Barack Obama ha aparecido en todas partes esta semana porque, en una entrevista en el podcast del periodista Brian Tyler Cohen, ha dicho que los extraterrestres "son reales". Aclaró que nunca los vio en persona. Pero como se supone que el presidente de Estados Unidos tiene acceso a información ultrasecreta —y nos gusta pensar que nos ocultan muchas cosas—, mucha gente ha querido interpretarlo como la prueba de que, efectivamente, ET existe.
La cosa fue así. Al término de la entrevista, el periodista le propuso una ronda rápida de preguntas y respuestas, y le planteó si los extraterrestres son reales, a lo que Obama respondió: "Son reales, pero yo no los he visto". ¡Ah! ¿Es cierto? ¿Se hace el interesante? No sé. El caso es que a lo mejor se dio cuenta del resbalón y enseguida aclaró que "no están siendo escondidos en… ¿cómo se llama?, el Área 51. No hay unas instalaciones bajo tierra, a menos que exista una enorme conspiración y se la escondan al presidente de Estados Unidos". Luego, el periodista le preguntó qué es lo primero que quiso saber al llegar a la presidencia en 2009, y Obama respondió con una sonrisa: "¿Dónde están los extraterrestres?". Como para quitarle hierro.
El caso es que, ante la repercusión de esta respuesta, Obama ha tenido que aclarar en Instagram que no vio "pruebas" de que los "extraterrestres hayan contactado con nosotros", pero que hizo una suposición "porque el universo es tan grande, que es probable que haya vida ahí fuera". Y estoy seguro de que esto es lo que le contarían a Obama. Por dos motivos. Uno, porque si existen, no tienen por qué contárselo al presidente de turno. Pero, sobre todo, porque si se lo contaran a cada presidente de turno, Donald Trump ya nos lo hubiera contado.
Dado el alcance de la extraterritorialidad del derecho estadounidense, hay que avanzar hacia una mayor soberanía tecnológica en Europa
Donald Trump es ese personaje capaz de sancionar al juez francés Nicolas Guillou, miembro de la Corte Penal Internacional, por haber autorizado la emisión de órdenes de arresto contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el ministro de defensa, Yoav Gallant, acusados de crímenes de guerra y contra la humanidad por el genocidio de Gaza. Estas sanciones prohíben a cualquier persona u organización estadounidense, incluidas empresas y filiales en el extranjero, ofrecer servicios al magistrado. Las consecuencias han sido inmediatas. Guillou ha perdido las cuentas en plataformas como Amazon, Airbnb y PayPal, no puede realizar transacciones en dólares ni recibir paquetes de compañías estadounidenses, y sus tarjetas bancarias American Express, Visa y Mastercard han quedado anuladas incluso en Francia.
La lista negra de Estados Unidos incluye a unas 15.000 personas, la mayoría dictadores o miembros de grupos terroristas. Pero el caso de la Corte Penal Internacional es un ataque muy bestia. Y pone sobre la mesa el alcance de la extraterritorialidad del derecho estadounidense y alerta sobre el poder político de las grandes empresas tecnológicas de Estados Unidos. Ergo, hay que avanzar hacia una mayor soberanía tecnológica en Europa.
Bien, el caso es que si Trump quiere hacer —y hace— lo que quiera en el mundo y en sus instituciones, si existiera contacto con los extraterrestres, ya estaría haciendo negocios con ellos. Y si no le dejaran, por ejemplo, abrir un hotel o un campo de golf en algún planeta lejano, ya estaríamos en una guerra interplanetaria, que ríete tú de la guerra fría con China.