Me ha hecho gracia saber que Abel Cutillas y Jaume Clotet coincidieron en el MDT y que publicaban una revista que se llamaba Poble Insurgent, más o menos en la misma época en que Sílvia Orriols militaba en Estat Català. Entonces mis amigos de la Escola Súnion cantaban lo de “zubizarreta ETA ETA”. Yo ya era el más radical de todos y las consignas proetarras y las organizaciones extraparlamentarias me parecían una gilipollez, una absoluta pérdida de tiempo. Cuando Macià Alavedra me explicó que Jordi Pujol habría salido con el fusil si hubiera creído que podía defender así la libertad de Catalunya, lo entendí perfectamente.
No es casualidad que Pujol acabe la vida escarnecido y que Felipe González y José María Aznar, que le deben tantas cosas, se hayan hecho multimillonarios
Los radicales tienen mala fama en todas partes, pero en Catalunya todavía tienen más, porque no solo discuten las convenciones establecidas, sino que ponen al país en relación con su historia anterior a la formación de España. Cuando emergió Primàries, lo primero que hicieron los periódicos del sistema fue acusar a Jordi Graupera de ser de ultraderecha. Después, Graupera colgó la etiqueta de fascista a Orriols con un cegamiento que solo se explica por las confusiones que crea la presión política y por el valor que los premios de consolación han adquirido en la tradición catalanista. No es casualidad que Pujol acabe la vida escarnecido y que Felipe González y José María Aznar, que le deben tantas cosas, se hayan hecho multimillonarios.
Desde que Catalunya fue separada del poder, su tradición ha tendido a romantizar a las figuras derrotadas o desposeídas. Ha convertido la impotencia en una exhibición pretendidamente excelsa de sensibilidad moral. El runrún que atribuía la deriva de Graupera a su entorno nacionalista salía del mismo poso que desde el siglo XVI ha encumbrado a figuras como Jaume d'Urgell y el príncipe de Viana, y que cuando yo era pequeño todavía idealizaba a Lluís Companys y demonizaba a los hermanos Badia. En todas partes, el radical estorba porque cuestiona las estrategias de compensación sentimental. Pero en Catalunya el mecanismo también sirve para tapar una historia olvidada, que es nuestra fuente más rica de vitalidad.
Ahora que el mundo se tambalea y se vuelve a llenar de radicales, encuentro que vale la pena tenerlo en cuenta: el valor del radicalismo no depende de las ideas, ni de la popularidad de los individuos que lo encarnan. Lo que define al radical es la capacidad de ir al origen de los problemas para transformar la realidad desde la acción, con la solidez y la fuerza creativa que da el contacto con las raíces. Aunque esté enmascarada, Catalunya tiene una tradición de radicales tremendamente fructífera —más que Castilla. Una prueba es que todo el mundo ha intentado apropiarse de Pujol y de explotar su figura a pesar de su descrédito, mientras que González y Aznar —multimillonarios— no tienen herederos.
Ayuso es más trumpista que aznarista y los felipistas del PSOE ya son viejos. El político castellano más radical de hoy es Pedro Sánchez, y es hijo del pragmatismo descarnado del PSC y de la astucia de Oriol Junqueras, que le regaló la primera investidura. Como ya escribí en 2016, Sánchez es un Quijote del régimen del 78, y este es todo su radicalismo. Los chicos de Vox son la caspa del sistema, un residuo de la España democrática que traicionó a Rajoy, después de haber escarnecido a Pujol. Haga lo que haga Sánchez, Catalunya cada vez se ahogará más en la banalidad del radicalismo castellano y dará protagonismo a figuras y actitudes que, como Pujol, son fáciles de satanizar porque están muy arraigadas en el país.
Un radical es un extremista con tradición. En las épocas de tránsito, cuando un orden mundial se derrumba y se produce una ruptura, la humanidad tiende a mirar hacia el pasado buscando inspiración en la radicalidad que nace de la raíz de las cosas genuinas. Entonces cada país encumbra a sus radicales y todo el mundo queda desnudo porque se ve la relación que cada pueblo tiene con su cultura y su historia. Aparecen radicales histéricos, meticulosos y gesticuladores, que no tienen suficiente sangre fría porque no tienen un conocimiento real de lo que defienden, y radicales más efectivos, casi siempre contenidos, que saben combinar la magia de los orígenes con un saber enciclopédico y una determinación de hierro.
Si Catalunya quiere seguir existiendo en el mundo que viene, tendrá que dar margen a los radicales para que los buenos puedan hacer su trabajo.