Los sondeos dibujan una Catalunya cada vez más fragmentada. Todavía más partidos, mayorías difíciles y pactos poselectorales que a menudo producen gobiernos extraños. Quizás el problema no sea solo electoral. Quizás sea también de cultura política. Nos hemos acostumbrado a una política en la que nadie quiere quedar mal con ninguno de los suyos. Cada contradicción se vive como una renuncia y cada discrepancia como una traición. El resultado es que, cuando no coincidimos en todo, acabamos necesitando un partido nuevo. Esto da mucha pureza ideológica, pero poca capacidad de gobierno. La política consiste en convivir con contradicciones, priorizar, negociar y pactar. Si solo podemos estar con quien piensa exactamente como nosotros, las mayorías son imposibles.

Como no parece que los catalanes vayamos a cambiar, quizás no haya que combatir esta fragmentación social que nos caracteriza. Hay que entenderla. La revolución política que viene podría consistir en encontrar un modo de agruparla antes de llegar a las urnas. Es aquí donde las coaliciones pueden convertirse en una receta de futuro. No coaliciones improvisadas después de las elecciones para sumar diputados, sino movimientos amplios capaces de juntar antes de las elecciones grupos diferentes bajo una misma oferta electoral.

Estados Unidos ofrece una comparación útil, a pesar de las enormes diferencias. Allí también existen muchas culturas políticas, pero acaban agrupadas principalmente en dos grandes partidos-coalición. Las diferencias se discuten dentro antes de competir fuera. En Catalunya podríamos identificar, simplificando mucho, dos grandes espacios con capacidad potencial de agregación: las izquierdas y los nacionalistas catalanes. No son bloques homogéneos. Precisamente por eso el reto no es uniformarlos, sino hacerlos compatibles. Gabriel Rufián ha planteado para España una confluencia de distintas izquierdas para maximizar resultados electorales. La idea de fondo es interesante: asumir que no hay que pensar igual en todo para compartir una candidatura y unos objetivos políticos comunes. En el campo de las izquierdas catalanas, no obstante, hay una dificultad añadida: el eje nacional atraviesa el eje derecha-izquierda y ello afecta mucho a ERC y CUP. Cualquier coalición progresista debería saber convivir con esta contradicción.

Quizás las próximas mayorías en Catalunya no las construirá quien invente una ideología nueva, sino quien entienda mejor las que ya existen y sea capaz de juntarlas

En el campo nacionalista parece que debería ser más fácil. Durante décadas, el espacio convergente ya funcionó como una gran cultura política: liberales, democristianos, conservadores, socialdemócratas y nacionalistas bajo un mismo paraguas. Convergència no eliminaba esas diferencias. Las administraba. CiU todavía lo hacía más evidente: dos partidos, culturas diferentes y una candidatura común. Aquello que hoy podría provocar una escisión, durante muchos años convivió dentro de una misma oferta. Esta experiencia hace especialmente interesante el papel de Junts. No porque tenga que reconstruir CDC, sino porque una parte importante del espacio político que podría agregar ya tiene antecedentes, memoria electoral y una cultura política compartida.

De hecho, en las municipales ya se ve la utilidad de una fórmula más flexible: candidaturas, independientes y sensibilidades locales bajo marcas compartidas. El mundo municipal puede ser el laboratorio de una política menos obsesionada con la pureza de las siglas. Pero la cuestión definitiva no será solo quién crea estas coaliciones. Será quién es capaz de liderarlas. Y liderarlas no significará imponerse a los demás, sino entender qué representa cada uno, qué puede compartir y qué contradicción puede asumir. Quizás las próximas mayorías en Catalunya no las construirá quien invente una ideología nueva, sino quien entienda mejor las que ya existen y sea capaz de juntarlas. En un país fragmentado, ganar puede consistir precisamente en saber hacer que los distintos quieran caminar juntos.