La función de un analista no es ser ni optimista ni pesimista, sino que es la de describir e interpretar la sociedad a partir de datos fiables, evitando (en lo posible) los sesgos de confirmación de las propias ideas.
Y cabe decir que, en este sentido, el sentimiento de declive asumido por muchos catalanes, y por muchos europeos, si tomamos un angular más grande, no es ni parece una alucinación. Se trata de un sentimiento racional, porque si uno tiene en cuenta indicadores objetivos, tanto económicos como educativos, por ejemplo, Catalunya retrocede en las clasificaciones estándares internacionales.
Pero una parte significativa de nuestros conciudadanos también considera que este declive es reversible. Y esto sucede porque el cuadro se ve más negro de lo que es. Y se ve más negro por varias razones: porque a la vez tenemos la imagen de una sociedad atomizada; reducida a la suma de unos individuos incapaces de construir una sociedad donde se sientan bien acogidos; incapaces, por lo tanto, de construir una nación. Pero la realidad es que siguen existiendo lazos, valores y objetivos, respecto de los cuales los catalanes todavía estamos mayoritariamente de acuerdo. Por lo tanto, debemos huir urgentemente de una visión catastrofista de nuestra sociedad y de nuestro mundo, porque esta visión no nos permite ver lo que va bien. Y, muchas veces, es más de lo que algunos querrían y, sobre todo, dicen.
Para realizar un análisis cuidadoso, debemos tener en cuenta que en este primer cuarto de siglo hemos atravesado tres crisis consecutivas: en 2001, el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, que supuso el desmoronamiento del orden mundial tal y como lo habíamos conocido desde la Segunda Guerra Mundial, lo que comportó la aparición del principio de vulnerabilidad occidental, hasta entonces inexistente. En el año 2008, estalló una crisis financiera que se llevó por delante muchas ilusiones personales y colectivas, y secciones enteras del sistema financiero. Y en 2011 atravesamos una fuerte crisis del euro, que hizo aparecer un miedo económico galopante y creciente. A todo esto (que no es poco) debemos añadir la globalización (en distintos ámbitos de la actividad humana) y una estratificación territorial de actividades, que, en nuestro caso, comporta salarios bajos y crisis de la vivienda.
Hay una base de valores comunes extremadamente sólida, y no es verdad que estemos en medio de una guerra de todos contra todos
Y también es cierto que hoy en día vivimos instalados en una simultaneidad inédita de crisis: el retorno de la guerra a Europa, la urgencia climática, el trauma de la Covid, el descenso espectacular y vertical de la demografía, la sumersión migratoria, los déficits públicos ya exponenciales y a la vez crecientes, etc., etc. Además, ante esta panoplia de situaciones adversas o no controladas, no disponemos de ningún manual de instrucciones. Las ideologías globalizadoras desaparecieron en el siglo XX, excepto quizás un cierto resurgimiento y readaptación del cristianismo (al menos, en el mundo occidental).
Uno de los mayores problemas que hay que añadir a esta lista de plagas son los ocasionados por los denominados “ingenieros del caos” (siguiendo la feliz intuición del político y ensayista suizo-italiano Giuliano da Empoli). Es decir, los actores políticos o mediáticos que instrumentalizan, según sus intereses, los tópicos repetidos hasta la saciedad del tipo “todo va mal” o “antes todo iba mejor”, que acaban de completar el panorama de una sociedad desorientada y enfadada.
Llegados a este punto, hay que dejar claro, sin embargo, que existe en nuestras sociedades ahora y aquí una demanda de autoridad, pero no de autoritarismo. La ansiedad social alimenta el deseo de un poder vertical que ponga orden, pero sin renunciar a la individualización. La gente no quiere tanto un hombre o una mujer providencial, como más bien un marco, unas reglas de juego que se cumplan y se hagan cumplir. Nuestras sociedades son demandantes de unas administraciones eficaces que garanticen la seguridad física y cultural, y en terrenos de juego acotados y limitados donde las personas puedan disfrutar de su individualismo, y de su deseo de interacción social, cuando se dé el caso.
Mientras tanto asistimos a un desfase entre las vivencias individuales y lo que las personas proclaman públicamente. De modo que se producen oscilaciones entre la nostalgia y el hedonismo, y se valora más lo que es local que lo que tiene una dimensión global. Vivimos ciertamente una época confusa, en la que el testimonio se impone a la pericia, la anécdota a la estadística, lo concreto al concepto, y lo íntimo a la política.
Pero existen palancas para la esperanza. Hay una base de valores comunes extremadamente sólida, y no es verdad que estemos en medio de una guerra de todos contra todos. La libertad y la democracia representativa son, aún, en general, valores innegociables, a pesar de las críticas justificadas que se formulan. La familia no está en crisis; la gente sigue confiando muy mayoritariamente en las empresas (sobre todo en las PYME): y se valoran colectivamente mucho nuestro modelo social y los servicios públicos que de él emanan.
Fortaleciendo esta base es como podemos salir adelante, y es aquí donde hay que hacer todo el trabajo para reforzarnos como sociedad compleja. Es esta fuerza la que nos permitirá salir del catastrofismo ambiente.