La actual ola populista en Occidente nació en 2016, con el Brexit en el Reino Unido y con la primera elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos y, acto seguido, se fue extendiendo por el conjunto de los Estados Unidos y por Europa. Ahora tiene su pico con el segundo mandato del presidente Trump, que está transformando los Estados Unidos en una democracia iliberal.
Los Estados Unidos de Trump se han alineado con los regímenes autoritarios, tanto en lo que respecta a la generalización de la mentira y el miedo como armas políticas, como a una política exterior que ha convertido a China en un competidor, a Rusia en una especie de socio, a los aliados asiáticos en clientes y a Europa en un adversario menospreciado y en una presa.
La nueva estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos, recién presentada, a pesar de su carácter heterogéneo, se rige claramente por el lema trumpista del American First, y se alinea con la división del mundo en zonas de influencia lideradas por China y por Rusia, que no pueden estar más satisfechas con este nuevo orden en política internacional y de defensa. Por su parte, los Estados Unidos pretenden disponer de un monopolio estratégico en el hemisferio occidental, proponiendo una especie de "corolario Trump", que habría que sumar a la doctrina Monroe de 1823 y al corolario Roosevelt de 1904. En este reparto, la zona Asia-Pacífico en general, y Taiwán en particular, quedan abandonadas en manos de China, y esto se hace en nombre de un enfoque puramente mercantil.
En esta estrategia, Rusia no es presentada ni percibida como una amenaza, sino como un socio indispensable al servicio de la estabilidad estratégica. Trump critica dura y constantemente a Europa por su declive demográfico y económico, por sus violaciones de la libertad (sobre todo económica e ilimitada) y por su hostilidad hacia Rusia. Al mismo tiempo, se destaca que los principales peligros que amenazan a Europa son la inmigración y el exceso regulatorio.
De modo que el futuro de Europa y de la continuidad de su alianza con los Estados Unidos dependerían, según Trump, de la desintegración de la Unión Europea y, al mismo tiempo, del acceso a los gobiernos de los Estados miembros de los partidos denominados “patrióticos”, que son en realidad la extrema derecha multisecular.
Europa debe elegir entre rendir vasallaje y esperar un nuevo reparto en un nuevo Yalta entre los Estados Unidos y Rusia, o bien decidir transformarse en una potencia soberana y en un bloque autónomo
La conclusión de todo esto parece clara. Trump ha logrado lo que Stalin soñaba y que Xi Jinping y Vladímir Putin han situado en el centro de sus proyectos imperiales: la desintegración de Occidente, la destrucción del orden mundial establecido en 1945, la ruptura de los Estados Unidos con Europa y sus aliados asiáticos, pero también la degradación de los propios Estados Unidos de potencia indispensable a regional.
Para Europa, el choque es telúrico. Y contrasta con la debilidad de nuestros dirigentes, que no tienen ninguna voluntad, dignidad ni lucidez, y que van repitiendo como zombis que los Estados Unidos siguen siendo nuestro gran aliado, cuando ya todo el mundo sabe que eso es falso.
Pero la realidad es que Trump tiene razón cuando denuncia la pérdida de dinamismo demográfico y económico de Europa (hemos pasado del 25% del PIB mundial en 1980 al 14% actual), el exceso de burocracia o la pérdida del control de la inmigración. Pero no tiene ningún fundamento denunciar las deficiencias de las democracias europeas, cuando el propio Trump es autor de un intento de golpe de Estado y ha corrompido a los Estados Unidos con un sistema político iliberal.
Europa debe elegir entre rendir vasallaje y esperar un nuevo reparto en un nuevo Yalta entre los Estados Unidos y Rusia, o bien decidir transformarse en una potencia soberana y en un bloque autónomo en un mundo cada vez más multipolar, volátil y beligerante. Si queremos preservar nuestra libertad y nuestra civilización, debemos garantizar nuestra seguridad por nosotros mismos.
Y de esto se derivan tres prioridades:
- El apoyo masivo a Ucrania, preferiblemente gracias a la movilización de activos rusos congelados en Europa,
- La aceleración del rearme, dirigido por un directorio de los principales Estados, incluido el Reino Unido, y
- Un gran esfuerzo de competitividad con la aplicación efectiva del informe de Mario Draghi, que debería ser nombrado presidente de la Comisión Europea en sustitución de Ursula von der Leyen, que representa la debilidad y la capitulación de la Unión.
En un mundo de depredadores, Europa está en peligro. Pero tiene una oportunidad única para volver a posicionarse y convertirse en un actor principal, a condición de que recupere su libertad y la razón que están en la base de su éxito, y que constituyen el núcleo de su destino y de nuestra civilización.