El verano tiene algo maravilloso: la evasión. Desconectamos de la rutina. Nos sentimos más libres para actuar con cierta desinhibición, más aún si viajamos fuera: como nadie nos conoce, tendemos a hacer aquello que, por pudor o temor, en casa no haríamos. Hay una adrenalina especial en ser un poco salvajes y de vez en cuando es de lo más saludable, si no fuera porque esta desvergüenza no siempre se asocia a disfrutar y ya. A menudo, demasiado, esta emancipación estival va acompañada de un incivismo repugnante.

Con lo que llevamos del mes de junio, he visitado playas, ríos y montañas diversas, desde el Empordà hasta el Delta de l'Ebre, y no ha habido día que no me encontrara colillas, defecaciones, papel higiénico (que lanzado en medio de la naturaleza es lo más antihigiénico del mundo), tampones, plásticos, latas, algún que otro gargajo y restos diversos. También perros sueltos sin control, que no tengo nada en contra de los animales, pero sí de los propietarios que no tienen suficiente cuidado. A ver si resultará que somos más pulcros en una manifestación (ni un papel en el suelo) que en medio de un parque natural.

Por no hablar de los vehículos mal aparcados en arcenes y caminos rurales o particulares, que a la gente caminar dirás que le da pereza y tiene que llegar a todas partes en coche, hasta la misma puerta. Después, claro, pagamos justos por pecadores y aquellas personas respetuosas que acostumbramos a viajar en furgoneta —una pequeña casa con ruedas— nos encontramos todo tipo de restricciones abusivas que nada tienen que ver con nosotros. Personalmente, acostumbro a dejar el lugar más limpio de lo que lo he encontrado porque no solo no dejo basura, sino que, por poco que pueda, me llevo la que otros han vertido. Nunca nadie sabe dónde he pernoctado porque no queda ninguna pista. Es evidente y triste corroborar que, allí donde se puede llegar en coche, la mierda se acumula con más facilidad.

Una cosa es perder cierta compostura y divertirse porque llega el calor y la otra es hacer guarrerías a diestro y siniestro porque, total, ya vendrá alguien a limpiarlo o porque, total, no estoy en casa y aquí no me conoce nadie

También nos encontramos espacios públicos invadidos por grupos de energúmenos que llevan altavoces a toda castaña (escuchando algo que, la mayor parte de las veces, no puede ser considerado música y pobre de ti que les digas algo) y caminos, senderos y charcos que antes eran tranquilos y ahora están apestados de un bullicio fruto de la moda de las fotos en Instagram, aquellas que desvelan un rincón secreto que, precisamente para ganar likes, deja de serlo. Absteneos de haceros los Indiana Jones de pacotilla y de haceros los descubridores de lugares recónditos por un puñado más de seguidores en redes. Si amáis aquel lugar —quizás aquí está el problema, que no lo hacéis—, disfrutad de él con calma y buena compañía, pero no presumáis excesivamente porque, entonces, la paz del paraje que pregonáis desaparece y provocáis el efecto contrario, y molestáis, además, a los vecinos que viven allí.

Hace falta más control, pero seguramente no sobran recursos, ni personal, o bien se destinan efectivos a cuestiones más productivas económica o mediáticamente. Tener que llamar la atención a los incívicos de turno no da demasiados puntos, ni es agradecido de hacer, pero el caso es que la sociedad lo necesita para protegerse de ella misma. Maldita paradoja. Harían falta más aparcamientos disuasorios, de pago, regulación de accesos, multas ejemplares, cámaras de seguridad, agentes informantes. Y, sobre todo, más educación. Quizás sí que cada vez busco más calma, pero una cosa es perder cierta compostura y divertirse porque llegan las vacaciones y la otra es hacer guarrerías a diestro y siniestro porque, total, ya vendrá alguien a limpiarlo o porque, total, no estoy en casa y aquí nadie sabe quién soy.

Al final resultará que sí, que la especie humana es el peor mal del planeta y que, cuando nos hayamos extinguido, la Tierra descansará en paz y respirará aliviada. Mientras esto no pase, viajemos, disfrutemos y desconectemos, pero, por favor, no dejemos rastro por donde pasemos. Por la naturaleza y por el resto de mortales que venimos detrás de los que no sabéis salir de casa. A los que tenéis responsabilidades políticas: no hagáis la vista gorda. A los sucios y necios: poned en la mochila una bolsita y luego llevaos vuestra porquería. Gracias y feliz verano a todos.