Tengo que admitir que me encanta leer libros imprimidos en papel. Un buen libro en un sofá, mantita, un té caliente y sin prisas, el ruido de papel contra papel, la seducción de la palabra vestida de aquel olor especial de tinta imprimida... un trocito de mi cielo particular. A veces, mientras paso las hojas, me viene a la cabeza una imagen inquietante: una biblioteca imponente en un monasterio medieval, una desasosiego al pasar páginas, lamiéndose los dedos para favorecer el paso de las hojas, una tras la otra; hojas impregnadas en un veneno lento e indetectable que causará a buen seguro la muerte al lector que escoge leer aquellos libros prohibidos. El conocimiento es peligroso. Aquel que busque el conocimiento, encontrará la muerte. Creo que he visto El nombre de la rosa, una película muy entretenida con algunas secuencias especialmente acertadas, unas cuantas veces, pero, dicho esto, me gusta más el libro de Umberto Eco en el que se basa, un divertimento intelectual que la primera vez que lo leí me desveló toda una noche, hasta que lo acabé.

Cada vez que paso por una biblioteca, sobre todo si es antigua, sigo sintiendo la atracción y la llamada de tantos libros que piden ser leídos. Pasar por la Bodleian Library de la Universidad de Oxford, es uno de aquellos placeres que recomiendo a todo el mundo. Pagar el precio de la visita y subir las escaleras que miles de estudiantes y estudiosos han subido antes, admirar los dinteles de las diferentes estancias con los nombres de las disciplinas del conocimiento medieval en latín, el artesonado trabajadísimo de los techos con molduras en piedra y de madera pintada, el cuchicheo respetuoso de la gente, y, sobre todo, el olor, aquel olor indefinido de las bancadas de madera y de libro viejo, de pergamino, cuero, papel y moho... un espacio suspendido en el tiempo. Es imposible no sentir un escalofrío de emoción.

Es más probable obtener ADN mitocondrial que ADN del núcleo en muestras muy degradadas o fósiles

Pues bien, resulta que ahora existe tecnología suficientemente adelantada como para obtener ADN de todos estos libros antiguos. ¿Os imagináis qué conocimiento escondido podemos extraer de la pátina del tiempo? Tal como explican en un excelente e ilustrativo reportaje publicado en Science a finales de julio de este año y a partir de un Evangelio según San Lucas (the Gospel of Luke) medieval (siglo XII) excepcionalmente bien conservado en la biblioteca bodleiana, un equipo de científicos han analizado, muy cuidadosamente y con tecnologías de alta resolución, restos de proteínas y ADN con el fin de reconocer de qué animal se extrajo la piel para hacer el pergamino y las tapas; qué hongos han crecido sobre la superficie a lo largo de los años; qué pececillos de plata y otras larvas de insectos que viven tan bien en medio del pergamino y el papel viejo han habitado allí; qué personas han tenido aquel libro en las manos... Los escribas que con paciencia fueron transcribiendo a mano el libro, ilustradores que iluminaron las páginas han dejado su huella, aquellas manos que han revuelto hoja en hoja, los que leyéndolo, con un estornudo o un golpe de tos, han repartido saliva sobre el libro, los que empujados por la emoción de lo que leían, lo besaron... allí han dejado su huella y con las técnicas tan adelantadas y, sobre todo, muy y muy cuidadosas, la podemos extraer, analizar y comparar. También se pueden encontrar los restos de los microbios de las infecciones que sufrían los lectores por los cuales han transitado estos libros e, incluso, podemos saber que tenían acné o una infección de la piel importante (os recomiendo el vídeo, que es de acceso abierto, también muy interesante).

¿Os imaginaís hacer este tipo de estudio con libros escritos a mano por científicos y filósofos? Qué nos podrían revelar los manuscritos de Isaac Newton, los de HobbesLocke, o los de... ¿decís vosotros el nombre?

Se puede obtener ADN de objetos o de estratos del suelo antiguos. El ADN nos hace de mirilla, una ventana abierta al pasado

Pero esta no es la única aplicación, en cuevas y otros asentamientos prehistóricos, donde no quedan huesos humanos pero los humanos hicieron estancia (dejando su orina o defecaciones), queda el ADN de los habitantes o transeúntes en los estratos y capas que ahora se van desenterrando. Científicos de nuestro país en colaboración con otros científicos reconocidos en el mundo del ADN fósil han publicado esta primavera en la revista Science que son capaces de obtener restos de ADN de asentamientos europeos y asiáticos, respectivamente, de neandertales y denisovanos (ramas de los humanos muy próximas, emparentadas y cruzadas con los humanos modernos). Tal como explicamos en un artículo previo, dentro de cada célula hay más copias de ADN mitocondrial que de ADN del núcleo, por eso es más probable en muestras degradadas o fósiles, encontrar ADN mitocondrial, y eso es lo que hicieron estos investigadores. Yendo con mucho cuidado para no contaminar con su propio ADN las muestras del suelo de estas cuevas, fueron capaces de aislar ADN de estos asentamientos, secuenciarlo y comprobar que realmente es ADN fósil.

La genética forense junto con los conocimientos históricos permitirán recomponer buena parte de la historia y la cultura humanas

Estos resultados son muy prometedores para los arqueólogos y biólogos evolutivos, ya que abren nuevas perspectivas para el análisis genético de los ancestros humanos. Pensemos que los huesos humanos ancestrales bien conservados no se encuentran siempre, y que muchos de los museos que tienen, empiezan a denegar el acceso a las muestras, ya que se encuentran sobrepasados por el número de proyectos científicos que piden extraer ADN, estropeando una parte de los restos. Se quejan de que estos huesos, que han aguantado miles de años, todavía acabarían desapareciendo en los tubos de ensayo. De esta manera, si la extracción y análisis se ejecutan correctamente (no todos los laboratorios están habilitados ni tienen la destreza y el conocimiento para hacerlo con cuidado), se pueden ampliar el rango y el alcance de los análisis de ADN de nuestra prehistoria y nuestro linaje evolutivo (ni que sea sólo a través de las mujeres, dado que el ADN mitocondrial está proporcionado únicamente por el ovocito), así como el de muchísimas otras especies coetáneas.

El análisis de ADN de muestras antiguas y fósiles han revolucionado el mundo de la arqueología y la historia evolutiva, y han demostrado sin ningún tipo de duda que las poblaciones de los ancestros humanos han migrado, han luchado, se han cruzado, se han mezclado genéticamente y culturalmente, y se han extinguido, respondiendo preguntas sobre la aparición y expansión de culturas en la prehistoria que durante mucho tiempo han sido un enigma. La investigación interdisciplinaria en que las herramientas de la genética forense junto con los conocimientos históricos permiten recomponer buena parte de la historia y la cultura humanas ya nos ha permitido demostrar que los neandertales se cruzaron con los humanos modernos y todavía tenemos un cierto porcentaje de su ADN en muchos de nosotros, y abordar cómo se expandió la revolución del cultivo de cereales a muchas regiones europeas durante el neolítico. El ADN nos hace de mirilla, de ventana abierta al pasado.

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