Obsesionado por usar el verano para entender un poco mejor lo que ocurre en el mundo, me he puesto con la lectura de la obra magna de Kissinger, Diplomacy. En este libro ya clásico, Kissinger, el inefable profesor de Harvard que sacó a EE.UU. de la guerra de Vietnam cuando ejerció de secretario de Estado con el maldito Nixon, explica con pelos y señales la evolución de los principales conflictos occidentales y mundiales de los siglos XVIII, XIX y XX. El arte de la diplomacia es lidiar con los conflictos. Su tesis de fondo es que cuando abandonamos la realpolitik, es decir, cuando dejamos de tener en cuenta lo que sucede en la realidad que observamos, o cuando observamos la realidad con lupas parciales, podemos llegar a situaciones catastróficas. En este punto es cuando reivindico, antes de volver a nuestra realidad, la importancia de las ideas fundacionales sobre geopolítica que Tucídides construye a partir de su realidad griega de la guerra del Peloponeso. Tucídides explica que vivimos en un mundo donde la codicia, ayudada por el uso indiscriminado de la fuerza, lleva a la guerra, y solo con la cooperación los buenos ciudadanos podemos hacer frente a la tendencia competitiva y destructiva de los hombres.
Con la guía de Kissinger y la IA, a quien puedes preguntar muchas cosas que antes costaban de encontrar, te puedes hacer una idea bastante realista de dónde estamos. Y ya se lo podían imaginar: estamos en un mundo multipolar, donde Europa está abocada a tener un papel irrelevante. Es muy duro de aceptar, pero es lo que hay. Un mundo donde China marcará el ritmo tecnológico, industrial y comercial como quiera, donde la India será un actor económico —si el país no entra en convulsiones políticas—, donde Rusia continuará queriendo conquistar territorios, siguiendo la tónica de los últimos siglos, y donde Europa, detengámonos un momento, dejará de ser relevante. La gobernanza de Europa ha permitido establecer un delicado juego de equilibrios internos entre los países europeos que se estuvieron zurrando en las dos últimas guerras mundiales, pero sin encontrar una fórmula que permitiera ser ágil a la hora de tomar decisiones. Una Europa que a menudo propone, orienta, da subvenciones y gestiona con mano izquierda y mucha burocracia veintisiete criterios. Un "sí, pero" que ha servido para que no nos volvamos a matar y para que destinemos el gasto de defensa a gasto social. No está nada mal, si no fuera porque el resto del mundo va mucho más deprisa de lo que Europa puede gestionar.
Trump es una caricatura grotesca de lo que debe ser un presidente con maletín nuclear y el destino de Occidente como reto
La realidad es la que es y, muy probablemente, cuando los chinos acaben decidiendo todo lo que nos dejan producir, sabremos el alcance de la tragedia económica europea. Lo de los vehículos eléctricos y el cierre de plantas de Volkswagen solo es un primer aviso. Casi todos los coches eléctricos los harán los chinos a mitad de precio. Punto. Lo sabemos bien los industriales que hemos visto desaparecer prácticamente el textil de Catalunya. Mi sector, el embalaje de perfumería, ya ha empezado a entender el problema. Y empieza a plantearse los escenarios de futuro con intranquilidad.
¿Y EE.UU.? Esta es la gran paradoja. La figura de los presidentes de EE.UU. ha tenido mucha relevancia en la historia mundial del siglo XX. Les hablo del idealismo de Wilson con la creación de la Sociedad de Naciones, de la tenacidad de Roosevelt en la lucha por ayudar a las democracias a cualquier coste en la Segunda Guerra Mundial, de la esperanza de Kennedy en la defensa de la libertad y los valores de la ciudadanía, o del "Yes, we can" de Obama, por poner algunos ejemplos. El mundo occidental miraba, en estas últimas décadas, a EE.UU. y a su presidente como referentes, a favor o en contra. Quién nos iba a decir que para afrontar todos los retos geopolíticos mundiales que buenamente he intentado entender en este caluroso verano de lectura geopolítica tendríamos como referente americano al pato Donald. No se me ocurre ningún otro símil para el actual presidente estadounidense. Trump es una caricatura grotesca de lo que debe ser un presidente con maletín nuclear y el destino de Occidente como reto. La mala deducción en la que podemos caer es que la democracia tiene la culpa. Como cualquier cosa que depende de los hombres, el problema reside en el mal uso que hacemos de ella. Si hacemos un mal uso de la ciencia, tenemos la bomba atómica, y si hacemos un mal uso de la democracia, tenemos al pato Donald de presidente de EE.UU., que ahora promete 5.000 dólares por cada voto. Aunque nos parezca increíble, la geopolítica empieza con cada uno de nosotros y nuestro voto. En cada elección. No lo olvidemos. No pongamos la geopolítica, ni ningún gobierno en manos de un pato Donald cualquiera.