo, por no haber salido de ahí por voluntad propia y de manera consciente. Asumo el riesgo de que se lea como una rabieta. Podría no haber escrito esta columna y nadie se habría dado cuenta. He elegido escribirla haciéndome cargo de entrada de los precios que me tocará pagar, sin embargo, porque pienso que el poder se incuba y se hace grande en los silencios. Y porque si el oyente hace semanas que se pregunta cómo es posible que el nivel en la radio más escuchada del país sea tan bajo, pueda encontrar alguna respuesta en este humilde rincón de la opinología. Del mismo modo que me conforta pensar que no estoy loca por ver intencionalidad política en alguno de los episodios aquí expuestos, me gustaría ofrecer este mismo confort a los lectores que hace semanas, o meses, o años que se preguntan cómo es posible que las tertulias del país sean las que son: no estáis locos. Mi intuición es que, no pudiendo silenciar la conversación política con la severidad que les haría falta, han decidido matarla de aburrimiento para que no hablar de según qué parezca siempre la opción lógica. Y para que aspirar a nada más parezca imposible. Y sospecho que esta misma premisa es válida para gran parte del sistema de medios, y no solo para el programa que esta columna ha usado de ejemplo.
