La mayoría de usuarios de la red X habrán topado con algún tuit donde alguien (generalmente un varón) pide abiertamente al chatbot de inteligencia artificial generativa Grok que transforme una fotografía (generalmente, de una hembra) en la misma instantánea pero con la señora en cuestión luciendo un bikini, con la ropa transparentada, o incluso complementándolo todo con objetos sexualizantes del siglo pasado como unas orejas de conejo. Esta exposición de la desnudez femenina se perpetra sin la autorización de las afectadas, hurtándoles el derecho a la intimidad y, como era de esperar, ha sido contrarrestada por el propietario cuñado de xAI (la filial de X dedicada a la IA) publicitando cuñadamente una serie de fotografías transformadas de él mismo en bikini. Estamos ante el enésimo ejemplo del yo no soy feminista pero tampoco machista, aquí aplicado a los modos de consumo visual masivo.

El caso se ha hecho famoso no solo por la sobresexualización de las mujeres en la red, sino también porque la aplicación —descontrolada y, por tanto, poco inteligente— ha accedido a transformar fotografías de adolescentes en pornografía infantil gratuita. Todo esto es terrible, faltaría más, y certifica que la decisión de países como Dinamarca de prohibir el uso de las redes sociales a los niños (orquestando aquello que el equipo de cuñados mundiales definía como “poner puertas al campo”) resulta absolutamente acertada. Pero, aparte de escandalizarnos, hay que entrar en la mente de los perversos para ver qué verdad nos explican sobre nuestro mundo. Porque esto de medio desnudar señoras y compartir imágenes de su pecho no solo muestra la vía libre de los pervertidos en Internet, sino también las ganas de Musk & Cia de convertir la sexualidad entre hombres y mujeres en un asunto sin ningún tipo de misterio, donde la desnudez se regale con un clic.

Ahora no hay nada que nos angustie más que tener a alguien delante, aunque sea en una reproducción perfectamente pixelada y a tiempo real de su rostro

El negocio de la corporalidad en la nube (que, por ironías de la vida, se nos presentó como la panacea para eliminar las trabas físicas en el ámbito del contacto humano) es tan antiguo como la propia invención. Pero hasta ahora la mano negra de esta máquina se contentaba con cosificarnos el rostro, la mirada y el cerebro, a base de idealizar los paisajes de vacaciones, de comercializar con el propio disfrute a partir de fotos donde todo el mundo pone morritos muy contento, y también subsumiendo el pensamiento a aplicaciones como X, donde la mayoría de nosotros nos presentamos con una foto de nuestra cara. Nos guste o no, hemos interiorizado la propuesta de los moguls de estos mass media y el rostro de la alteridad ha dejado de ser el espejo comunicativo más fiable. Contrariamente, ahora no hay nada que nos angustie más que tener a alguien delante, aunque sea en una reproducción perfectamente pixelada y a tiempo real de su rostro.

Finalmente, le tenía que tocar el turno al cuerpo, pues esta nueva aplicación ha comenzado a realizar el poder oculto que tanto ansiaba tener el hombre ancestral; a saber, desvestir a las hembras con la mirada. En el fondo, Musk y su equipo deben pensar que solo están satisfaciendo todo aquello que el macho occidental se atrevía a pensar pero tenía reparo en hacer. Lo gracioso del tema es que la frase precedente es quizás la definición más estricta de civilización; es decir, un entorno en el que entre mi pensamiento sobre la nalga perfecta de una señora y su visualización cosificada en un espacio compartido haya el milagro de la ropa o, en cualquier caso y previo al juego de la seducción y del consentimiento, su voluntad de dejarme observarla de forma más bien privada. Grok deshace este impedimento de discreción, y no es extraño que Musk nos impulse a hablarle (Hey, Grok) como si fuera una persona humana con la que charlamos amistosamente.

La rapidez de estos gadgets que nos pervierten la mirada contrasta con la lentitud exasperante de los gobiernos a la hora de limitar el poder del despotismo tecnológico ilustrado. Esta salvajada quizás se prohíba en algunos países, pero en el imaginario de muchos habitantes (hombres) del mundo ya se ha incrustado la ética trumpista según la cual, en el acto de desvestir a una mujer, su voluntad es lo que menos hay que tener en cuenta, porque aquí lo esencial es ir deprisa y tener cuanto más material de onanismo mejor. La sexualidad compartida se convierte así en una forma de comunicación estrictamente privada, donde el otro es una simple ilusión. Los ilustrados del campo filosófico acostumbramos a pensar que superaremos esta nueva invasión de derechos a base de razonar y repetir esa cancioncilla según la cual “es mejor educar que prohibir”; pero, ante este poder netamente hitleriano, el entendimiento tiene que admitir su impotencia.

El misterio más bello que existe en la vida es el de intuir el cuerpo del otro, la imaginación solo resulta viva cuando osamos dibujarlo, y quién sabe si nuestra mejor victoria llega cuando, finalmente, accedemos a él con pleno gozo. Estos desgraciados nos están robando el derecho a la fantasía y eso no se lo voy a perdonar nunca... a pesar de que, como cada miércoles, me disponga a compartir mi artículo en la red del nuevo rey del mundo.