La tragedia viaja en tren en España. Son tragedias que cuestan vidas humanas, sacuden a la sociedad y perpetúan la España negra. Pasan los años y las décadas, pero la incompetencia, el retraso y la corrupción moral son inmutables y regularmente se cobran un peaje mortal. En paralelo, como no puede ser de otra forma cuando hacemos referencia al espíritu orgulloso de los castellanos, las tragedias quedan intercaladas con exhibiciones de chulería y fanfarronería. Hace solo dos años, el todavía presidente Pedro Sánchez se pavoneaba afirmando que "España es ya el segundo país del mundo con más kilómetros de alta velocidad, más que Alemania e Italia juntas". Siempre más que los demás. Quiénes se han creído que son, los alemanes y los italianos. Pero bajo la propaganda y el confeti de la fotografía oficial de la inauguración de una nueva estación siempre está la realidad: dejadez, falta de inversión, obsolescencia y falta de profesionalidad. Las tragedias ferroviarias, en España, también se cobran otras víctimas: los gobiernos. A veces estas facturas se cobran a largo plazo y a veces de forma inmediata. Los atentados islamistas de Atocha del once de marzo de 2004 provocaron 193 muertes. Tres días después estaban convocadas unas elecciones generales donde todas las encuestas otorgaban una cómoda victoria al PP. La tragedia y la pésima gestión posterior dieron la vuelta a las encuestas y dieron la victoria al PSOE. José Luis Rodríguez Zapatero se convirtió en presidente y se erigió en el referente moral de la izquierda española. Luego vinieron las joyas, los venezolanos y su caída a los abismos, pero entonces él también brillaba como la fotografía de la inauguración de una nueva estación del AVE.
Esta semana han muerto unas setenta personas en un accidente terrible en Toledo. Hace solo unos meses, otro accidente de tren en Adamuz segó la vida de una cincuentena de personas inocentes. Más de cien fallecidos en pocos meses, y precisamente sobre las flamantes vías de la alta velocidad española. En ambos casos, la causa es la falta de inversión y mantenimiento de la infraestructura. Es decir, responde a una decisión política que ha decidido gastar el dinero en otras cosas y no en seguridad. Y el responsable de esa decisión no es un técnico o un operario. Hay que ser muy miserable para culpar a un técnico y filtrar las grabaciones a los medios para convertirlo en un chivo expiatorio para ser crucificado en la plaza pública. No. El responsable de la tragedia es quien toma las decisiones y, en democracia, es el ministro. Óscar Puente no puede continuar en su cargo ni un día más. Cada día que se sienta en su sitio es una mina de oro para la oposición y una sangría de votos para su partido. En su caso, además, se cumple la norma: es el ministro más fanfarrón, más tabernario y más maleducado. Si ya era vergonzoso tener un ministro así cuando los trenes funcionaban más o menos bien, ya es absolutamente humillante tenerlo de ministro cuando los vagones se convierten en ataúdes.
No hay escaparate más nítido del fracaso estructural del Estado que sus vías y sus trenes. No solo va de llegar puntualmente al trabajo o a clase. Va de no jugarnos la vida en ello
Pero, a fin de cuentas, este segundo accidente será la tumba del PSOE en las elecciones del 29 de noviembre, aunque el ministro se vaya. Si en algún momento alguien había soñado con una victoria socialista y con una reválida de la mayoría de la investidura, ya se puede ir despertando. Ningún gobierno se puede recuperar de un desastre como este. El tema central de la campaña ya no será la crisis habitacional, por mucho que los sindicatos vasallos del PSOE monten una huelga general contra el PP. La campaña ya no va de parar a la extrema derecha; la campaña va de saber si llegarás vivo a destino si tomas un tren de alta velocidad. Hemos vuelto a lo más básico. Los trenes son la más evidente demostración del hundimiento de los servicios públicos. Nada funciona: ni la escuela, ni la seguridad, ni las fronteras, ni la sanidad, ni la vivienda, ni renovar el DNI. Pero todo este hundimiento ha sido lento, a cámara lenta, y ha sido difícil de ver, mientras que cuando los trenes descarrilan contamos a los muertos por decenas. Me pregunto si el PSOE recuperará, durante el resto de la campaña, las camisetas con el lema "La fuerza del amor". No debería preguntármelo porque estas camisetas no deberíamos verlas nunca más. Pero tengo la duda porque la decencia y la moral no son elementos constitutivos de la política española y menos aún del partido que tiene su sede en la calle Ferraz.
En Catalunya, por supuesto, no hemos llegado a estos extremos, porque no somos de matriz castellana, pero no se puede entender del todo la política catalana sin comprender el daño que Rodalies hace sobre cientos de miles de personas desde hace muchos años. No es atrevido afirmar que el desastre de la red ferroviaria estatal en Catalunya fue un elemento motor del proceso soberanista. Basta con recordar que en diciembre de 2007 las calles de Barcelona acogieron una manifestación gigantesca con el lema "Som una nació i diem PROU! Tenim el dret a decidir sobre les nostres infraestructures". ¿En qué otro país hemos visto una manifestación cuyo lema haga referencia a las infraestructuras? Ya respondo yo: en ningún país. El Estado ha tenido casi 25 años para corregir la situación. No solo no lo ha hecho, sino que hoy Rodalies va peor que en el 2007: mayor masificación, mayor inseguridad y más robos de cobre. La tragedia ferroviaria catalana ha tenido derivadas políticas y las volverá a tener, porque no hay escaparate más nítido del fracaso estructural del Estado que sus vías y sus trenes. No solo va de llegar puntualmente al trabajo o a clase. Va de no jugarnos la vida en ello.